Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 28
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Capítulo 28: Capítulo 28: La herida que canta
El despertar no fue súbito. Elia emergió del sueño como quien nada hacia la superficie desde una profundidad lenta. Su piel, húmeda, parecía haber absorbido más que sueño: savia, susurros, ecos. Los párpados pesaban como si ocultaran un paisaje entero detrás. Y el latido de su pecho, firme y constante, marcaba el ritmo de algo que aún no comprendía del todo.
A su lado, Lena dormía. El rostro sereno, pero con las manos entrelazadas sobre el vientre como si aún sostuviera algo invisible. Elia se inclinó sin hacer ruido, y con dedos cuidadosos dejó una ramita de laurel bajo su almohada. No dijo nada. Solo respiró, como se respira cuando se agradece sin palabras.
El cuaderno esperaba sobre la mesa. Antes de cerrarlo, Elia dejó caer una sola gota de agua sobre la esquina de la hoja. La tinta no corrió. La hoja no se manchó. Pero algo en la forma en que absorbió el líquido le recordó que la escritura también es un cuerpo.
El bosque la recibió con un murmullo grave. Las hojas parecían inclinarse a su paso, y las raíces crujían bajo tierra, como si algo antiguo se estirara para despertar. Elia caminó descalza. Cada paso abría una memoria: una voz, una imagen, un olor olvidado. No sabía si eran suyos, pero le pertenecían.
Al llegar al fresno, notó algo distinto. Una grieta más, apenas visible, se abría en espiral desde la base del tronco. No parecía daño. Era una herida suave, palpitante, como si el árbol también cantara su proceso de cambio. Savia clara fluía, y con ella, una nueva forma. Sobre la corteza, un símbolo breve apareció: un arco curvo que terminaba en espina.
Elia apoyó la mano derecha sobre la corteza. Cerró los ojos. Y la visión llegó.
La niña de la visión no tenía rostro nítido, pero algo en su postura, en la forma en que sostenía un pequeño objeto entre las manos, le recordó a sí misma. Parecía buscar algo entre hojas secas, y cuando lo encontró —una piedra marcada— lo sostuvo como si fuese un corazón.
Cerca de ella, una figura mayor se acercaba. Era la mujer de ceniza. Su gesto era tranquilo, y sus manos acariciaban la cabeza de la niña con ternura. Luego, ambas enterraban algo juntas: la piedra, un mechón de cabello, una palabra que no podía oírse. Elia sintió un hueco abrirse en el pecho. No era tristeza. Era una forma de pertenencia profunda, como si acabara de recordar una pérdida que llevaba generaciones durmiendo.
Cuando abrió los ojos, Riven estaba allí. En silencio. Tenía una ramita rota en la mano, y sus dedos temblaban apenas. La dejó caer sin querer, y Elia la recogió. Se la devolvió sin palabras, pero con la mirada firme.
—¿Y si no soy capaz de sostener todo lo que despierta? —preguntó él, por fin.
—Entonces lo cantarás —respondió Elia—. A veces, lo que no puede sostenerse, debe ser compartido.
Él asintió, y se sentaron juntos en la tierra. No hablaron más. Solo respiraron, al unísono, como si entre ambos tejieran una raíz invisible.
Un zorro joven apareció entre los arbustos. No huía. No se acercaba. Solo observaba, con esa quietud antigua que tienen los guardianes cuando reconocen que el ciclo ha comenzado a girar otra vez. Elia lo miró con reconocimiento. Recordó que Lena le hablaba de los zorros como custodios de lo que aún no tiene nombre.
El animal escarbó un poco, dejando ver una raíz trenzada, y luego desapareció sin ruido. Elia no la tocó. Solo observó.
Esa noche, al regresar, el cuaderno la esperaba con una página en blanco. Pero no era vacío. Era promesa. El cuaderno, al abrirse, exhaló un leve aroma a madera y ceniza. Como si guardara en sus fibras no solo palabras no escritas, sino voces aún por pronunciarse.
Tomó el carbón. No dibujó líneas. Trazó espirales, fragmentos de símbolos, formas que descendían en lugar de elevarse. Cada trazo no buscaba alzarse como proclama. Descendía. Se hundía. Como quien siembra sabiendo que tal vez no vea el brote, pero confía en la semilla.
Al cerrar el cuaderno, vio que una pequeña brizna se había colado entre las páginas. No sabía si era del fresno, del zorro o de algún otro lugar que no recordaba haber pisado. Pero la dejó allí.
Y mientras apagaba la lámpara, pensó:
“La espiral no se cierra porque no quiere encerrar. Solo quiere regresar distinta.”
Afuera, en lo alto del cielo, la nube en forma de espiral ya no estaba. Pero el aire tenía la misma forma. Y ella, por primera vez, sintió que su herida no sangraba.
Cantaba.
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