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Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 41

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Capítulo 41: Capítulo 41: La espiral que no se cierra

Antes de retirar la tela que cubría el Cuaderno Mayor, Elia cerró los ojos y apoyó ambas manos sobre la corteza. Respiró profundo. Sintió cómo su pecho se alineaba con el pulso de la tierra. Su espalda se erguía no por orgullo, sino por reconocimiento. Sabía que no se trataba de leer. Se trataba de ofrecer presencia. Sus pies, firmes sobre la tierra húmeda, sentían una vibración tenue, como un eco antiguo que subía por sus piernas.

La cubierta del Cuaderno tenía vetas nuevas, como si el tiempo hubiera bordado sobre ella. Al tocarla, sintió una calidez inesperada, como si el cuero respirara. Cuando lo abrió, la primera página no contenía palabras, sino una espiral de líneas que parecía girar lentamente ante sus ojos. Era como si el cuaderno mismo respirara, marcando un ritmo que no era humano, pero tampoco ajeno.

Al mirar las espirales, escuchó un murmullo bajo, como si las mujeres que habían escrito antes que ella aún respiraran entre las páginas. No eran fantasmas. Eran alientos guardados. Cada página se abría como una garganta que cantaba sin sonido. Algunas hojas llevaban palabras, otras trazos. Algunas tenían manchas que podrían ser savia, lágrimas o tinta antigua. Todo hablaba. Todo estaba vivo. La fragancia de las páginas era leve, mezcla de madera vieja, humo suave y algo más profundo, mineral, como el olor de la piedra mojada después de la lluvia.

Se detuvo en una página donde alguien había escrito: “Escribimos porque el cuerpo no olvida.” Esa frase le quedó en la piel. No como idea, sino como presencia. Era como si su columna vertebral respondiera al eco de esas palabras. Y supo que era su turno. Que no era la última en esa cadena, pero sí la que debía continuarla ahora.

Tomó la pluma blanca que había recibido días antes, mojada en una mezcla de savia y carbón. El líquido tenía una densidad viva, espesa, casi vibrante. No temblaba su mano. No porque supiera qué hacer, sino porque algo más guiaba el trazo. Era como seguir un hilo invisible entre pecho y página. A mitad del dibujo, su muñeca giró sola, como si el símbolo hubiera estado esperando el momento exacto para nacer. No era suyo. Pero era de ella. El símbolo no era simétrico, pero tenía un ritmo propio, como el canto de un ave que improvisa desde la raíz.

Trazó una espiral abierta. No perfecta. No cerrada. Pero viva. Luego escribió una sola frase junto a ella: “Lo que no se cierra, se transforma.” Las palabras parecían flotar levemente antes de asentarse en la página. La tinta brilló un instante bajo la luz filtrada entre las ramas, como si absorbiera la bendición de los árboles.

El viento sopló brevemente entre los árboles. No fuerte, pero sí presente. Como si el bosque aprobara el gesto. Elia observó cómo la tinta se secaba, dejando un leve brillo sobre la página. Le pareció escuchar una nota, casi musical, vibrar en su oído izquierdo, y no supo si era real o parte del cuaderno mismo.

Al cubrir el cuaderno, Elia sintió que no lo sellaba, sino que lo abrigaba. No había punto final, solo una pausa redonda, como esas respiraciones antes del canto. Colocó la tela con cuidado y se quedó un momento más junto al fresno, la espalda apoyada en su tronco tibio. Escuchó. No con los oídos. Con la piel. Y con la memoria.

Antes de regresar, Riven se inclinó y recogió un poco de la tierra aún húmeda donde Elia había escrito. La frotó entre los dedos, luego tocó con ellos la base de su cuello, justo donde el hilo rojo reposaba. No dijo nada. Pero Elia lo entendió: yo también guardaré esto. Ella le respondió con una leve inclinación de cabeza, y por un segundo, sus marcas pulsaron al mismo ritmo.

Cuando dejaron el claro, el cielo estaba cambiando de color. Los primeros tonos de la tarde teñían las hojas, que parecían más verdes que nunca. El mundo no había cambiado, pero algo en ellos sí. Y eso bastaba. Al mirar hacia atrás, Elia creyó ver una figura sentada junto al fresno, escribiendo. Pero al parpadear, ya no estaba.

Esa noche, soñó con una espiral trazada en el cielo, hecha de estrellas en movimiento. Cada vuelta contenía un nombre, un gesto, un canto. Y en el centro, no había vacío. Había una semilla. Y en su sueño, Elia la sostenía en la palma de su mano, sin miedo. Sabía que no era el fin.

Solo el siguiente compás.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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