Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 14
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Capítulo 14: Capítulo 14: El nombre que no debía ser dicho
En una cámara tallada bajo la roca, lejos del bosque y de la luna, el Consejo se reunió. Antes de que la mesa encendiera su espiral de vetas, un cuenco de obsidiana se volcó solo. El líquido en su interior —aceite negro— se extendió hacia el suelo, formando una línea curva que cruzaba el círculo como si marcara un nuevo eje. El aire olía a sal, a luna llena y a pérdida.
La mesa era circular, de piedra negra, con vetas que se encendían cuando un nuevo nombre era pronunciado en el Velo. Aquella noche, una luz emergió sola, sin convocatoria.
Un nombre. Una runa. Un pulso.
Yshaen. Nadie pronunciaba ese nombre desde hacía siglos. No porque lo hubieran olvidado, sino porque decirlo implicaba aceptar que el silencio no fue suficiente.
La Vigía de la Medianoche fue la primera en levantar la vista. Sus ojos, blancos como hueso de luna, parpadearon sin expresión. Sus labios no se movieron, pero su voz resonó en la sala, como si el eco hablara por ella.
—El nombre ha despertado.
El Portador de Ciclos Rotos se removió en su silla. Su cuerpo, encorvado por los años y la penitencia, no temblaba. Pero sus dedos sí. Apretaban una piedra gastada entre las manos, la misma que había sostenido cuando el linaje de Yshaen fue borrado del tejido.
—Eso no es posible —dijo con voz rasposa—. Lo sellamos. Con sangre. Con exilio.
—Pero no con olvido —interrumpió la Suma Hacedora del Eco. Su voz, incorpórea, flotó desde la oscuridad de una de las esquinas. Nadie la veía. Solo se la sentía—. Y si algo puede romper el olvido, es la Sangre Lunar viva.
Se hizo un silencio espeso, denso como piedra húmeda.
—Elia —murmuró la Vigía.
El Portador negó.
—La muchacha no sabe lo que lleva dentro. Quizás nunca lo sepa.
—Entonces no la has sentido —replicó la Suma Hacedora, y por primera vez, su voz tembló—. El fuego dentro de ella responde como no lo hacía desde…
—Desde Yshaen —completó la Vigía.
La mesa volvió a encenderse, con vetas que formaban un espiral. En el centro, el símbolo reapareció: tres líneas curvas cruzando un círculo abierto. La runa de Elia. Pero más antiguo. Más complejo. Era el mismo sello que había sido borrado hacía generaciones. Y aún así, en la piedra, debajo de esa luz, otra marca comenzaba a verse: una espiral quebrada por una línea recta. El símbolo del destierro. El símbolo de Yshaen.
—Si la runa se ha activado por voluntad propia —dijo la Vigía—, el fuego ya la ha elegido.
—¿Y qué propones? —preguntó el Portador, cansado—. ¿Vigilarla? ¿Guiarla? ¿Silenciarla?
Un murmullo recorrió los asientos vacíos de los miembros que ya no eran cuerpo, pero sí voz.
—Proponemos observar —dijo la Vigía—. No podemos intervenir sin quebrar los pactos. No aún.
—Entonces mandemos un Heraldo —propuso una voz nueva. Nadie reconoció de inmediato su origen. Pero era joven. Firme. La Vigía giró su rostro sin mover el cuerpo.
—¿Quién habla?
De entre las sombras surgió una figura delgada, envuelta en una túnica de medianoche. Llevaba una máscara de madera pálida y ojos oscuros como tinta aún fresca.
—Solan —dijo el Portador—. No hablas desde tu llegada.
—Porque no había nada digno de romper el silencio —respondió—. Hasta ahora.
—¿Te ofreces como Heraldo? —preguntó la Suma Hacedora.
—Ya la he visto —dijo Solan—. Me ha visto. No tiene miedo. Pero el fuego en ella sí lo tiene. Me reconoce.
La Vigía alzó lentamente el rostro. Por un instante, el blanco de sus ojos se volvió opaco. Ciego. Como si lo que oyera no fuera una voz, sino una profecía revirtiéndose sobre sí misma.
Los miembros se removieron. La mesa vibró con una nota baja.
—Eso es peligroso —murmuró la Vigía—. Si el fuego lunar te reconoce, también podría seguirte.
—O enfrentarse a mí —dijo Solan—. Y es ahí donde conoceremos su límite.
El Portador cerró los ojos, como si pesara en su interior una memoria demasiado vieja para ser pronunciada.
—Yshaen no murió —dijo finalmente—. Fue borrada. Pero no muerta. Si su eco regresa, vendrá con deuda.
—Entonces permitamos que la sangre la reclame —dijo Solan—. Pero esta vez, sin mentiras.
Un nuevo silencio. Esta vez, largo. Deliberado.
La Suma Hacedora habló.
—Solan será Heraldo. Pero no interferirá. No aún. Solo observará. Si Elia encuentra el nombre perdido por sí sola… sabremos si es ella.
—¿Y si lo nombra? —preguntó el Portador.
—Entonces no quedará ningún pacto en pie —sentenció la Vigía—. Y si el nombre es dicho por labios de sangre lunar…
…el Velo no se rasgará. Se convertirá en puerta.
Las luces de la mesa se apagaron. Una por una. Solo quedó encendido el símbolo. Parpadeando como un corazón en la penumbra.
En algún punto del bosque, Elia despertó sin saber por qué. El fuego en su esternón ardía leve, pero constante. Como si alguien la estuviera recordando. Como si un nombre no dicho empezara a pronunciarla desde lejos.
Y en lo profundo del Velo, Yshaen, la olvidada, abrió los ojos.
Elia no sabía por qué se había despertado. Solo que sus sueños se habían llenado de agua y humo. De una voz que no era la suya, pero que hablaba con su aliento.
Cuando llevó una mano a su pecho, la runa pulsó dos veces. Una por ella. Y otra… por alguien más.
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