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Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 43

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Capítulo 43: Capítulo 43: El murmullo bajo la corteza

Elia despertó con el primer resplandor del amanecer filtrándose entre las rendijas de la cabaña. La noche había sido serena, sin sueños vívidos ni visiones, pero al abrir los ojos, sintió que algo había cambiado. No era el mundo exterior. Era dentro de ella. Un eco suave, una certeza sin forma que vibraba muy por debajo de los pensamientos. Se incorporó despacio, como si cada movimiento formara parte de un ritual que aún no comprendía del todo.

Antes de abrir los ojos por completo, una imagen fugaz del sueño la alcanzó: una raíz luminosa descendía en espiral, atravesando capas de tierra hasta tocar una piedra que cantaba. No supo si lo había soñado, o si era la memoria de otra. Pero la sensación que dejó era clara: una promesa que aún no se había pronunciado.

Al acercarse a la ventana, vio que la bruma matinal aún no se había disipado del todo. El bosque parecía envuelto en un susurro. No el silencio habitual del alba, sino un tipo de quietud que parecía contener un lenguaje. Tomó una manta ligera, cubrió sus hombros y salió.

Lena ya estaba en el exterior, junto a un pequeño fogón, soplando sobre una infusión que desprendía un aroma a raíz dulce y ceniza. Riven, sentado cerca, tallaba algo en una pieza de madera. Ninguno habló. Elia se sentó con ellos, como si las palabras fueran innecesarias en esa comunión silenciosa. Lena le ofreció una taza, y al tomarla, el calor le recorrió las palmas como una caricia antigua. El líquido tenía un sabor terroso, con un fondo de hoja fresca y algo más, algo que le resultó familiar sin poder nombrarlo. Era como beber memoria disuelta en savia.

Después del desayuno, Riven se levantó y, sin decir una palabra, extendió la mano hacia ella. Elia la tomó. Caminaron juntos hacia el bosque, no por el sendero habitual, sino por uno más estrecho, cubierto parcialmente por raíces que emergían del suelo como arterias vivas. El paso era lento, no por dificultad, sino por respeto. El entorno no era un escenario. Era un cuerpo.

A medida que avanzaban, el canto de los pájaros se detenía. No por miedo, sino por atención. Como si la naturaleza misma reconociera la gravedad del momento. El aire era denso, templado. Elia sintió que cada paso despertaba algo bajo la tierra. Que no estaban llegando, sino siendo recibidos.

Tras varios minutos de caminata, llegaron a un claro donde un fresno crecía solo. No era un árbol común. Su corteza estaba cubierta de pequeñas marcas circulares, como si generaciones hubieran dejado allí sus huellas sin tocarlo directamente. Bajo el árbol, una losa de piedra cubierta de musgo los esperaba.

Elia sintió un cosquilleo en la planta de los pies, un reconocimiento. Como si el lugar la hubiese estado esperando. Riven la soltó, retrocedió unos pasos y se quedó de pie, con los brazos cruzados detrás de la espalda. Ella entendió que ese momento era suyo.

Se acercó al fresno y colocó ambas manos sobre la corteza. El frío inicial dio paso a un calor profundo, interior. Cerró los ojos. En su mente no hubo imágenes, pero sí una vibración leve, como un zumbido grave que surgía desde las raíces del árbol hasta su pecho. No era voz. Era murmullo. Un lenguaje sin palabras. Su cuerpo respondió con una respiración profunda, casi instintiva, como si su caja torácica se ensanchara para hacer espacio a algo más.

Sin pensarlo, Elia comenzó a cantar. Una nota simple, sostenida, apenas audible. No una melodía, sino un tono que parecía responder al murmullo interior. El fresno no cambió. Pero el aire alrededor pareció ondular, como si la temperatura hubiese cambiado apenas. De su bolsillo sacó el cuaderno y una pequeña piedra espiral que había guardado días antes. La colocó sobre la losa y escribió con una ramita mojada en savia:

“Aquí escuché sin entender. Y aún así, supe.”

Cuando terminó, el cuaderno pareció absorber la tinta sin mancharse. Las letras no se expandieron, sino que se fijaron con una claridad inusitada. Riven se acercó entonces y colocó una pequeña piedra junto a la de Elia. Luego la miró, y sin necesidad de palabras, ambos comprendieron que esa ofrenda no era un cierre. Era una apertura.

Antes de marcharse, Elia volvió al fresno. Con la yema del dedo, siguió una de las marcas de la corteza. Era rugosa, irregular. Pero a mitad del trazo, sintió una textura distinta: lisa, casi húmeda. Como si el árbol le ofreciera una grieta para guardar algo. Ella dejó allí un fragmento de hilo rojo, enrollado con cuidado. No como despedida. Como semilla.

De regreso a la cabaña, la luz ya era plena. Elia volvió a sentarse en el umbral de la puerta, con el cuaderno sobre las piernas. Las palabras fluían ahora con una facilidad que no conocía. Escribió sobre el fresno, sobre el murmullo, sobre el canto sin forma. Pero también sobre el silencio compartido, sobre el calor de las manos, sobre la infusión que aún ardía en su memoria.

Cerró el cuaderno con suavidad y, por un instante, apoyó la frente sobre la tapa. No había lágrimas. Solo un pulso. Firme. Como una raíz que no necesita ser vista para sostener todo un árbol.

Esa noche, antes de dormir, escribió en una hoja suelta:

“Algunas palabras no nacen para ser dichas. Nacen para ser plantadas. Y cuando florecen, lo hacen en quien escucha.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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