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Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 40

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Capítulo 40: Capítulo 40: Donde todo comenzó de nuevo

Elia despertó antes del primer canto de los pájaros. El silencio era tan espeso que casi podía partirse con los dedos. La cabaña aún estaba sumida en penumbra, y el aire tenía ese aroma entre rocío y madera dormida que solo ocurre en las madrugadas donde el mundo parece esperar algo. Se sentó con lentitud. No por cansancio, sino por reverencia. Sabía que el día no era cualquier día: algo terminaría y comenzaría a la vez.

Mientras caminaban hacia el claro, Elia recordó las voces que ya no escuchaba con los oídos, sino con la piel. Una hoja rozó su mejilla: leve, fresca, como si el bosque la tocara para saludarla. No eran fantasmas. Eran presencias que habían tejido el camino antes que ella. Cada paso que daba era también un eco que regresaba a sus orígenes. Lena iba delante, llevando una pequeña caja de madera cerrada con un cordón rojo; Riven, en silencio, caminaba a su lado, los hombros relajados pero atentos, como si también escuchara lo que no se oía.

El claro parecía suspendido fuera del tiempo. No había pájaros, pero sí un murmullo que no provenía de ningún lugar visible. El cielo tenía un tono incierto, entre azul perla y humo. Elia sintió que, si caminaba en círculo, podría volver a verse a sí misma entrando. Y no le habría sorprendido. Porque allí, todo era eco y origen a la vez.

Lena abrió la caja con un gesto ceremonial. Dentro, tres objetos descansaban: una semilla de retama envuelta en musgo, una pluma blanca como hueso seco, y una piedra negra con una espiral apenas tallada. Lena no habló, pero con la mirada pidió a Elia que los tomara. Uno por uno, Elia sintió cómo el cuerpo le respondía al contacto.

La semilla pesaba más de lo que parecía. No en gramos, sino en historia. Al sostenerla, sintió una vibración sutil, como si contuviera un bosque entero en forma de promesa.

La pluma, blanca y ligera, no era un instrumento. Era una voz. Una que escribiría no solo con tinta, sino con aire.

Y la piedra… la piedra era un corazón mineral, tallado por manos que quizás nunca conocería, pero que ahora hablaban a través de su palma.

Se arrodilló en el centro del claro. Por un momento, todo pareció detenerse: el aire, la espera, incluso el temblor leve en sus manos. Luego vino el primer gesto: abrir la tierra con los dedos. Riven se arrodilló también, y Lena se colocó detrás de ambos. Elia cavó con sus propias manos un pequeño hueco en la tierra, donde depositó la semilla. Cuando la cubrió, Riven tomó un puñado de tierra y lo dejó caer sobre la suya. Luego, sin avisar, colocó su frente contra la de ella, brevemente. No como despedida. Como raíz compartida.

Lena comenzó a cantar. El canto no entraba por los oídos. Se filtraba por los poros, por la boca del estómago, por la memoria celular. Elia no sabía si lloraba o sudaba. Solo sabía que estaba viendo. No con los ojos, sino con el cuerpo. Estaba dentro del canto, y el canto dentro de ella.

Vio a una niña escondida bajo una mesa, dibujando espirales en el polvo. Vio a una anciana cruzar un campo con una caja igual a la que Lena le había entregado. Vio sus propios dedos de niña, tocando sin saber lo que ya era suyo. Todo era uno. No había principio ni final.

Cuando el canto cesó, Elia permaneció unos instantes en silencio, respirando lento. Tomó la pluma y abrió su cuaderno. No escribió palabras. Solo trazó una espiral que se abría y cerraba, como un brote en movimiento. Luego envolvió el cuaderno, y al hacerlo, notó algo en la contratapa que no recordaba haber escrito. Una línea, apenas visible:

“Lo que recuerda la tierra, florece cuando alguien escucha.”

No supo si había estado ahí siempre o si acababa de escribirse sola. Pero no importaba. El mensaje era claro.

Antes de marcharse, Elia se acercó a la piedra que delimitaba el círculo. Colocó la palma sobre ella. Sintió un leve calor, como si la piedra la reconociera. No pidió nada. Solo dejó allí parte de sí.

Esa noche, cuando el fuego en la cabaña crujía como un animal pequeño durmiendo, Elia abrió su cuaderno una vez más. Escribió:

“Hoy no cierro. Hoy abro. Porque el comienzo no siempre está donde empieza el camino, sino donde alguien decide quedarse. Y quedarse, a veces, es la forma más valiente de caminar.”

Cerró el cuaderno. Y al hacerlo, sintió que algo dentro también se abría. Como una raíz. Como una promesa sin forma, pero con dirección.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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