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Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 42

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Capítulo 42: Capítulo 42: Donde todo tiene una raíz

Antes de abrir los ojos, Elia recordó un instante de su sueño: una raíz luminosa descendía en espiral, atravesando capas de tierra hasta tocar una piedra que cantaba. No supo si lo había soñado, o si era la memoria de otra. Pero la sensación persistía en su cuerpo como un eco subterráneo.

Despertó antes del alba, envuelta en un silencio espeso que parecía proteger ese sueño. Durante un momento, no supo si ya había despertado o si seguía en el umbral de otra visión. Su respiración era lenta, acompasada con el crujido leve de la madera bajo ella. Desde el rincón donde Lena había dejado hojas secas y ramas aromáticas, un leve aroma a mirto y tierra húmeda llenaba el aire, como si el día estuviera siendo sembrado desde dentro.

Se incorporó, sintiendo el peso dulce del sueño en sus hombros, y al hacerlo, notó que el hilo rojo en su muñeca había cambiado otra vez. Una veta dorada lo cruzaba ahora, como si el canto que había soñado la noche anterior hubiera dejado su trazo en la fibra misma. Lo observó por un instante, con una mezcla de gratitud y asombro, antes de levantarse.

En la cocina, Riven hervía agua en silencio. Le ofreció una taza de infusión cálida, preparada con raíz de ortiga, salvia y pétalos secos. El primer sorbo le supo a bosque en invierno. Sentía cómo bajaba por su garganta y se asentaba en el centro del pecho, como si la bebida buscara un sitio antiguo para florecer. No era para despertar. Era para arraigar. Riven colocó una mano breve sobre su espalda baja, firme, como un ancla. Ese tacto bastó para decir: estamos aquí, todavía.

Al salir, el bosque tenía un brillo peculiar. No por el sol, que aún no había asomado, sino por el modo en que el rocío reflejaba la penumbra. Caminaban hacia un claro que Lena había mencionado en voz baja días atrás, uno al que no se llegaba siguiendo un sendero, sino una intuición. Elia sabía, sin saber por qué, que ese lugar era importante. Que allí, algo la estaba esperando.

La niebla se aferraba a los musgos como si se negara a ceder ante la luz. Cada paso dejaba huellas que se deshacían al instante, como si el bosque quisiera conservar su secreto. Finalmente, el claro se abrió ante ellos. No era amplio ni espectacular. Era contenido, casi doméstico. Una única piedra, cubierta de líquenes antiguos, reposaba en el centro, rodeada por raíces que emergían del suelo como dedos que alguna vez quisieron sostener algo.

Lena llegó después, sin anunciarse, pero sin sorprenderlos. Llevaba en sus manos una caja de corteza trenzada, que colocó sobre la piedra sin decir palabra. Luego, retrocedió unos pasos y se quedó allí, como testigo.

Elia se acercó. Abrió la caja con delicadeza, como si desenterrara un recuerdo. Dentro había tres objetos: una semilla de fresno, una pluma parda con la punta azulada y una piedra pequeña, negra, pulida hasta parecer un espejo.

La semilla era oscura y tersa, pero su centro vibraba como un tambor dormido. La pluma olía a aire alto, a vuelo sobre abismos. La piedra, al tocarla, reflejaba no su rostro, sino un contorno más antiguo. No necesitó preguntar. Lo comprendió al instante: eran los fragmentos que nombraban su viaje.

Sostuvo la semilla en su mano y, por un momento, pensó que latía. No sabía si era su pulso o el de la semilla. Pero sintió un ritmo. Se arrodilló junto a la piedra mayor, apartó algo de tierra con los dedos y plantó la semilla. Cubrió el hueco lentamente, dejando que cada movimiento fuera un gesto de memoria. Luego, colocó la piedra pulida junto a la base y la pluma sobre la superficie.

Cuando se incorporó, Lena comenzó a entonar un canto muy bajo. No era idioma. Era vibración. Era tierra y saliva, antigua como el silencio que cubría el claro. Mientras Lena cantaba, Elia sintió su pecho abrirse por dentro, como si una costilla invisible se moviera para dar espacio a algo más grande que ella. Sus manos cosquilleaban, y bajo sus pies, la tierra parecía templada.

Riven se acercó en silencio. Abrió el cuaderno que había traído Elia y lo colocó sobre la piedra, junto a la pluma. Sin necesidad de palabras, Elia tomó la pluma, la mojó en una mezcla de tinta y savia, y escribió:

“Todo tiene una raíz. Incluso el olvido.”

El canto cesó, pero el eco persistía. El viento sopló levemente, levantando una hoja solitaria que giró sobre la piedra antes de posarse en la tierra recién removida.

Antes de irse, Riven tocó con dos dedos la tierra donde habían sembrado la semilla. Luego los llevó a su frente, como si sellara una promesa muda. Elia no dijo nada. Pero lo sintió como un juramento sin palabras.

Esa tarde, al regresar a la cabaña, Elia se sentó junto al fuego. El hilo en su muñeca brillaba con una luz apenas perceptible. Lo tocó, y por un instante, volvió a sentir aquel latido que no era suyo y sin embargo, le pertenecía.

Esa noche, antes de dormir, Elia soñó con una raíz que atravesaba la oscuridad y emergía no en la tierra, sino en una estrella. Y en su centro, una espiral. Palpitante. Abierta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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