Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 36
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Capítulo 36: Capítulo 36: Donde la savia guarda ecos
La mañana había nacido sin prisas, como si el tiempo hubiese decidido estirarse entre la bruma y el canto de los pájaros. Elia despertó con una sensación de ligereza extraña, como si su cuerpo hubiera soltado algo durante la noche. Como si parte de lo que antes dolía ahora flotara en la bruma. Se quedó acostada por unos minutos, observando el techo de madera, sintiendo el eco de su respiración acompasada con la del bosque.
Al incorporarse, notó que la espiral que había dibujado sobre su pecho con tierra y brasa ahora estaba apenas visible, pero aún latente. Era una marca que no necesitaba verse para sentirse.
En la mesa, Lena había dejado una pequeña bandeja con frutas silvestres, pan tibio y una taza de infusión humeante. La mezcla olía a corteza dulce y raíz amarga. Elia la bebió en silencio, sabiendo que ese día no estaría hecho de palabras comunes, sino de gestos y resonancias. El sabor era inesperado: primero dulce como savia fresca, luego amargo como raíz de recuerdo. Al tragarlo, un calor tenue le subió por el pecho.
Riven apareció en el umbral de la puerta. Tenía los ojos tranquilos, pero cargados de un brillo nuevo. En sus manos traía un pequeño objeto envuelto en una tela de lino. Se lo extendió a Elia sin decir nada. Ella lo abrió con cuidado y encontró una piedra ovalada, tallada en el centro con un símbolo en espiral. Era antigua, se notaba por las vetas del mineral, por la forma en que se adaptaba a la palma, como si hubiera sido sostenida por muchas otras manos. La superficie era rugosa en los bordes, pero lisa en el centro. El símbolo espiral parecía no tallado, sino revelado. Como si siempre hubiera estado allí, esperando que alguien lo desenterrara.
—La encontré cerca del fresno, entre las raíces —dijo Riven—. Creo que estaba esperándote.
Elia la sostuvo unos segundos en silencio. No sintió calor ni frío, pero sí una vibración sutil, como el eco de un canto muy lejano.
Ese día, Lena los guió a un lugar que Elia no había visitado antes. Un claro cerrado por árboles altos y un manto de hojas que amortiguaba los pasos. El aire era más denso, pero no opresivo. No había insectos ni canto de aves. Solo el sonido grave de la humedad condensándose entre los troncos. El aire olía a madera hundida, a tierra dormida. Al centro del claro, una roca oscura sobresalía de la tierra, cubierta de musgo. Lena se detuvo junto a ella y colocó una hoja seca sobre la piedra.
—Este es el lugar de las semillas olvidadas —dijo, con voz baja—. Aquí, lo que se planta no busca crecer, sino recordar.
Elia sintió un estremecimiento en la espalda. Se acercó a la piedra y, siguiendo un impulso, colocó la piedra espiral en el centro. Durante unos segundos, nadie se movió. El viento giraba lento, como si respetara la quietud.
Lena comenzó a entonar un canto bajo, sin palabras. Era un murmullo de fondo que parecía resonar desde el suelo. El murmullo de Lena parecía salir del suelo más que de su garganta. Cada nota hacía que las hojas temblaran levemente, como si recordaran algo lejano. Riven se sentó junto a Elia y le tomó la mano. Ella, sin dejar de mirar la piedra, sintió cómo su marca palpitaba al ritmo del canto.
Una gota de savia cayó desde una rama alta y aterrizó justo en el centro de la piedra. El impacto fue mínimo, pero produjo un sonido claro, como un campanilleo. Entonces, Elia cerró los ojos y dejó que las imágenes llegaran.
Vio a su madre joven, escribiendo en un cuaderno parecido al suyo. Vio a otra mujer, de cabello gris, trenzando hilos rojos en una habitación circular. Vio niñas corriendo bajo la lluvia, dibujando espirales en el barro. Todas tenían la misma mirada: firmeza tranquila. Todas eran parte del mismo eco. Una de ellas, la de cabello gris, levantó la mirada y por un instante pareció ver a Elia. No como una aparición, sino como una continuación.
Abrió los ojos y encontró la piedra cubierta de pequeñas raíces, como si la tierra la hubiera reclamado. Elia tomó su cuaderno, arrancó una página en blanco y escribió sobre ella:
“Hoy no dejo testimonio. Dejo escucha.”
La frase surgió sin esfuerzo. Como si la página la hubiera estado esperando. Al escribirla, sintió un cosquilleo leve en la base del cuello, como un soplo. Colocó la hoja bajo la piedra. El viento se detuvo por un instante. Luego, una hoja seca cayó en espiral lenta hasta aterrizar justo sobre el texto. Lena sonrió. Riven cerró los ojos.
Regresaron a la cabaña al atardecer. Elia no habló durante el trayecto. Pero en su pecho, la marca había vuelto a latir con más fuerza. Ya no era una herida. Era una puerta.
Esa noche, escribió sin lámpara. Dejó que la luz de la luna entrara por la ventana y se posara sobre el cuaderno. Cada línea respondía al ritmo de su pecho. La luz de la luna no iluminaba: acompañaba. Como si la página respirara con ella.
Al final de la página, sin pensarlo, escribió:
“Donde la savia guarda ecos, también nacen las palabras.”
Y al cerrar el cuaderno, supo que el bosque también había escuchado.
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