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Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 39

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Capítulo 39: Capítulo 39: Hilos que saben cantar

La niebla de la mañana se alzaba lenta, como si dudara en soltar el sueño que había envuelto la noche. Elia despertó con una sensación leve en la espalda, como si la tierra misma la hubiera sostenido mientras dormía. Se incorporó sin prisa, dejando que el cuerpo recordara por sí mismo los gestos del despertar. La ventana filtraba un haz de luz oblicua que tocaba su cuaderno cerrado, reposando sobre la mesa como un corazón paciente.

Afuera, el bosque tenía un tono nuevo. No era diferente por el color, sino por el silencio: un silencio que no era ausencia de sonido, sino expectativa. Como si los árboles contuvieran el aliento. Elia sintió que el día no empezaba, sino que la estaba esperando. Al salir, encontró a Lena frente a la cabaña, observando una línea de hormigas que transportaban fragmentos de hoja.

—Hoy vas sola —dijo Lena, sin apartar la vista del suelo—. Pero no irás sin eco.

Le entregó una esfera pequeña hecha de hilos entrelazados. En el centro, una piedra pulida palpitaba con un brillo apagado. Elia la tomó con ambas manos, sintiendo un calor suave que le subía por los antebrazos. No preguntó nada. Sabía que el canto venía antes de las palabras.

Antes de partir, lavó sus manos con agua de luna recogida en una vasija de piedra. Luego, pasó los dedos por cada hilo de la muñeca, como si los afinara antes de tocar una cuerda invisible. Cerró los ojos un instante y respiró profundo, dejando que el cuerpo recordara su lugar en el canto.

Salió en dirección al claro del norte, siguiendo un sendero que no había tomado antes. A medida que avanzaba, los sonidos del bosque cambiaban: cantos de aves que nunca había oído, crujidos leves en la maleza, y el murmullo sutil de algo que no era viento. A cada paso, sentía que sus pies le devolvían un eco, como si el suelo reconociera su andar.

Llegó al claro justo cuando el sol atravesaba las ramas en un ángulo preciso, iluminando un círculo de piedra con musgo. En el centro, una losa plana esperaba. La losa del centro tenía una hendidura casi imperceptible, como si generaciones de manos la hubieran tocado en el mismo punto. Al colocar la esfera, un leve resplandor se activó alrededor del borde, marcando un anillo que parecía no haber estado allí antes. El lugar respondía al gesto, no al tiempo.

Elia se arrodilló, colocó la esfera sobre la piedra y apoyó sus manos sobre ella. Cerró los ojos.

El silencio se llenó de un zumbido grave. La piedra palpitaba bajo sus dedos. De pronto, el canto comenzó. No salía de su boca, sino de su pecho. Era un tono bajo, extendido, como si recordara un nombre antiguo. Las notas se sucedían con naturalidad, como si la melodía ya estuviera escrita en el aire y ella solo tuviera que tocarla.

El primer sonido que brotó no era nota ni palabra. Era un aire tembloroso que vibraba contra su esternón, como si las costillas se abrieran para dejar pasar un río antiguo. Elia no controlaba la melodía. Solo le prestaba cuerpo. Y mientras cantaba, sentía que su espina dorsal se convertía en cuerda tensada.

Alrededor, las hojas vibraban levemente. Un grupo de insectos trazaba espirales lentas sobre el círculo. Elia no sabía si estaba cantando o siendo cantada. La piedra bajo sus manos comenzó a emitir una luz tenue que no deslumbraba, pero revelaba: formas grabadas en la losa, antiguas y borrosas, que ahora parecían activarse con el sonido.

Una imagen fugaz cruzó su mente: una mujer joven, de piel morena y ojos verdes, cantando en ese mismo lugar, siglos antes. Luego otra, y otra. Voces entrelazadas a través del tiempo, que no se sobreponían, sino que se acompañaban. Elia sintió que cada una le dejaba una nota en la garganta.

Cuando el canto cesó, la esfera en sus manos vibró por última vez y se abrió ligeramente. Dentro, un hilo rojo muy fino se desplegó solo, como un camino trazado desde dentro. Elia lo tomó y lo ató alrededor de su cuello, dejándolo descansar sobre el pecho. Sintió que no era ornamento, sino testimonio.

Antes de levantarse, colocó las palmas sobre la losa una vez más. El zumbido había cesado, pero un calor se mantenía, como brasas bajo la piel. Murmuró una única palabra:

—Gracias.

El camino de regreso fue más corto. No porque los pasos fueran más rápidos, sino porque el tiempo parecía acompasado a su respiración. Al llegar a la cabaña, Lena y Riven ya estaban junto al fuego. Ella se sentó en silencio. Riven le ofreció una taza humeante. Lena solo dijo:

—Te escuchamos.

Elia no preguntó cómo. Sabía que en ese bosque, los cantos viajaban incluso cuando el viento dormía. Abrió su cuaderno y escribió:

“Algunas cosas no necesitan ser llamadas para saber volver. Algunas voces no buscan eco. Se convierten en suelo.”

Y mientras las brasas crepitaban, el hilo en su pecho cantaba, muy bajo, pero suficiente para que ella supiera que no estaba sola.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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