Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 33
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Capítulo 33: Capítulo 33: El eco en la savia
El día amaneció con una bruma suave que se enredaba entre los árboles como si el bosque respirara más lento. Las hojas no crujían. El viento no cantaba. Todo estaba en una pausa viva. La bruma olía a piedra mojada y savia fresca, y parecía absorber los sonidos, volviendo cada paso un susurro contenido. Elia salió de la cabaña con el cuaderno en la mano y la raíz tallada envuelta en su tela. Su piel vibraba con una electricidad leve, como si la atmósfera le rozara el alma. Riven la siguió sin decir palabra, como si los dos supieran adónde debían ir, aunque nadie lo hubiera marcado.
Volvieron al fresno.
No porque alguien lo pidiera. No porque el ritual así lo exigiera. Sino porque algo los llamaba. No con voz, sino con pulso. Y la bruma parecía cederles el paso.
El fresno estaba igual, pero distinto. Más denso. Más atento. La grieta que Elia había tocado semanas atrás ahora tenía una veta de savia endurecida, como una cicatriz que no había cerrado del todo. Elia extendió los dedos y los apoyó sobre la corteza. Sintió calor. No el de un árbol al sol. Era otro. Uno que venía desde dentro, como si el árbol pensara o recordara. El aroma era más fuerte allí: a tierra antigua, a corteza abierta, a algo vivo y silencioso.
Riven rodeó el tronco y encontró un punto donde el musgo se desprendía en círculos perfectos, como si alguien hubiera limpiado el espacio. Se arrodilló, sacó una pequeña bolsa de lino de su capa y extrajo un puñado de tierra negra, húmeda, recogida del claro.
—Es la misma tierra que tocamos —dijo, más para el fresno que para ella—. Solo que ahora sabe algo más.
Elia se sentó frente a él. Abrió el cuaderno. Las páginas estaban llenas de trazos que parecían hablar entre ellas. No eran dibujos ni escritura. Eran memoria en movimiento. Extendiendo la raíz tallada frente a ella, la tomó con ambas manos y cerró los ojos.
Entonces llegó la visión.
No como un recuerdo impuesto, sino como un eco que encontraba eco. El fresno no mostraba una imagen clara, sino sensaciones: pies descalzos sobre tierra mojada, un grito ahogado bajo la corteza, una niña mirando hacia arriba mientras la lluvia caía en espiral. Elia no supo si era su niñez o la de otra. Y no importaba. Porque el dolor era antiguo, pero la esperanza también. Sintió, por un momento, como si tocara huesos dentro del árbol, o escuchara una respiración muy lenta.
Cuando abrió los ojos, sus dedos tenían savia. Pegajosa, cálida. Vibrante.
—Toma —le dijo Riven, extendiéndole una brasa envuelta en un paño. Elia entendió. Dibujaría, no con tiza ni carbón, sino con savia y brasa.
Avanzó hacia el lado limpio de la corteza, respirando al ritmo del bosque. El primer trazo bajó como raíz. El segundo giró hacia la izquierda, como buscando el corazón del árbol. Cada línea que marcaba dejaba un leve rastro dorado, como si el fresno respondiera en tiempo real. La brasa zumbaba levemente al contacto. Por un instante, Elia sintió un escalofrío que no era frío, sino un recuerdo físico que la atravesaba. Algo antiguo susurró en su mente, sin palabras, pero con sentido.
Riven, al otro lado, empezó a trazar también. No se miraban, pero estaban sincronizados. Sus respiraciones coincidían. Las marcas que hacían parecían espejos doblados. Una danza de ecos. Una escritura viva. Al concluir, los trazos formaron algo más que una espiral: un símbolo nuevo. Uno que no existía antes.
Elia sintió una punzada en el pecho. No de dolor. De reconocimiento. Sabía que esto no era para que otros leyeran. Era para que el bosque recordara.
—El lenguaje no necesita lengua —susurró Lena, que había llegado sin hacer ruido. Se sentó a distancia, sin interferir.
La espiral completa tardó tiempo. Pero cuando terminaron, el fresno exhaló. Literalmente. Un soplo leve movió el cabello de Elia. Luego, la savia volvió a brotar, no como herida, sino como canto.
Una pequeña criatura apareció entre las raíces. Era un lirón de ojos grandes y pelaje con un patrón de espiral. Se detuvo frente al tronco, olfateó el aire y se quedó quieto. Luego, como si entendiera algo, se giró hacia Elia y Riven. Y se fue.
Nadie habló por un rato. No era necesario.
Elia cerró el cuaderno con manos manchadas de dorado. Sus ojos encontraron los de Riven. No había sonrisa, pero sí certeza.
—Él también escribirá ahora —dijo Lena. No explicó a quién se refería: al fresno, al lirón, al mundo.
Esa noche, el fuego en la cabaña no hacía sombra. Solo luz. Y Elia no escribió. No dibujó. Solo respiró. Porque algunos ecos no se graban. Se siembran. Y entre la savia y la raíz, el eco ya tenía nombre.
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