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Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 45

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Capítulo 45: Capítulo 45: Donde el eco despierta al mundo

La mañana no trajo ruido, sino una textura distinta en el silencio. Como si el mundo hubiese sido cubierto por una capa de eco tenue, donde cada cosa aún recordaba su forma de vibrar. Elia se levantó con la sensación de haber dormido dentro de una palabra sin pronunciar. El fuego en el hogar se había apagado por completo, pero el calor permanecía. Lena ya no estaba dentro, pero su presencia quedaba flotando en la madera tibia, en el aroma persistente a salvia.

Elia caminó descalza hasta la puerta. El suelo estaba fresco, no por el frío, sino por la humedad que deja lo que ha florecido durante la noche. Frente a la cabaña, sobre una mesa de piedra, encontró un objeto envuelto en tela oscura. Antes de tomarlo, posó ambas manos sobre la tela, cerró los ojos y susurró algo inaudible. No era una oración. Era una forma de pedir permiso. Al abrirlo, descubrió un cuenco de barro con un puñado de tierra oscura, un hilo trenzado en espiral y una pequeña piedra clara. No había nota, pero tampoco era necesaria. El gesto lo decía todo: el ritual continuaba, ahora desde su andar.

Antes de partir, Elia se colocó el hilo alrededor de la muñeca izquierda. La trenza tenía tres colores: ocre, gris y verde oscuro. Al contacto con su piel, el hilo pareció ajustarse solo. Luego, con ambas manos, frotó un poco de la tierra en sus palmas y respiró hondo. El aroma era denso, a raíz húmeda y mineral dormido. Por último, metió la piedra en el bolsillo interior de su capa y salió.

El bosque no la esperaba. Caminaba con ella.

A cada paso, una hoja caía. Un crujido respondía. Un insecto cruzaba en diagonal como un trazo en el aire. Elia no avanzaba: era llevada. Y eso le parecía justo. Cada paso parecía activar sonidos lejanos: un canto breve entre las ramas, el zumbido suave de insectos que despertaban con el sol, el crujido mínimo de una rama que se rendía al peso del rocío. Elia avanzaba siguiendo un sendero que no conocía, pero que su cuerpo sí. No necesitaba mapa. El eco que llevaba dentro respondía a algo en la tierra. Era como si caminara a través de una partitura invisible.

El sendero la llevó a un claro nuevo, distinto a todos los anteriores. No había roca central, ni montículos rituales. Solo hierba suave y un sauce extendiendo sus ramas como brazos cansados. En el centro del claro, una niña. No tenía más de diez años, vestía con un poncho sencillo, y estaba de espaldas, escribiendo sobre el suelo con una ramita. Al acercarse, Elia notó que no escribía palabras, sino espirales. Pequeñas. Una dentro de otra.

—Hola —dijo Elia, sin levantar la voz.

La niña giró la cabeza. No parecía sorprendida. Solo curiosa. Sonrió.

—Ya casi te ibas a tardar —respondió, y volvió a su dibujo. Su voz era clara, pero parecía venir de más de una dirección a la vez. Como si las ramas repitieran sus palabras, o como si no hablara sola.

Elia se sentó a su lado sin preguntar más. Observaron juntas cómo la brisa movía las espirales dibujadas en la tierra, distorsionándolas apenas, como si fueran humo.

—¿Quién eres? —preguntó finalmente Elia.

—¿Importa? —dijo la niña. Y luego: —Soy lo que queda cuando todo vuelve.

La frase le dio escalofríos. No miedo. Reconocimiento. De pronto, Elia sintió el hilo de su muñeca vibrar. No era un movimiento fuerte, sino un pulso. Como el de un corazón que no se ve pero sostiene.

La niña se levantó y recogió una piedra blanca del suelo.

—Toma. Esta sí cierra la espiral. Pero también la abre desde otro lado.

Al recibirla, Elia notó que la piedra tenía una grieta luminosa. No rota. Viva. Como si contuviera dentro una luz que prefería no salir del todo. Al tocarla, sintió una corriente breve subirle por el brazo. No era electricidad. Era recuerdo. La guardó junto a la otra piedra, como si ambas formaran parte de una conversación que aún no entendía del todo.

—Gracias —dijo, aunque no supiera exactamente por qué.

La niña solo asintió y se alejó entre las ramas del sauce, sin hacer ruido. Las ramas del sauce se cerraron tras ella como una respiración lenta. Donde estuvo, solo quedó una hoja girando sobre sí.

Elia no intentó seguirla. En cambio, abrió su cuaderno y escribió:

“Hoy el eco no volvió a mí. Yo fui hasta él.”

Luego, sin borrar nada, dibujó una espiral doble. Una que se cruzaba al centro como un lazo. Al cerrar el cuaderno, la luz del día pareció intensificarse.

El viaje no había terminado. Solo había cambiado de forma. Como las raíces que se expanden bajo tierra sin que nadie las vea, pero que un día hacen florecer un árbol en un lugar inesperado.

Y mientras Elia volvía al bosque, no buscaba ya un destino. Solo escuchaba. Porque hay caminos que no se recorren con los pies, sino con la escucha. Y ella estaba lista.

Algunas raíces no florecen afuera. Lo hacen en la voz que aprende a escuchar lo que aún no ha sido dicho.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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