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Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 35

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Capítulo 35: Capítulo 35: El eco de la madre

El regreso a la cabaña fue silencioso, pero no pesado. Elia sentía que sus pasos eran acompasados por un ritmo antiguo, como si el bosque ya conociera su andar. En su pecho, la espiral de hilos que le habían entregado las hilanderas seguía latiendo, apenas perceptible, como un murmullo que la tierra no dejaba de pronunciar. Algo en ella se había soltado, como si el silencio finalmente supiera hacia dónde ir.

Al entrar, Lena ya los esperaba. No en la cocina, ni sentada junto al fuego, sino de pie frente a la puerta, como si supiera que ese día no se recibía con palabras, sino con presencia. En sus manos, sostenía un cuenco lleno de agua donde flotaban hojas secas de salvia y un pétalo marchito de flor de luna. El cuenco tenía un borde irregular, desgastado por años de uso, y despedía un aroma denso: humo apagado, laurel seco y una nota metálica, como de piedra húmeda.

—Hoy escribirás desde otro lugar —dijo Lena, sin alzar la voz—. No desde ti, ni desde el recuerdo. Sino desde lo que ya no está, pero sigue.

Elia asintió sin comprender del todo, aunque su cuerpo parecía saber. Tomó el cuenco con ambas manos. Al contacto, sintió una leve vibración en las palmas, como si el agua recordara haber sido lágrima. Lo colocó en el centro de la mesa y, sin hablar, se sentó frente a su cuaderno. El carbón esperaba.

Cerró los ojos. El sonido del bosque se colaba por la ventana entreabierta: una rama quebrándose, una gota cayendo, un aleteo breve. En su mente, algo emergió: la imagen de su madre. No como la había visto antes, en sueños borrosos o recuerdos desgastados. Esta vez era clara. Vestía una tela sencilla, llevaba la misma espiral en el pecho, y la miraba sin juicio. Solo con espera. Sus dedos, en la visión, acariciaban el tallo de una planta invisible, como si cuidara algo incluso desde la ausencia.

La visión no habló. Pero Elia supo. Había llegado el momento de escribir su historia. No como quien recuerda con nostalgia, sino como quien honra con acción. Porque el eco de su madre no estaba en las palabras dichas, sino en los silencios heredados.

Abrió el cuaderno y, antes de escribir, tocó la espiral de hilos. Sintió un leve calor en la punta de los dedos. El carbón bajó hasta la página en blanco. La primera línea no era suya. Era una frase que había escuchado alguna vez, en boca de Lena, o quizá en el susurro del fresno:

“No somos ramas de un mismo árbol. Somos raíces que recuerdan juntas.”

Al escribirla, no supo si era su madre quien lo decía, o ella misma. Pero era verdad. En la raíz, todas recordaban juntas.

Elia escribió durante un largo rato. No hubo interrupciones. Riven había salido, Lena había vuelto a su rincón silencioso. En la cabaña, solo el eco del carbón y el canto lejano de un ave que repetía una melodía antigua. Su mano no tembló. Pero el pecho se le llenó de una ternura tan densa que por un momento creyó que llorar era también una forma de escribir.

Cada palabra que trazaba era como un puente entre su pecho y el papel. Y en ese puente, la imagen de su madre caminaba a su lado, sin prisa. A veces con sonrisa, otras con la frente triste. Pero siempre con los pies descalzos. Como si necesitara sentir la tierra incluso desde el recuerdo.

Cuando terminó, la página estaba llena. No de frases perfectas, ni de verdades reveladas, sino de una textura nueva: una escritura que nacía desde lo profundo, como si cada palabra fuera una semilla.

Salió al exterior con el cuaderno abierto. Riven la esperaba junto al fresno, como si también supiera que algo debía ser compartido. No habló. Solo se hizo a un lado, y dejó que Elia tocara el tronco con la palma.

—Hoy no vengo a preguntar —dijo Elia en voz baja—. Vengo a ofrecer.

Abrió el cuaderno y lo sostuvo frente al fresno. El viento pasó entre las hojas con un sonido nuevo: no era susurro, sino soplo. Como una voz que se dejaba oír.

Del interior de la corteza, una gota de savia comenzó a formarse. Cayó sobre la página escrita y dejó una marca leve, un brillo que no manchaba, sino que sellaba. Cuando la savia tocó la página, no solo brilló. Se deslizó lentamente en espiral, como si supiera dónde ir. Elia no lloró. Pero sintió que algo en su pecho se abría como una flor nocturna.

Riven tomó la espiral de hilos y la ató, con delicadeza, a una de las ramas bajas del fresno. Como si devolviera una ofrenda que nunca había sido suya.

—Tu madre estaría orgullosa —dijo, por fin.

Elia cerró el cuaderno. Lo apretó contra el pecho. Y por primera vez en mucho tiempo, sintió que no le debía respuestas al pasado. Solo cuidado.

El viento continuó. El fresno respiraba. Y en algún rincón de su cuerpo, Elia supo que el eco de su madre no había desaparecido. Solo se había vuelto raíz. Y en ella, todo seguía cantando.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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