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Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 37

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Capítulo 37: Capítulo 37: Las cosas que saben volver

El bosque entero parecía en pausa, como si contuviera el aliento. No cantaban los pájaros. No se movían las hojas. Incluso el rocío sobre la hierba parecía suspendido, como un pensamiento que aún no decide caer. Era el momento justo antes del alba, cuando la oscuridad ya no manda, pero la luz aún no reclama su sitio. Elia cruzó el umbral de la cabaña con la respiración contenida, como si supiera que cualquier palabra dicha muy alto rompería un equilibrio sagrado.

En su muñeca, el hilo rojo trenzado por Lena latía con cada paso. Había dormido poco, pero no se sentía cansada. Una quietud distinta la acompañaba, una sensación de haber llegado a un borde, no para detenerse, sino para mirar desde allí. Riven caminaba unos pasos detrás, con su silencio atento y una mirada que no necesitaba palabras.

El sendero que Lena les había mostrado no era nuevo, pero tampoco era conocido. Cada paso sobre esa tierra despertaba algo en la planta de sus pies. No era dolor ni placer, sino reconocimiento. Como si el suelo llevara grabadas huellas antiguas que su cuerpo volvía a pisar por primera vez. A cada metro, el aroma de la tierra cambiaba: primero a resina fresca, luego a raíz húmeda, y más adelante a piedra tibia, como si el trayecto estuviera hecho de memorias olfativas.

El claro al que llegaron no se parecía a los otros. Tenía una quietud distinta. No era solo ausencia de sonido. Era una forma de escucha. Las piedras cubiertas de musgo parecían tener siglos. La piedra blanca del centro no reflejaba el amanecer: lo convocaba. Al cruzar el límite de los árboles, Elia sintió una vibración en la base de la espalda, como si algo en el aire hubiera cambiado de densidad. Era un espacio liminal, suspendido entre memoria y futuro. La brisa, que antes parecía dormida, aquí murmuraba en otro idioma.

Y entonces la vio. La figura de su madre no estaba hecha de niebla ni de sombra. Estaba allí, sentada junto a la piedra, con el cabello suelto y los ojos abiertos. No sonrió, pero sus ojos brillaban con una ternura imposible de nombrar. Extendió las manos como solía hacerlo cuando Elia se hería de niña: sin prisa, sin juicio. Sus dedos rozaban el tallo invisible de alguna planta imaginaria, como si aún cuidara algo desde la ausencia.

En sus palmas ofrecía un objeto pequeño envuelto en tela. Al tomarlo, Elia reconoció la textura del lino, el peso familiar, la energía latente. Al abrirlo, encontró una pequeña espiral tejida con hilos de colores: rojo, gris, oro pálido. Al tocarla, sintió una punzada leve en la palma, como si el objeto reconociera su tacto. El hilo olía apenas a madera quemada y a tierra mojada, como si hubiese sido tejido en medio de un incendio contenido.

—Esto también sabe volver —dijo la madre, y su voz fue un eco suave, como una hoja que cae.

Elia no respondió. Solo asintió. Luego, sin saber por qué, se arrodilló junto a la piedra blanca y apoyó la espiral sobre ella. Permaneció en silencio. La madre no desapareció, pero se desdibujó lentamente, como una canción que se aleja. Elia se quedó unos minutos más. El suelo no estaba frío. Palpitaba.

Antes de irse, Elia abrió su cuaderno. No escribió palabras. Solo trazó una espiral en la página en blanco y luego colocó una pequeña piedra sobre ella. Como quien planta un recuerdo. En el aire quedó un zumbido apenas perceptible, como una cuerda que sigue vibrando mucho después del último toque.

Regresaron a la cabaña cuando el sol ya filtraba luz tibia entre los árboles. Lena los esperaba con una bebida humeante. El sabor era inesperado: primero dulce como savia fresca, luego amargo como raíz de recuerdo. Al tragarlo, un calor tenue le subió por el pecho. Riven rozó su mano y por un segundo, ambas marcas en sus muñecas brillaron levemente.

Riven sacó un objeto envuelto con cuidado: era un mapa antiguo, cosido sobre tela. Lo extendió sobre la mesa. No mostraba caminos ni ríos, sino espirales, nodos, símbolos.

—Este mapa fue tejido durante tres generaciones —dijo Lena, pasando los dedos sobre una espiral tenue—. Hay regiones que aún no responden al canto. Esperan la voz adecuada.

Elia trazó una línea sobre uno de los márgenes del mapa. No supo por qué lo hizo, pero la tela pareció aceptarlo. Como si el gesto hubiera sido esperado. Las fibras se tensaron, como si el mapa respirara.

Antes de salir, Lena le entregó un nuevo hilo trenzado, hecho con fibras más claras. Elia lo ató a su muñeca junto al anterior. Al contacto con su piel, el hilo pareció mutar levemente de color. Con cada movimiento, respiraba. Elia sintió una leve punzada de calor, como si la hebra reconociera su piel.

Esa noche, mientras las estrellas parpadeaban sobre el tejado, escribió:

“Hoy no fue el pasado quien habló. Fue la raíz que nunca dejó de crecer.”

Y en el silencio que siguió, supo que algunas cosas no se van para regresar. Se quedan esperando. Hasta que uno sabe cómo mirar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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