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Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 32

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Capítulo 32: Capítulo 32: El lazo que no se rompe

La lluvia había comenzado sin aviso. No era tormenta ni llovizna: era una caída serena, rítmica, como si el cielo lavara con cuidado lo que había sido revelado. Al tocar las piedras cálidas del umbral, el agua generaba un tenue vapor, como si los susurros antiguos del bosque se soltaran por fin.

Elia extendió la mano fuera de la ventana de la cabaña y sintió las gotas frías como dedos antiguos tocando su palma. No eran ajenas. Tampoco nuevas. Cada una parecía cargar un fragmento de historia. Como si la memoria también pudiera caer del cielo.

A su lado, el cuaderno yacía abierto, y sobre la página más reciente, la tinta no se corría. Era tierra mezclada con savia, lo sabía. Lo había sentido esa mañana cuando, al despertar, la marca en su pecho había latido una vez más, no como una herida, sino como un eco. La marca ardía suavemente, como si recordara por ella.

Riven se acercó en silencio. Llevaba una capa que olía a resina, humo y helecho mojado. Sus ojos, oscuros como corteza bajo la lluvia, no preguntaron nada. En su mano traía un objeto envuelto en una tela gris: un pedazo de raíz endurecida, tallada con los mismos símbolos que habían surgido del claro. Al desenvolverla, el aroma de tierra viva se elevó, denso y mineral.

—Es tuyo —dijo simplemente.

Elia lo tomó con ambas manos. Al contacto, la raíz vibró apenas, una frecuencia sutil que ascendió por sus brazos hasta la garganta. No era una herramienta. Era un fragmento de algo que había vivido antes que ellos. Algo que ahora continuaba en ellos. Entre las ranuras de la madera, se adivinaba una línea circular y marcas que ella no recordaba haber visto, pero que reconocía. Al tocar una, una emoción desconocida —antigua, dulce, dolorosa— la atravesó brevemente.

—¿Sabes por qué la cortaron? —preguntó Riven.

—Porque necesitaban que creciera en otro sitio —respondió Elia sin pensar, y en cuanto lo dijo, lo supo cierto.

Lena entró entonces, con ramas frescas y hojas de espino. Las colocó en la mesa sin hablar. Luego, alzó la vista y los miró con gravedad tranquila. En su gesto había algo ceremonial, aunque no lo nombrara. Mientras preparaba té, marcó la superficie del pan con una línea de miel que se curvaba apenas. Una espiral.

—Hoy cruzarán otro umbral —dijo—. Uno que no deja marcas visibles, pero que transforma todo.

No hubo ceremonia. Solo acción. Elia y Riven siguieron a Lena hasta un paraje entre dos colinas, donde el sonido de la lluvia era diferente: más profundo, casi hueco. Allí, una piedra lisa sobresalía del suelo, cubierta de líquenes azules que parecían brillar con la humedad. Mientras avanzaban, Elia notó detalles: una rama que se quebraba sin viento, un pájaro que cruzaba en línea recta, hongos que pulsaban suavemente con luz.

Lena extendió las ramas sobre la piedra y colocó la raíz en el centro.

—Tomen las manos del otro. Y escuchen.

No dijo qué debían oír. Pero cuando las palmas de Elia y Riven se tocaron, el mundo pareció hacer silencio. No porque se callara, sino porque cedía el paso a otro tipo de sonido. Uno que venía desde adentro. Elia sintió calor en las costillas, un frío breve en la lengua. En su oído interno, una nota vibraba. Como una afinación. Como si la tierra dijera: ahora sí.

Vio la piedra encenderse por dentro, como si contuviera brasas antiguas. Y supo. No estaban sellando un destino. Estaban abriendo un canal. En la base de la raíz, un brote nacía. Y una lágrima de savia resbalaba desde la piedra.

Cuando soltaron las manos, la lluvia había cesado. No del todo, pero lo suficiente para que el mundo pareciera haber cambiado de humedad. El musgo brillaba. Las hojas vibraban. Y el brote, en el centro, respiraba.

Riven lo tocó con dos dedos. Luego miró a Elia.

—Hay cosas que no se atan. Se reconocen.

Ella asintió. Y por un instante, deseó que Lena dijera algo más. Pero la mujer solo los observaba, como si ese silencio también fuera parte del ritual.

Esa noche, al volver a la cabaña, Elia escribió en su cuaderno sin palabras. Solo trazos. Curvas. Líneas que bajaban y subían como raíces en danza. Y mientras dibujaba, sintió que algo dentro de ella también se expandía, no como un grito, sino como una vibración que encontraba eco en la madera, en el fuego, en la marca que latía suave bajo su piel. Con cada trazo, la marca palpitaba. Era como si el carbón también escribiera dentro de ella.

—No hay regreso a lo de antes —dijo Riven desde el umbral, observándola.

—No. Pero hay camino.

Él se acercó, se sentó a su lado, y juntos miraron los trazos.

—Esto también habla —susurró él.

Y Elia, por primera vez, sintió que no necesitaba traducir. Porque algunas verdades no se dicen. Solo se sostienen.

Como un lazo que no se rompe. Solo cambia de forma. Y al hacerlo, abraza.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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