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Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 16

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Capítulo 16: Capítulo 16: Voces entre la corteza

El alba asomaba pálida, bañando el bosque con una luz gris que parecía no calentar. Elia despertó con el libro aún abierto sobre su regazo, una página marcada por su mano dormida. Al incorporarse, el cuero crujió suavemente, y la runa en su pecho respondió con un breve destello.

Había soñado. O algo parecido a soñar. No era un recuerdo suyo, pero tampoco una visión. Era una canción sin voz, una cadencia antigua. Cuando abrió los ojos, aún podía oler humo de leña y escuchar el tintinear de campanas muy lejanas.

El sonido no venía del exterior, sino de su memoria ancestral. Cada campanada vibraba en su esternón como una señal: un llamado ritual. No eran campanas de alerta. Eran campanas de umbral. De paso.

—No dormiste —dijo Lena desde la puerta. Su voz era baja, pero no cansada. Traía una taza humeante en las manos, y algo en su mirada tenía el color de los días antiguos.

—No quise —respondió Elia—. Sentía que si me dormía, me perdería algo.

Lena asintió. Le ofreció la bebida y se sentó frente a ella. El silencio entre ambas ya no era una barrera, sino un umbral.

—Hoy el bosque está inquieto —dijo Lena, tras un sorbo—. Los árboles han girado sus hojas hacia el este. Y los cuervos no han cantado.

—¿Es por mí?

—Es por todo. Pero tú lo anuncias.

Elia bajó la vista al libro. La página abierta mostraba un dibujo: una espiral incompleta envuelta por ramas que parecían susurrar. Debajo, una frase en un idioma que reconocía sin haberlo aprendido:

“Los nombres verdaderos no se dicen. Se recuerdan.”

Las palabras parecían flotar sobre la página. Elia no solo las leía: las entendía en su sangre, como si cada sílaba coincidiera con latidos heredados. De pronto, una lágrima le cayó en el libro sin que notara que lloraba.

—Creo que voy a necesitar ayuda —susurró.

Lena levantó una ceja.

—No estás sola. Aunque a veces lo parezca.

La puerta crujió y Riven entró sin anunciarse. Llevaba el cabello mojado, y una rama rota en la mano.

—Los límites del bosque están cambiando —dijo—. Hay caminos que ayer estaban cerrados y hoy se abren. Y otros que ya no llevan a donde debían.

Lena se levantó de golpe. Fue hasta una estantería y buscó algo entre los frascos. Sacó un objeto envuelto en tela verde musgo. Lo colocó frente a Elia.

—Es hora de que tengas esto.

Cuando Elia tomó el colgante, una corriente cálida subió por su brazo. No era mágica en el sentido conocido. Era reconocimiento. El hueso no estaba muerto: guardaba la memoria de otras portadoras. Voces se agolpaban en la periferia de su conciencia, respetuosas, expectantes.

La tela contenía un colgante tallado en hueso antiguo. Representaba un ojo dentro de un círculo, rodeado de líneas irregulares. Era el símbolo de las Vigilantes del Velo.

—¿Qué es?

—Una llave. Un escudo. Y una promesa.

Elia lo sostuvo entre los dedos. La runa en su pecho palpitó en respuesta, no como fuego, sino como aliento. Cálido. Vivo.

—¿Tú eras una Vigilante?

Lena negó con suavidad.

—Yo fui eco de una. Pero tú… tú podrías volver a abrir el sendero.

Lena no solo hablaba de caminos físicos. El sendero era una red olvidada de sabiduría, de poder compartido entre mujeres que alguna vez guiaron a los clanes. Si Elia lo abría, no lo haría sola. Lo haría para todas.

Antes de que Elia pudiera responder, el libro volvió a cambiar. La página giró sola, impulsada por un viento que no soplaba en la habitación. Apareció una nueva ilustración: una figura encapuchada caminando entre árboles altos, con huellas encendidas a su paso.

Elia tocó el dibujo. Sintió una punzada en el centro de la frente. Una voz, lejana, murmuró su nombre.

Y luego otro. No era suyo. Pero era para ella:

“Yshaen.”

La habitación pareció apagarse. Por un instante, el fuego en la chimenea no emitió calor.

En esa contracción del mundo, Elia sintió el roce de dedos invisibles sobre su nuca, como si una figura tras ella la bendijera en silencio. El nombre no solo era un eco. Era un lazo. Alguien en el Velo acababa de mirarla a los ojos desde el otro lado. El mundo se contrajo, como si el aire se retirara para escuchar mejor.

—Lo escuché —dijo Elia, con los ojos muy abiertos—. No lo dije. Pero lo escuché.

—Entonces ya no hay marcha atrás —murmuró Lena.

Riven se arrodilló a su lado. Extendió la mano, sin tocarla.

—¿Quieres seguir?

Elia pensó en las voces, en la piedra, en las respiraciones que no eran suyas pero la sostenían. Pensó en el nombre que no debía decir, pero que ahora la nombraba a ella.

—Sí. Porque si no sigo, ellas se perderán otra vez.

La página del libro brilló por un segundo. Luego se apagó. Y en el silencio, el bosque exhaló.

La sangre no olvida.

Y esta vez, caminaba con ella.

En el bosque, un árbol anciano —el mismo que sangró savia negra días atrás— abrió una grieta en su corteza. De su interior emergió una raíz luminosa, pálida como luna nueva. Era un símbolo. El Velo no solo despertaba: respondía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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