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Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 25

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Capítulo 25: Capítulo 25: Memoria bajo la piel del árbol

El bosque al amanecer no despertaba con estruendo, sino con un murmullo contenido, como si respirara junto a Elia. El rocío no se evaporaba aún, suspendido sobre hojas como si el tiempo también contuviera el aliento. Cada paso suyo parecía aligerar el mundo, y sin embargo, los sonidos —el crujido sutil de ramas, el lejano goteo de humedad cayendo de un helecho— resonaban con más presencia que nunca. Un aroma a tierra mojada y savia vieja lo envolvía todo. La luz aún no rompía la penumbra, pero sus dedos suaves pintaban ya los bordes del día en tonos azul profundo, verdes oscuros, marrones que sabían a raíz.

Elia caminaba sin prisa, su respiración acompasada con la cadencia del suelo, como si cada inhalación extrajera palabras antiguas y cada exhalación las sembrara de nuevo. Su pecho se movía en sintonía con el canto sordo del bosque, y por un momento, no supo si era ella quien avanzaba o si el bosque la llevaba.

Frente al fresno solitario, se detuvo. El árbol era más alto de lo que recordaba, más vasto en su presencia. Una quietud espesa lo rodeaba, una calma que no era inactividad sino atención. Elia extendió una mano y la apoyó contra su corteza.

La corteza estaba tibia. No como madera viva, sino como algo que recordaba haber sido humano. Al contacto, una red de luz tenue recorrió el suelo como si activara un patrón oculto en el bosque. No era solo una visión lo que se abría. Era una memoria que Elia tenía prohibida, pero que aún así la reclamaba.

Una imagen la envolvió: una mujer de rostro fuerte y ojos cerrados, de pie frente al mismo fresno. No lo adoraba. Lo conocía. En sus manos, sostenía una pequeña raíz aún viva, trenzada con cintas de fibras naturales. La depositaba con cuidado en una hendidura del árbol. Luego, sin palabras, se daba vuelta y se perdía entre la niebla.

Elia sintió un nudo en la garganta. No solo observaba. Sentía. La intención, la entrega, el eco del gesto. Elia supo que no era un recuerdo prestado. Era un lenguaje que debía descifrarse con el cuerpo, no con la mente.

—¿Lo viste otra vez? —dijo una voz detrás. Era Riven. El sol comenzaba a filtrarse a través de las copas, bañando sus hombros de una luz pálida y temblorosa.

Elia asintió, sin palabras todavía. Riven se sentó a su lado, apoyando el hombro contra el tronco del fresno. Sacó algo del bolsillo de su abrigo: un trozo de hueso alisado por el tiempo.

—Cuando era niño —dijo— mi madre me hablaba de los huesos que recuerdan. No eran reliquias. Eran fragmentos de historias que no querían apagarse. Este lo encontré después de que ella murió. Lo tallé sin saber por qué. Años después, vi el mismo símbolo en el santuario del Sur.

Elia lo tomó con cuidado. El hueso parecía latir con un calor suave, como si reconociera estar en las manos correctas.

—¿Tienes miedo? —preguntó él entonces, mirándola sin esquivar la pregunta.

Ella lo pensó. No una respuesta rápida. Una que viniera desde donde nacen las verdades más lentas.

—No sé si temo más lo que dejo atrás o lo que aún no he visto. Pero sé que no puedo seguir sin nombrarlo. Aunque duela. Aunque me cambie.

Riven asintió. Había en él una quietud que no era resignación, sino fe. No en un resultado. En el acto de caminar.

Más tarde, en la cabaña, Elia abrió el cuaderno nuevo. La hoja aún olía a resina y carbón. Tomó el carbón y comenzó a trazar. No letras. No signos conocidos. Líneas que nacían de su muñeca, como si otra voluntad le hablara a través de los dedos. Trazó una espiral incompleta, luego una raíz que descendía. Y al final, un símbolo que no comprendía, pero que no podía dejar de repetir.

El carbón tembló al final del gesto, como si dudara en concluir. Pero el fresno lo aceptó. No era un error. Era el pulso real del recuerdo.

La hoja no era la misma. No podía serlo. Había viajado por caminos que Elia aún no conocía.

Elia sonrió. Porque había comenzado a escribir no con tinta, sino con raíz.

El silencio la envolvía, no como ausencia sino como una matriz fecunda. En su mente, no había certezas. Solo una idea: que escribir así no era preservar. Era transformar. Y que las voces que guiaban su mano no eran de este tiempo. Eran ecos que habían esperado mucho para volver a florecer.

Un movimiento leve junto a la puerta la hizo levantar la vista. Un escarabajo negro, brillante como obsidiana, se había detenido sobre el umbral. La miraba, o eso parecía. Luego se perdió entre la madera. El bosque no era espectador.

Era testigo. Y ahora, también escribía con ella.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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