Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 15
- Inicio
- Todas las novelas
- Luna de Sangre y Ceniza
- Capítulo 15 - Capítulo 15: Capítulo 15: Aquello que la luna no olvida
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 15: Capítulo 15: Aquello que la luna no olvida
El sol aún no había asomado, pero el bosque ya susurraba. Elia caminaba con paso firme, siguiendo un sendero que solo sus sentidos recién despiertos sabían leer. La runa en su pecho brillaba bajo la tela, no con violencia, sino con una constancia inquietante. Como una segunda respiración.
Atrás quedaban la cabaña y Lena, dormida o fingiendo dormir. Riven la seguía a distancia, sin decir palabra. Era un acuerdo silencioso: ella caminaba hacia las respuestas, y él vigilaba que el camino no la devorara.
Llegaron al claro donde los árboles formaban un círculo natural. El lugar tenía una geometría imposible: todo parecía en equilibrio, pero ninguna línea era recta. Al centro, una piedra plana cubierta de líquenes y grabados apenas visibles.
Elia se detuvo frente a la piedra. El fuego lunar pulsó. La superficie se calentó, y por un instante, la runa en su pecho pareció proyectarse sobre la piedra misma.
Por debajo de la piedra, la tierra emitió un leve temblor, como si algo antiguo se agitara en sueños. Elia sintió que la visión no solo venía de ella, sino también del lugar. Una memoria compartida, enterrada bajo siglos de silencio.
—¿Es aquí? —preguntó, más para sí que para Riven.
Él no respondió, pero se acercó. Su mano rozó la roca y retrocedió, como si le doliera.
—Está viva —murmuró—. Y recuerda.
Elia se arrodilló. Apoyó ambas palmas sobre la piedra, y al instante, una visión se desplegó tras sus ojos cerrados.
No era como las otras. Esta vez, no había símbolos ni fuego. Había viento. Nieve. Un campo abierto bajo la luna.
Una mujer de cabello oscuro como tinta se erguía sobre un círculo de fuego. No llevaba armas, solo una capa rasgada. A su alrededor, figuras encapuchadas sostenían objetos rituales. La acusaban sin hablar. Y ella, en vez de temer, extendía los brazos.
“Mi nombre no será ceniza”, dijo la mujer.
La frase se clavó en la mente de Elia como una promesa.
El eco de las palabras resonó más allá de su mente. Sintió como si esa frase también estuviera escrita en su médula, como si muchas mujeres antes que ella la hubiesen susurrado al morir, para que no se perdiera. Cuando abrió los ojos, el claro parecía más luminoso, como si la luna misma hubiese dejado una parte de su luz en el suelo.
—La vi —dijo sin aliento—. Vi a Yshaen.
Riven no pareció sorprendido.
—¿Qué hizo?
—No se rindió. La desterraron, pero ella eligió mantener su nombre. Como si supiera que alguien más tendría que recordarlo.
—Ese alguien eres tú.
Elia lo miró.
—¿Por qué yo?
Riven dudó. Por primera vez, su silencio pareció pesarle.
—Porque el fuego lunar no escoge. Reconoce. Y contigo, no arde. Vibra.
Ella bajó la mirada. El suelo bajo sus pies parecía más firme, y a la vez, más frágil.
Por un instante, creyó escuchar otras respiraciones a su alrededor. No del bosque. No de Riven. Voces sutiles, femeninas, ancestrales, que no hablaban con palabras, pero la sostenían. Como si la memoria no fuese algo que ella cargara, sino un puente por el que muchas caminaban con ella.
—Tengo miedo, Riven.
—Bien —respondió él—. El miedo no te aleja del fuego. Te enseña a no quemarte.
Caminaron de regreso sin hablar. El bosque se abría ante ellos como si respirara. Al llegar a la cabaña, Lena los esperaba en el umbral, con los ojos húmedos y un libro en la mano.
—El Velo se mueve —dijo sin preámbulos—. Esta mañana, los pájaros del norte volaron en círculos. Y las raíces del fresno viejo sangraron savia negra.
—Yshaen está despertando —susurró Elia.
Lena asintió con un nudo en la garganta.
—Entonces no hay tiempo que perder.
Le entregó el libro. No era antiguo, pero sí pesado. El cuero de la cubierta tenía grabada una espiral abierta. El símbolo que Elia ahora reconocía.
—¿Qué es?
—Todo lo que pude salvar antes de que quemaran los registros. Escrito por una portadora. Quizá por Yshaen. Quizá por alguien que la siguió.
Elia sostuvo el libro contra el pecho. No ardía. Palpitaba.
Un aroma a tierra húmeda y hojas secas emanaba del cuero, como si el libro hubiera estado enterrado y solo ahora hubiese decidido emerger. Cada página que hojeaba tenía una textura diferente, como si no pertenecieran todas al mismo tiempo ni a la misma autora. Como si latiera al mismo ritmo que su corazón.
Esa noche, no durmió. Sentada junto al fuego, con el libro abierto sobre las rodillas, leyó palabras en lenguas antiguas. Algunas entendía sin saber por qué. Otras le hablaban en imágenes.
Una frase destacaba en la primera página:
“Si una portadora olvida su nombre, el Velo se cierra. Si lo recuerda… se abre el camino.”
Elia lo repitió en voz baja, como si conjurara algo.
Y en lo profundo del bosque, una piedra se encendió.
Yshaen sonrió en el Velo. No con labios. Con memoria.
La sangre había empezado a recordar.
Y en el corazón de ese recuerdo ancestral, entre símbolos y susurros, un nuevo nombre comenzó a formarse en la boca de Elia. Aún no lo pronunciaba. Aún no era tiempo. Pero el Velo lo esperaba.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com