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Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 47

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Capítulo 47: Capítulo 47: Lo que duerme bajo la corteza

Durante unos segundos, no supo si había regresado o si apenas comenzaba a irse. Su cuerpo no despertaba: germinaba. Elia abrió los ojos con lentitud, la respiración aún anclada en otro ritmo. El techo de ramas entrelazadas parecía distinto, como si el sueño hubiese dejado una huella visible en el mundo. El aire tenía un espesor vegetal, como si el bosque hubiera exhalado muy cerca de su oído.

El hilo en su muñeca había cambiado de color. Ahora mostraba un matiz ocre, casi ámbar, como la resina atrapada en los árboles milenarios. Elia lo observó un instante, sin prisa. El hilo parecía contener luz detenida. Como si en su interior aún vibrara la canción de un árbol antiguo. Sabía que no era un adorno: era una memoria viva.

Saldría ese día sin cuaderno, sin cántaros ni mapas. Solo con sus manos, sus pies y el eco de lo vivido en el pecho. Antes de partir, Lena le entregó una pequeña hoja seca, enrollada como una espiral. No dijo nada. Solo asintió con los ojos. Elia guardó la hoja en su bolso de tela, como quien acepta un fragmento de promesa.

El sendero que tomó no era uno que conociera. No estaba en los mapas de canto ni en los relatos del claro. Se abría ante ella como si la vegetación cediera paso apenas la reconociera. A cada paso, las ramas se inclinaban apenas, como si reconocieran el ritmo de quien ya no pregunta. No había camino, pero tampoco resistencia. Cada paso era una elección, pero también una escucha.

El silencio era denso, pero no vacío. Tenía textura. Como si cada hoja contuviera un sonido dormido, esperando ser tocado. Elia se detuvo ante un árbol de corteza irregular. Una grieta en su tronco dejaba ver vetas internas, como si alguien hubiera tallado espirales bajo la superficie. La corteza no era áspera. Tenía zonas suaves, casi como piel callosa. Donde posó los dedos, la veta vibró apenas. No como respuesta, sino como reconocimiento.

De pronto, una brisa leve trajo un aroma distinto: tierra recién removida y flor marchita. La siguió sin pensar. El paisaje cambió sin transición: los árboles eran más delgados, las hojas más grises. Todo parecía más antiguo, como si el tiempo se hubiera detenido.

Allí, en medio de ese espacio suspendido, vio una figura sentada junto a un tronco hueco. Una mujer. Su rostro era una mezcla de juventud y vejez, imposible de definir. Vestía una capa hecha de cortezas cosidas y llevaba el cabello cubierto de esporas plateadas. Sus ojos eran de un color incierto, como agua detenida en sombra. No miraban a Elia, pero la veían entera. Como si leyeran la raíz detrás del rostro.

—Te esperaba —dijo sin mirarla—. Pero no porque supiera que vendrías, sino porque alguien siempre viene.

Elia se sentó frente a ella sin hablar. Sentía el pecho abierto, como si cada latido escribiera una frase sobre su piel.

—¿Qué duerme bajo la corteza? —preguntó la mujer.

Elia no respondió enseguida. Observó el tronco hueco, el musgo que lo cubría, la pequeña flor que crecía en su interior.

—Lo que espera ser escuchado —dijo al fin.

La mujer asintió. Luego sacó de su capa un objeto pequeño: una piedra redonda, con una espiral tallada. Pero a diferencia de otras, esta tenía una grieta que la atravesaba.

—No está rota —explicó—. Está en transformación.

Cuando la mujer la depositó en su mano, Elia sintió un leve hormigueo en la muñeca, justo donde el hilo la tocaba. Como si ambos objetos se reconocieran. Cerró los ojos. Vio una escena: una niña enterrando un cuaderno, no para olvidarlo, sino para que echara raíces. Vio una mujer cantando sobre una tumba abierta, y el canto no era despedida, era umbral.

Cuando abrió los ojos, la mujer ya no estaba. Solo quedaba la piedra y una espiral de hojas alrededor del tronco. Un colibrí cruzó el aire delante de ella, trazando una espiral con su vuelo. No se detuvo. Solo dejó su vibración en el aire como huella. Elia supo que no tenía que quedarse. Ni huir. Solo andar con eso en el cuerpo.

El regreso fue suave, aunque no rápido. Cada paso era como una palabra que se completaba al pisar. El bosque la dejaba pasar, pero esta vez no en silencio. Cada tanto, una hoja caía justo frente a sus pies. Cada una tenía una forma distinta. Una, incluso, tenía marcas que parecían signos.

De regreso al claro, Elia no habló. Colocó la piedra junto al cuaderno cerrado y se sentó junto al fuego. No necesitaba traducir lo vivido. Bastaba con ofrecerlo a la llama. Lena colocó una flor sobre las brasas. Riven tocó el hilo en su muñeca y asintió. No hubo palabras.

Esa noche, Elia escribió una sola frase:

“Algunas grietas no dividen. Revelan la forma de lo que estaba esperando nacer.”

Antes de dormirse, Elia rozó la grieta de la piedra con el pulgar. No era borde. Era umbral. Algo vibró en su oído como un canto bajo. No de palabras. De savia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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