Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 13
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Capítulo 13: Capítulo 13: Ecos en la madera
La madrugada envolvía la cabaña en una calma quebradiza. Lena dormía en la habitación contigua, su respiración pausada como un reloj antiguo. Elia, en cambio, no lograba conciliar el sueño. Estaba sentada junto al fuego, envuelta en una manta, con la runa lunar aún brillante bajo la piel. No de forma constante, sino como un pulso intermitente. Como si algo —o alguien— la llamara desde lejos.
Cada vez que el fuego lunar palpitaba en su brazo, Elia sentía que le respondía una memoria. No suya. De otra. Como si la marca fuese una lengua antigua aprendiendo a hablar a través de ella.
Riven dormía en el umbral, no por desconfianza, sino por costumbre. Él era guardián antes que hombre. Pero aún en su descanso, su cuerpo seguía tenso, como una cuerda a punto de soltarse.
Elia observaba las llamas, intentando leer en ellas un lenguaje secreto. Sabía que el fuego lunar se activaba con más que voluntad. Reaccionaba a la verdad. A la historia que vivía bajo la piel.
De pronto, una chispa más alta que las demás bailó hacia ella. No era una llamarada común. Elia supo que era un fragmento de visión. Cerró los ojos, y en la oscuridad tras sus párpados vio una imagen: el símbolo de su runa marcado en una piedra antigua. En la visión, Elia no solo observaba: estaba dentro del cuerpo de la figura encapuchada. Sentía su respiración, el peso de la promesa que hacía, el miedo de saber que no podría cumplirla. Una figura encapuchada colocaba la mano sobre la piedra y esta brillaba. Luego, humo. Sangre. Una promesa rota.
Abrió los ojos con un sobresalto. La marca en su brazo ardía levemente, como si confirmara que lo que vio no era un sueño. Era un recuerdo ajeno. Uno antiguo. Y alguien más lo estaba recordando al mismo tiempo que ella.
Se levantó sin hacer ruido, tomó su capa y salió al exterior. La niebla cubría la tierra como una segunda piel. No sabía adónde iba, pero su cuerpo se movía con una claridad nacida del instinto. El bosque no dormía. Murmuraba en silencio.
El sendero la llevó hasta una estructura medio hundida entre raíces y musgo. No la había visto antes. Parecía una cabaña más, pero su arquitectura era más antigua. Como si no perteneciera al tiempo del pueblo. Al cruzar el umbral, una ráfaga de aire le erizó la piel. No era frío. Era familiaridad. Como si ese lugar hubiese estado esperándola desde antes de su nacimiento. Empujó la puerta con cuidado. Crujió, pero no se resistió. Dentro, el aire olía a madera húmeda, cera derretida y algo más: tinta vieja.
En el centro, una mesa circular. Y sobre ella, un cuaderno.
Elia lo abrió con manos cuidadosas. Al tocar la cubierta del cuaderno, Elia sintió como si algo en su interior encajara. Como si sus dedos completaran un circuito olvidado. El fuego lunar ardió en su esternón, pero esta vez, con ternura. Las páginas eran amarillas, cubiertas de símbolos y palabras en una lengua que no conocía, pero que sentía en los huesos. Cada línea que leía, hacía que el fuego en su pecho respondiera con intensidad. En una de las páginas, el símbolo de su runa aparecía rodeado por otras: constelaciones, lunas, rostros. Entre esos rostros, uno destacaba por estar tachado con tinta roja. Abajo, una sola palabra: Yshaen. Elia no sabía quién era. Pero su pecho se apretó al leerlo.
—Es una crónica —susurró—. No de mí. De nosotras.
Se refería a las portadoras. A las anteriores. A las olvidadas.
De pronto, la madera crujió tras ella.
Giró en seco, con el corazón latiendo al ritmo de un tambor de guerra. Pero no era un enemigo. Era Riven. Cuando la encontró, no la llamó por su nombre. Solo se detuvo frente a ella, con los ojos llenos de algo entre orgullo y miedo. Como si al verla ahí, supiera que su propia historia también cambiaría.
—Sabía que vendrías aquí —dijo sin rodeos.
—¿Cómo?
—Porque yo vine antes. Cuando era niño. Soñé con este lugar antes de pisarlo. La sangre lo recuerda, incluso cuando el nombre se borra.
Elia bajó la mirada hacia el cuaderno.
—¿Lo leíste?
Riven negó con la cabeza.
—No estaba listo.
Ella frunció el ceño.
—¿Y yo lo estoy?
—No lo sé —respondió con una franqueza que dolía—. Pero el fuego cree que sí. Y eso importa más que cualquier profecía.
Se acercó despacio. El cuaderno quedó entre ellos como un mapa aún por desplegar. Riven extendió la mano, pero no para tocarla. Tocó el símbolo en la página.
—Este es tu punto de partida. Pero también puede ser tu final si no eliges bien.
Elia cerró el cuaderno.
—Ya elegí. No correré. No esconderé mi nombre.
Riven la miró largo rato. Luego, bajó la cabeza en una especie de reverencia silenciosa. No era sumisión. Era reconocimiento.
—Entonces tienes que prepararte para lo que viene.
—¿Qué viene?
—El Consejo se ha movido. Ya no están esperando. Pronto, enviarán algo más que ojos.
Elia no respondió de inmediato. Salió de la cabaña ancestral y miró hacia el cielo. La luna había emergido entre las nubes, pálida y perfecta. Su luz caía sobre ella como un juramento.
—Entonces que vengan —dijo.
Y su runa brilló con la fuerza de una promesa recién nacida.
El crujido de la madera bajo sus pies al salir resonó como un eco. No del pasado. Sino del futuro que ya venía.
Porque una vez que escuchas la voz de la sangre…
el silencio deja de existir.
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