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Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 21

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Capítulo 21: Capítulo 21: El pacto invisible

Elia regresó al bosque como quien vuelve de un sueño que aún no termina. No sabía cuánto tiempo había pasado bajo tierra, ni si el sol que descendía era el mismo que había visto antes de entrar. Lo único que sabía con certeza era esto: ya no era la misma.

No caminaba como una heredera. Ni como una exiliada. Caminaba como una página que sabe que pronto será leída.

A su alrededor, el bosque no celebraba ni se apartaba. Simplemente existía, como si ahora la reconociera no como visitante, sino como parte del todo. El colgante sobre su pecho vibraba con una frecuencia suave, casi imperceptible. No latía por sí mismo, sino al compás de algo mayor. Como si estuviera en sintonía con un coro de voces invisibles.

Cuando alcanzó los límites de la cabaña, Lena la esperaba sentada junto al fuego. No tejía, no molía hierbas. Solo estaba allí, mirando la línea donde los árboles se volvían sombra.

—Has cambiado —dijo sin volverse.

—No del todo —respondió Elia, y su voz no era ni defensa ni duda. Era afirmación.

Lena asintió lentamente.

—El Velo sabe. Y si te ha permitido volver… es porque la raíz aún no se ha quebrado.

Riven apareció desde el costado. Traía una piel doblada sobre un brazo y una bolsa con provisiones. No preguntó nada. No necesitaba hacerlo.

—El Consejo se ha silenciado —dijo—. Y eso es más inquietante que sus amenazas.

Elia se sentó frente a ellos. El fuego entre los tres no era cálido ni frío. Era necesario.

Como si supiera que no debía iluminar el presente, sino custodiar un recuerdo que aún no había sido pronunciado.

—No pueden actuar aún. Saben que si lo hacen, la espiral se volverá espejo. Y todos verán lo que intentaron ocultar.

Lena apretó los labios.

—Pero si no hacen nada, perderán el control. El equilibrio se ha inclinado. Y tú, Elia, ahora eres una grieta visible.

—No soy grieta —corrigió ella—. Soy el eco de una fisura antigua. Solo estoy recordando el sonido.

Por un momento, nadie dijo nada. Solo el crepitar de la leña, que parecía respirar con ellos.

Luego, Lena se puso de pie.

—Es hora.

—¿De qué? —preguntó Elia.

—De que el pacto se escuche otra vez. No con palabras. Con acto.

Lena entró en la cabaña y regresó con un cuenco de piedra negra. Dentro, una mezcla de cenizas, pétalos secos y savia endurecida. Lo colocó en el centro del círculo.

—Este es el sello del primer pacto. Aquel que nunca se rompió, solo se olvidó.

Elia lo observó. La mezcla olía a bosque mojado y a recuerdos dulces. No era perfume. Era raíz.

Riven tomó un cuchillo pequeño y cortó la yema de su dedo. Una gota cayó en el cuenco. Lena hizo lo mismo. Luego, miraron a Elia.

Ella no dudó. Extendiéndose hacia la hoja, dejó que una línea de sangre se mezclara con lo que ya estaba allí.

Cuando la sangre de Elia tocó la mezcla, no hubo chispa ni explosión. Solo una oleada de reconocimiento. Como si el bosque murmurara su nombre entre dientes invisibles.

Entonces el aire cambió. No bruscamente, sino como si algo invisible se hubiera puesto en pie. El fuego se inclinó hacia el cuenco, como si lo reconociera.

—El pacto no es entre nosotros —dijo Lena—. Es entre lo que fuimos y lo que seremos. Entre la historia enterrada y la que volverá a crecer.

Elia cerró los ojos. Sintió cómo la runa brillaba bajo la piel. No era ardor. Era presencia. Una cuarta voz se sumó al momento. No venía de ellos. Venía del Velo. Como un murmullo que se repetía en todas las cosas vivas.

“Ahora recuerdan”, decía.

Y en el fondo del cuenco, una raíz diminuta comenzó a brotar.

No crecía hacia arriba, como buscando la luz. Crecía hacia adentro, como si supiera que el verdadero renacer comienza en lo oculto.

No era metáfora. Era vida.

Esa noche, nadie durmió. El fuego no se apagó. La raíz no se marchitó. Y aunque el bosque parecía inmóvil, cada criatura, cada hoja, cada sombra sabía que algo había sido restaurado.

El Consejo, desde su enclave lejano, sintió el cambio. La Vigía abrió los ojos, y por primera vez en siglos, los parpadeó. Uno de los miembros más antiguos, que no hablaba desde que perdieron a Yshaen, susurró:

—Han despertado al pacto.

Nadie respondió. Porque no sabían si eso era una promesa… o una advertencia.

Pero Elia, sentada entre Lena y Riven, supo que no importaba. Lo que viniera sería enfrentado. No con fuerza. Con memoria viva. Con raíces que ya no dormían.

El pacto estaba vivo otra vez.

Y mientras Elia respiraba en silencio, una voz sin garganta cruzó el Velo como un susurro plantado:

“Los nombres que florecen, no mueren.”

Y ahora tenía rostro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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