Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 34
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Capítulo 34: Capítulo 34: Las hilanderas del silencio
La mañana se alzó sin urgencia, como si el tiempo hubiera decidido observar antes de avanzar. La luz filtrada entre los árboles era tenue, como si temiera interrumpir algo sagrado. Elia despertó sin sobresalto, con el cuerpo en calma y la piel tibia. Su marca seguía visible en el pecho, no como una herida, sino como un remanso. Lentamente, se incorporó y buscó con la mirada a Riven, que ya estaba de pie, mirando hacia el este como si esperara una señal que solo él podía entender.
Lena no estaba en la cabaña. Había dejado, en su lugar en la mesa, un pequeño ovillo de hilo rojo. Ninguna nota, ningún objeto adicional. Solo eso. Elia lo tomó entre los dedos. Era cálido, como si acabara de ser tejido. Olía apenas a madera quemada y tierra mojada, como si hubiese sido tejido en medio de un incendio contenido. Un estremecimiento leve le recorrió la columna.
—¿Sabes qué significa? —preguntó Riven desde la puerta.
—Aún no —respondió Elia—. Pero creo que vamos a averiguarlo.
Caminaron hacia el norte, donde el bosque se espesaba y los senderos se hacían menos evidentes. El hilo rojo, atado ahora a la muñeca de Elia, parecía marcar el ritmo. No se tensaba, pero tampoco se enredaba. Como si conociera el camino. A cada paso, el aire se volvió más denso, más cargado de humedad y resina. Las hojas que pisaban tenían un crujido distinto: grave, profundo, como el eco de pasos antiguos.
Llegaron al claro sin nombre. No era como los demás. Estaba cubierto de telas suspendidas entre los árboles, hilos tensados como puentes invisibles entre copa y tronco. Y en el centro, tres figuras encapuchadas hilaban en silencio. No tejían ropa ni alfombras, sino secuencias de nudos, tramas que parecían tener ritmo propio. El cielo sobre el claro no era gris ni azul. Era un tono de silencio.
Elia sintió que debía arrodillarse, aunque nadie lo exigiera. Riven permaneció de pie, pero con la cabeza inclinada. Una de las figuras se giró. Bajo la capucha, su rostro no era claro, pero tampoco oculto. Tenía la textura de la corteza, los ojos de savia endurecida. Extendieron una mano, y Elia comprendió: debía entregar el hilo.
Lo hizo con cuidado, como si soltara algo que no volvería. La figura lo tomó y comenzó a entrelazarlo con otros hilos ya tendidos. Cada nudo que hacía emitía un leve sonido, parecido al roce de hojas secas. Con cada cruce, Elia sentía que algo dentro de ella se aflojaba. No en forma de pérdida, sino de soltura. Como si hubiera llevado historias que ya no le pertenecían. Con cada nudo, el aire a su alrededor se espesaba, como si el claro tejiera no solo con hilos, sino con recuerdos sueltos.
—Este lugar —susurró Riven— no es para aprender. Es para soltar.
Una segunda figura acercó un cuenco de madera y lo colocó frente a Elia. Dentro había pequeñas piedras grabadas con símbolos que no reconocía, pero que le resultaban familiares. Tomó una al azar. La piedra estaba tibia, y al tocarla, una imagen cruzó su mente: una mujer, joven, sentada junto a un lago, cantando mientras hilaba un hilo del mismo rojo que había traído. La mujer cantaba con los ojos cerrados, como si hilara no un hilo, sino una despedida.
Comprendió que no era una visión cualquiera. Era una memoria antigua, tal vez suya, tal vez prestada. El hilo rojo era parte de un tejido mayor, uno que se extendía más allá del tiempo lineal. Una red de voces, de gestos, de silencios compartidos.
Las hilanderas no hablaron. No hicieron ademán alguno. Solo siguieron hilando, una con el hilo rojo, otra con hilos de tonos tierra, y la tercera con un hilo traslúcido que brillaba apenas con la luz que entraba entre las hojas. Elia observaba en silencio. Riven también.
Después de un tiempo que no supieron medir, la figura central se levantó y le devolvió a Elia una pequeña espiral hecha con los tres tipos de hilo. El gesto era simple, pero contenía un peso que ella sintió en la boca del estómago. Al rozarla contra su palma, Elia sintió un pulso que no era suyo, pero que la reconocía. La tomó sin palabras, y las hilanderas volvieron a su tarea, como si nunca hubieran interrumpido nada.
Al salir del claro, el aire pareció renovado. Más ligero. Elia se llevó la espiral al pecho, justo sobre la marca, y sintió un eco. Un latido. Riven tomó su mano sin decir nada, y caminaron de regreso.
No había respuestas nuevas. Pero tampoco hacían falta.
Porque ahora sabían que el silencio también es una forma de lenguaje. Y que hay nudos que no atan, sino que recuerdan. Y que algunos hilos no atan: tejen raíces en la sombra.
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