Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 46
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Capítulo 46: Capítulo 46: Esporas en el aire quieto
Elia despertó antes que la luz. Durante unos segundos, no supo dónde estaba. El techo de ramas trenzadas parecía distinto en la penumbra, y el aire tenía un aroma nuevo, más húmedo, más terroso. Como si la noche hubiera traído consigo algo que no se había atrevido a anunciar aún. Al incorporarse, notó que sus manos estaban manchadas de tierra, aunque no recordaba haberlas hundido. Las manchas no estaban secas. Conservaban una humedad tibia, como si hubieran brotado de su piel durante el sueño. Un rastro de savia seca surcaba su antebrazo como un tatuaje efímero.
Por un instante, pensó que aún estaba dentro de la cueva. O dentro de un cuerpo que no era del todo suyo. La transición entre sueño y vigilia era tan leve que el mundo parecía respirarle desde dentro. Caminó hasta el umbral de la cabaña. Afuera, la niebla era espesa, casi inmóvil. No se movía como niebla común, sino que parecía suspendida, como si aguardara algo. Elia respiró hondo. El aire sabía a musgo recién nacido y a hojas caídas. Sentía en el cuerpo un tipo de calma que no venía del descanso, sino de la decisión. Hoy no se trataba de seguir señales. Hoy caminaría para ver qué quedaba después de tanto silencio.
En la mesa exterior encontró una jarra con infusión caliente, aún humeante, y un cuenco con trozos de raíz cocida. Lena no estaba, pero había dejado todo dispuesto. Elia comió en silencio. El sabor era fuerte, levemente amargo, pero la hizo sentir despierta, como si cada célula reconociera esa energía vegetal. Al beber, sintió cómo la infusión bajaba por su garganta y se asentaba en el centro del pecho, como si la bebida buscara un sitio antiguo para florecer. Antes de partir, colocó el hilo trenzado sobre su muñeca y revisó el cuaderno. No escribió. No necesitaba hacerlo aún.
El bosque la recibió como si la esperara. La niebla no retrocedía, pero tampoco se interponía. Caminaba a través de ella como entre velos que le acariciaban los brazos. Con cada paso, sentía cómo el suelo crujía distinto. No era hojarasca. Eran pequeñas ramitas que se partían como si fueran huesos blandos. Elia se detuvo, observó el camino, y comprendió que estaba entrando en un sector del bosque que aún no había pisado.
Los árboles allí eran más altos, pero también más dispersos. La luz comenzaba a colarse desde lo alto, filtrada por la niebla, como si el cielo tejiera con hilos de sol. A lo lejos, una figura. No humana, no del todo. Parecía una escultura de ramas atadas entre sí. Al acercarse, Elia notó que se trataba de un tótem antiguo: espirales talladas en madera reseca, semillas incrustadas en los nudos. Un ave de ojos dorados permanecía posada sobre él, inmóvil. No pareció asustarse cuando Elia se acercó. Solo inclinó la cabeza, como si aprobara su paso. Elia lo rodeó sin tocarlo. Algo en él le pedía respeto. No veneración. Presencia.
A pocos pasos del tótem, una cueva. No profunda, pero sí oscura. En su entrada, crecía un tipo de musgo que emitía un leve fulgor verdoso. Elia no dudó. Se adentró unos metros, lo suficiente para percibir la diferencia de temperatura y el silencio absoluto. Allí dentro, el aire olía a tiempo detenido. El suelo de la cueva estaba cubierto de polvo fino, como si alguien hubiera molido tiempo. Sus pasos no hacían ruido. Solo una presión blanda, como si la piedra respirara. En la pared, símbolos que no estaban pintados ni grabados: habían nacido del propio mineral. Espirales, sí, pero también líneas que se cruzaban, que se repetían, como si alguien hubiera intentado enseñar un canto a la piedra.
Elia extendió la mano y rozó uno de los símbolos. Una ráfaga leve le recorrió el brazo. No era electricidad, era recuerdo. Un susurro antiguo que no se decía con palabras. Cerró los ojos y dejó que el contacto se prolongara. En su mente apareció una imagen fugaz: una mujer cubierta de tierra hasta los codos, cantando mientras sembraba algo en una cueva idéntica. La mujer no miraba a nadie. Cantaba hacia abajo, hacia la raíz. Pero Elia sintió que la voz le llegaba directo al centro del pecho.
Al salir, la niebla comenzaba a disiparse. No del todo, pero lo suficiente como para revelar que el claro donde se encontraba tenía forma de espiral. Las piedras dispuestas alrededor no eran aleatorias. Cada una tenía una inscripción distinta. En el centro, una pequeña plataforma de tierra más oscura. Al acercarse, Elia notó que el suelo estaba cubierto de esporas blancas, como polvo de estrellas. Las esporas no flotaban. Esperaban. Cada una parecía mirar, como pequeños ojos sin párpado. Al pisarlas, no se esparcían: se adherían a la piel como un saludo.
Se arrodilló. No sabía qué debía hacer, pero su cuerpo se movía como si recordara. Sacó del bolsillo la piedra luminosa que la niña le había entregado. La colocó en el centro del claro. Las esporas a su alrededor comenzaron a brillar débilmente. Luego sacó el cuaderno y escribió una sola frase:
“Algunas raíces no se ven. Pero cantan cuando alguien las nombra.”
Entonces, cantó. No con melodía, sino con intención. Una nota larga, baja, que parecía más un murmullo que una canción. Las piedras respondieron. No con sonido, sino con vibración. Elia lo sintió en las costillas, como si algo debajo de la tierra despertara con su voz. Mientras cantaba, su mano se alzó sin querer, dibujando una curva en el aire. No sabía qué forma trazaba, pero su cuerpo sí. No supo cuánto tiempo permaneció allí. El sol ya no estaba alto. La niebla se había disipado por completo.
Cuando guardó la piedra, estaba tibia. Al alzar la vista, el bosque se veía distinto. No cambiado, pero sí revelado. Como si ahora caminara no sobre un suelo, sino sobre una memoria viva. Elia entendió: no todos los ecos regresan como sonidos. Algunos lo hacen como luz, otros como musgo. Y algunos, como esporas en el aire quieto.
Regresó despacio, con la piedra en el bolsillo y la espiral aún vibrando en el pecho. Cada paso no la alejaba. La traía de vuelta. A ella misma. A lo que aún no sabía que era parte de ella. Y al cuaderno, que ahora esperaba no para ser llenado, sino escuchado.
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