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Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 17

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Capítulo 17: Capítulo 17: Raíz que no duerme

El aire del bosque olía a tierra revuelta, a corteza herida y a presagio. Elia avanzaba con pasos medidos, guiada por algo que no era un camino, sino un impulso. Lena y Riven la seguían en silencio, dejando que fuera ella quien marcara el ritmo. El colgante latía contra su pecho, al unísono con la runa y con algo más profundo: un llamado que ahora tenía forma y dirección.

Frente al fresno viejo, el mismo que días atrás lloró savia negra, algo había cambiado. Su corteza estaba abierta como una herida vertical, y desde su interior emergía una raíz pálida, luminosa, que parecía respirar. No era blanca como la ceniza, sino como la luna nueva: tenue pero viva, como si la oscuridad le permitiera brillar.

Elia se acercó sin temor. La raíz no la repelía. Al contrario, parecía inclinarse hacia ella, como una criatura que reconoce a su madre. Extendió una mano y la tocó.

La raíz estaba tibia. No como madera viva, sino como algo que recordaba haber sido humano. Al contacto, una red de luz tenue recorrió el suelo como si activara un patrón oculto en el bosque. No era solo una visión lo que se abría. Era una memoria que Elia tenía prohibida, pero que aún así la reclamaba.

Un destello.

No de luz, sino de conciencia.

Por un instante, su cuerpo desapareció. Fue savia, fue hoja, fue piedra bajo lluvia. Y luego fue algo más: una mujer de otra época, de otro nombre. Caminaba entre árboles que hablaban, sostenía un bastón tallado con símbolos, y su sombra era seguida por lobos de ojos verdes.

Yshaen.

La visión no fue una historia. Fue una comunión. Elia no la vio: fue ella. Sintió su orgullo, su rabia contenida, su amor por una tierra que la había parido y traicionado.

Elia comprendió entonces que Yshaen no había sido una rebelde. Había sido una arquitecta del equilibrio. Su exilio no fue por error, sino por amenaza. El conocimiento que poseía podía reescribir el pacto entre los mundos. Y alguien temió eso lo suficiente como para enterrarla en olvido.

Cuando abrió los ojos, Riven estaba junto a ella, respirando agitadamente. Lena observaba desde unos pasos atrás, con los ojos húmedos pero firmes.

—La raíz te mostró —dijo Lena—. No todos pueden verla viva.

—No la vi —corrigió Elia—. La fui.

El silencio que siguió no fue incómodo. Era sagrado.

—¿Y qué sentiste? —preguntó Riven, finalmente.

Elia buscó las palabras con dificultad.

—Que ella… nunca se rindió. Ni cuando la exiliaron. Ni cuando la olvidaron. Su recuerdo no es un grito. Es una semilla.

Y como toda semilla, había esperado oscuridad, humedad, y el tiempo correcto para romper la tierra. Elia entendió que ella no era el árbol. Era el brote. Pero el árbol aún existía, en algún rincón del Velo, esperando florecer. Una que ha estado creciendo en el silencio.

Lena se acercó. Tocó la raíz con la yema de los dedos. La luz no reaccionó a ella como lo había hecho con Elia, pero sí pareció reconocer su presencia.

—Yshaen fue la última que vio el Velo abierto sin morir en el intento —dijo—. Hasta ahora.

La raíz comenzó a retraerse lentamente, como si su mensaje hubiese sido entregado. Antes de ocultarse del todo, un pequeño brote emergió del lado opuesto del tronco: una hoja de plata con venas negras. Elia la arrancó con cuidado. No se marchitó.

—Una señal —dijo Lena—. Debes llevarla contigo. A donde sea que vayas.

El bosque pareció exhalar entonces. Pájaros que no habían cantado desde hacía días rompieron el silencio con trinos irregulares. Una ardilla cruzó el sendero. Y en lo alto, una nube solitaria se apartó, dejando que la luz filtrada del sol alcanzara el claro.

Pero no era solo naturaleza. Elia lo sintió.

—Nos están observando —susurró.

No era solo una sensación. Era un eco en la médula. Como si algo antiguo volviera su rostro hacia ella. Y no con odio. Con atención. El Velo ya no era pasivo. Era testigo.

Riven giró la cabeza al instante. Su cuerpo entró en tensión, y la mano fue instintivamente hacia el cuchillo en su bota.

—No son lobos —murmuró.

—Ni clanes —añadió Lena.

Las sombras entre los árboles se alargaron. Figuras envueltas en telas oscuras comenzaron a rodear el claro, sin hacer ruido. Llevaban máscaras blancas con una única runa en el centro: un círculo abierto hacia abajo. El símbolo del Consejo.

Elia retrocedió un paso. La raíz ya no estaba. El brote plateado ardía en su mano como si la protegiera.

—No están aquí para atacar —dijo Lena con calma—. Solo para confirmar lo que ya temen.

Uno de los encapuchados dio un paso al frente. Su voz, distorsionada por la máscara, era suave como humo:

—El nombre ha sido tocado. El sendero ha respondido.

Elia alzó la mirada.

—Y ustedes lo sienten porque no han podido olvidarla.

La figura no negó ni afirmó.

—Entonces el juego ha comenzado.

Al desvanecerse, dejaron una brizna de ceniza flotando en el aire. Lena atrapó una con dos dedos, y al abrir la mano, la ceniza se había convertido en polvo de obsidiana. Un mensaje silencioso del Consejo: no habrá más advertencias.

Y con esa frase, todos se retiraron. No huyeron. Se deshicieron como niebla. El bosque los devoró sin dejar rastro.

Riven se acercó a Elia. Aún tenía la hoja plateada entre los dedos.

—¿Sabes lo que significa?

—Sí —respondió ella—. Significa que el Consejo ya no puede detener lo que ha despertado. Ni silenciar lo que quiere ser dicho.

Y por primera vez, el Velo no era un misterio.

Era un camino abierto bajo sus pies.

Esa noche, mientras el bosque dormía, la hoja plateada en manos de Elia emitió un leve resplandor. Y en un lugar remoto del Velo, la espiral de la raíz se dibujó por primera vez en siglos sobre la piedra de un altar olvidado.

La sangre no solo recordaba.

Ahora hablaba en voz alta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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