Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 26
- Inicio
- Todas las novelas
- Luna de Sangre y Ceniza
- Capítulo 26 - Capítulo 26: Capítulo 26: La raíz y el hueso
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 26: Capítulo 26: La raíz y el hueso
La mañana no trajo luz, sino una pausa. Un silencio distinto. No era la quietud del sueño ni el murmullo del viento entre las hojas, sino algo que parecía esperar bajo la tierra, justo donde nacen los signos. El suelo estaba frío, pero no hostil. Cada paso descalzo abría una memoria. No sabía si era suya o del bosque, pero le pertenecía.
Elia avanzaba sin palabras. El aire tenía esa densidad suave de los amaneceres donde todo parece contener el aliento. A su alrededor, el bosque no crujía. Respiraba. Las gotas suspendidas en las telarañas, la humedad que empapaba los musgos, los aromas densos a madera y corteza mojada: todo la envolvía como un lenguaje que aún no sabía traducir, pero sí comprender.
Antes de llegar al fresno, algo captó su atención. A medio enterrar en la tierra húmeda, una piedra tallada sobresalía, apenas visible. La sacó con cuidado. No era grande, pero tenía un símbolo en espiral incompleto. Al tocarla, la runa en su piel ardió levemente, como si se activara una resonancia antigua. Su mano tembló. Elia no comprendía del todo, pero no era miedo lo que sentía. Era cercanía.
El fresno se alzaba como una figura que sabía esperar. No era solo árbol. Era mapa. Era superficie de un cuerpo mayor, cuyas arterias eran raíces que latían bajo cada colina, cada quebrada, cada herida del paisaje. Cuando Elia apoyó la palma contra la corteza, sintió una vibración: no una sacudida, sino un susurro continuo.
La nueva grieta no parecía un daño, sino un nacimiento. Bordes suaves. Savia palpitando. Como si el árbol también estuviera aprendiendo a abrirse. Y entonces, la visión.
Una mujer. Otra vez. De pie frente al fresno. Esta vez no estaba sola: una niña pequeña tomaba su mano. El rostro de la mujer era calmo, pero no sereno. Era firmeza melancólica. Llevaba algo envuelto en tela. No lo mostraba. Lo entregaba. Plantaba, quizá. El gesto era breve, casi ritual. Sus labios se movían, pero no había sonido. Solo el pulso de una despedida silenciosa. Lo que se entregaba no era un objeto: era un destino confiado, una raíz desplazada que buscaba nuevo suelo.
Elia sintió un hueco abrirse en su pecho. No era tristeza. Era la sensación de haber dejado algo atrás sin saberlo. De haber heredado un duelo que no era suyo, pero que debía sanar.
—¿Lo viste otra vez? —preguntó Riven, acercándose con paso lento. El sol apenas asomaba por entre las ramas, tiñendo todo de un oro pálido.
Ella asintió, los dedos aún apoyados sobre el fresno.
—¿Tienes miedo de lo que viene? —preguntó él, sin rodeos.
—A veces sí —respondió.
—Yo también —confesó él, sin bajar la mirada—. Pero me aterra más seguir sin comprender lo que nos sostiene.
Sacó de su abrigo un objeto envuelto en cuero. Lo desplegó: era un trozo de hueso tallado, gastado en los bordes.
—Mi madre me lo dio cuando era niño —dijo—. Me dijo que algunos huesos no se entierran para olvidar, sino para recordar desde lo más profundo. Años después vi el mismo símbolo en un muro del santuario antiguo.
Elia lo tomó con delicadeza. El hueso era liviano, pero no vacío. Pulsaba. No como un corazón. Como un eco.
Al volver a la cabaña, Lena no preguntó nada. Le tendió un trozo de tela vieja manchada de savia. Elia la aceptó como quien recibe una bendición, sin palabras, solo con gratitud.
En la mesa, abrió su cuaderno. El carbón aún conservaba el calor de sus dedos. Al tocar la primera hoja, sintió un aroma tenue a madera y ceniza. Como si guardara en sus fibras no solo palabras no escritas, sino voces aún por pronunciarse.
Cada trazo que dibujaba no buscaba alzarse como proclama. Descendía. Se hundía. Como quien siembra sabiendo que tal vez no vea el brote, pero confía en la semilla. No letras. No signos conocidos. Líneas que nacían de su muñeca, como si otra voluntad le hablara a través de los dedos. Trazó una espiral incompleta, luego una raíz que descendía. Y al final, un símbolo que no comprendía, pero que no podía dejar de repetir.
El carbón tembló al final del gesto, como si dudara en concluir. Pero el fresno lo aceptó. No era un error. Era el pulso real del recuerdo.
La hoja no era la misma. No podía serlo. Había viajado por caminos que Elia aún no conocía.
Elia sonrió. Porque había comenzado a escribir no con tinta, sino con raíz.
Un zorro joven apareció en el umbral. No huía. No se acercaba. Solo observaba, con esa quietud antigua que tienen los guardianes cuando reconocen que el ciclo ha comenzado a girar otra vez. Escarbó la tierra con una de sus patas delanteras y dejó al descubierto una pequeña raíz trenzada. Luego, se fue. Sin ruido. Como si hubiese dejado un mensaje.
Y Elia supo que el bosque ya no solo escuchaba.
Aprendía a hablar de nuevo.
Y lo hacía con su trazo. Con su piel. Con su nombre.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com