Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 12
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Capítulo 12: Capítulo 12: Bajo la misma luna
Elia llegó a la cabaña cuando el cielo comenzaba a teñirse de púrpura. El viaje de regreso desde el Claro Espejado no había sido largo en distancia, pero sí en peso. Cada paso parecía arrastrar ecos del bosque, del fuego y de las visiones. Y aún más: sentía que alguien —o algo— la había seguido hasta las afueras del pueblo. La pluma plateada que guardaba en el bolsillo interior de su capa no pesaba, pero su significado sí.
Lena la esperaba en la entrada. Se acercó, como si fuera a abrazarla, pero se detuvo. En lugar de eso, colocó una mano sobre el brazo de Elia, justo donde brillaba la runa.
—Está viva —murmuró más para sí que para ella.
Y la retiró, como si tuviera miedo de encender algo por accidente.
Sus ojos, cansados pero agudos, recorrieron el rostro de Elia, buscando no heridas, sino cambios. La runa lunar seguía visible, latiendo débilmente en su antebrazo. Lena suspiró.
—¿Viste lo que necesitabas ver?
—No todo —respondió Elia, bajando la capucha—. Pero vi suficiente para saber que ya no soy la misma.
Entraron juntas. La cabaña olía a madera húmeda y hierbas recién molidas. Lena se movió con una eficiencia silenciosa, preparando té de raíz de cera y colocando una manta sobre los hombros de Elia. Nadie hablaba. Pero el silencio era cómodo, como el de una canción sin letra que ambas conocían de memoria.
Elia sostenía la taza caliente entre las manos cuando se abrió la puerta sin aviso. Fue solo un crujido de bisagras y una ráfaga de viento, pero ella supo quién era antes de verlo. El corazón de Elia se agitó antes de reconocer su silueta. No por miedo. Sino porque su fuego había empezado a latir más fuerte, como si lo buscara antes de verlo.
Riven.
Estaba empapado. Su capa goteaba, y el barro salpicaba sus botas. Pero sus ojos —ese gris de tormenta a punto de romper— estaban fijos en ella con una intensidad que cortaba la distancia.
—¿Estás bien? —preguntó, y aunque su voz era baja, tenía la fuerza de un grito contenido.
Elia se puso de pie. Sintió cómo el fuego lunar vibraba con fuerza, como si reconociera su presencia. La runa en su brazo se iluminó por un segundo, justo cuando sus ojos se encontraron. Por un instante, Elia recordó la noche en que Riven se sentó a su lado sin decir una palabra, cuando Lena estuvo enferma. Solo le sostuvo la mano, sin preguntas. Fue entonces cuando entendió que su silencio decía más que muchas promesas. Riven frunció el ceño.
—¿Qué es eso?
—Una respuesta —dijo ella—. O el comienzo de una.
Lena cerró la puerta sin decir palabra. Dejó la tetera sobre la mesa y se retiró hacia la parte trasera de la casa. Era un gesto claro: lo que tenía que decirse, debía hacerse sin testigos.
Riven dio un paso al frente. Su respiración era pesada, como si hubiera corrido por horas. Tal vez lo había hecho. Tal vez el tirón que Elia sintió en su pecho durante el camino era mutuo.
Cuando Riven se acercó, el fuego lunar no se encendió con violencia, sino con una llama curiosa. Lo reconocía. Pero también lo desafiaba. Como si le preguntara: ¿Estás a su altura?
—No puedo protegerte si no sé quién eres ahora —dijo, con una mezcla de cansancio y rabia contenida.
—Y yo no puedo seguir si no acepto quién soy —respondió ella.
Por un momento, solo se miraron. El fuego crepitaba en la chimenea, y la luz danzaba en las sombras de sus rostros. La tensión no era hostil. Era necesidad. Era vértigo.
—Vi cosas en el Claro —continuó Elia—. A mi madre. A ti. A mí misma. Vi una manada que no he conocido aún, pero a la que pertenezco. Y sentí… una voz dentro de mí. Una presencia. El fuego lunar ya no es solo poder. Es conciencia.
Riven pareció tragar saliva con dificultad.
—¿Te habló?
Elia asintió.
—Me llamó hermana.
Riven cerró los ojos un instante. Su mandíbula se tensó.
—Entonces ya no hay vuelta atrás.
Ella avanzó un paso. La distancia entre ambos se redujo. Podía ver el barro seco en su cuello, la respiración agitada. Y detrás de todo eso, el miedo. No miedo a ella, sino a perderla.
—¿Tú ya lo sabías? —preguntó en voz baja.
—Desde que te vi —respondió él, con brutal sinceridad—. Eres el principio del fin. Pero también podrías ser la única salida.
Elia alzó la mano, sin tocarlo aún. Su fuego interior se agitaba, y la runa emitía un resplandor suave que iluminaba sus dedos.
—Entonces ayúdame a comprender, no a temer.
Riven colocó su frente contra la de ella. Cerraron los ojos. No se besaron. No lo necesitaban. Compartieron un momento de respiración sincronizada. Dos latidos. Dos fuegos. Dos caminos que, por fin, se entrelazaban.
—Estoy contigo —susurró él.
—Lo sé —respondió ella—. Pero prométeme que no dejarás que me pierda.
—No dejaré que te apagues.
Y así, bajo la misma luna que los unió sin permiso, se encontraron por primera vez sin armaduras.
No eran dos aliados. Ni siquiera dos amantes.
Eran dos llamas que, al tocarse, no se apagaban.
Se reescribían.
Y bajo la misma luna que los había marcado, algo nuevo comenzó a arder.
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