Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 30
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Capítulo 30: Capítulo 30: Bajo la luna, sin temor
La noche descendía sin prisa, como si quisiera testificar lo que estaba por ocurrir. Las nubes se abrían paso dejando que la luna menguante, pálida y firme, derramara su luz como un velo de plata sobre el claro. Elia sintió el aire distinto: denso, lleno de presagios, pero también de algo más antiguo que el miedo. Algo que la llamaba desde dentro de la piel.
Habían caminado juntos hasta el límite del bosque, más allá del fresno. Riven guiaba sin hablar, pero cada paso que daba era como una afirmación silenciosa de confianza. Aquel claro no era como los otros. No tenía rastros de rituales ni marcas en la tierra. Era virgen. Como si el tiempo no lo hubiese tocado. Como si esperara desde siempre por este instante.
El olor del lugar era terroso, pero con un fondo dulce, como resina caliente bajo la corteza. Había un silencio demasiado perfecto, casi antinatural. Las hojas no crujían, los insectos no cantaban. El suelo, cubierto por musgo color ceniza, se sentía húmedo y esponjoso bajo los pies. Elia sintió un hormigueo subirle por los tobillos hasta la nuca al pisar aquella tierra: no era miedo, era reconocimiento. Había llegado a un umbral.
Riven se detuvo. Elia también. El silencio entre ambos no era frialdad, sino contención. Había tanto que podría haberse dicho, pero el bosque parecía estar escuchando, y no querían distraerlo.
—El fuego o la sangre —dijo Riven al fin—. Algunos clanes usan uno, otros el otro. Pero lo que hacemos esta noche… no tiene nombre. Solo tiene sentido.
Elia asintió. Desató de su cadera una pequeña bolsa de tela donde guardaba los carbones con los que había escrito sus sueños. No necesitaba tinta. No esta vez. Lo que iba a trazar no era escritura, era enlace.
Riven se quitó la camisa y la dejó a un lado, revelando una marca vieja en su clavícula. No era natural. Era un símbolo, una raíz fracturada. Elia se acercó y, con el carbón entre los dedos, comenzó a dibujar sobre esa cicatriz. No la cubría. La completaba.
A cada trazo, la piel de Riven reaccionaba. No con dolor, sino con calor. Como si absorbiera el carbón, como si reconociera la memoria ancestral en cada línea. Elia sentía que no dibujaba con su mano, sino con todas las manos antes de ella. Riven contuvo la respiración un instante cuando ella marcó el centro del símbolo, y en ese gesto contenido, Elia vio la vulnerabilidad que nunca había mostrado.
Cuando terminó, Riven tomó el carbón, y esta vez fue él quien dibujó. No en la piel de Elia, sino en la tierra, justo entre ellos. Trazó un círculo con una espiral en su centro. Elia lo reconoció. Era el símbolo de su sueño, el mismo que aparecía en su cuaderno sin que lo escribiera.
—Nos vemos —dijo él—. Sin velo. Sin forma. Solo verdad.
Entonces se sentaron dentro del círculo. Frente a frente. Las palmas tocándose. Las frentes acercándose hasta rozarse. Y en ese roce, la historia de ambos comenzó a desplegarse.
Elia vio su infancia, sola entre cuadernos y preguntas sin responder. Vio los ojos de su madre ocultando secretos. Vio su llegada al pueblo y sintió, como por primera vez, el peso de la sangre en sus piernas la noche que despertó la marca.
Riven vio su fuga del clan, la traición de los suyos, el miedo de transformarse por primera vez sin nadie cerca. Vio la noche en que estuvo a punto de olvidar su nombre.
Fragmentos se entrelazaban. Una visión de Elia. Luego una de Riven. Y entre ambas, sensaciones físicas: un estremecimiento en la espalda, un calor en la lengua, una luz en la frente. “Esto no es solo ver. Es ser.”
Elia sintió que su piel ya no era solo límite. Era puente. Riven sintió que su aliento era también canto. Las marcas en sus cuerpos no solo palpitaban. Cantaban. Una frecuencia compartida los envolvía como un hilo invisible.
La tierra desprendía un aroma leve a flor de luna. El símbolo en el suelo parecía respirar. Y entonces, sin que lo planearan, sus frentes se unieron del todo. Y lo que ocurrió fue simple y absoluto: se vieron. No con los ojos. Con todo lo que eran. Se vieron y se reconocieron.
La unión no fue un acto físico. Fue un enlace de esencias. Riven fue Elia y Elia fue Riven, por un instante suspendido, eterno. Y en ese instante, el Velo no existió. Solo el pulso compartido. Solo la raíz entrelazada.
La luna pareció latir con ellos. Ambos escucharon un mismo susurro que no era suyo, pero los reconocía: “Ahora sabes cómo se ve alguien cuando no se esconde.”
Cuando se separaron, no hubo palabras. No hacían falta. Riven rozó la marca de Elia con la yema de sus dedos. Elia hizo lo mismo con la suya. Las brasas del carbón en el borde del claro se encendieron solas, como si sellaran un rito concluido.
El claro, antes virgen, ahora estaba habitado. La espiral en la tierra palpitaba lentamente, como si sangrara savia. Una lechuza los observaba desde una rama alta. Y luego alzó vuelo sin ruido. Testigo y guardiana.
Esa noche, bajo la luna menguante, Elia y Riven no se prometieron nada.
En lugar de promesas, dejaron raíces.
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