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Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 49

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Capítulo 49: Capítulo 49: Donde la savia canta en silencio

Elia no abrió los ojos: brotó. Como si en lugar de pestañas tuviera corteza suave y en lugar de huesos, filamentos tiernos aún por expandirse. La mañana se abrió sin prisa, como si supiera que no había apuro. La luz entraba en haces suaves por entre las ramas, y cada partícula de polvo flotaba como una nota suspendida. Elia despertó con la sensación de haber regresado de un lugar más profundo que el sueño. En su pecho, una calma vibrante. No era vacío, sino presencia.

Antes de moverse, permaneció tendida unos instantes, escuchando. No al bosque, ni a los pájaros, sino a su propio interior. Y allí, en ese silencio, sintió algo que no venía de la mente ni del cuerpo: una canción callada, una vibración que se expandía desde su ombligo hasta las yemas de los dedos.

Se incorporó con lentitud. Sus pies tocaron la tierra como si pisaran una promesa. Al mirar su muñeca, notó que el hilo había cambiado otra vez. Ahora tenía un tono marrón terroso con vetas rojizas, como corteza viva atravesada por savia. El hilo ya no era ornamento. Era historia viva. Las vetas parecían canales por donde algo aún no dicho fluía. Como si cada color narrara un pasaje secreto del bosque. Al tocarlo, un calor tibio le recorrió el antebrazo. No dolía. Era como si el hilo le recordara que estaba hecha también de raíces.

Lena la esperaba en el claro, frente a un círculo de piedras lisas. A su lado, una pequeña caja de madera sin adornos. Lena la sostuvo unos segundos más antes de entregarla, como si la caja aún palpitara con algo que solo el tacto podía traducir. Al verla, Lena asintió, sin hablar. Elia comprendió. Aquello no requería palabras.

Se acercó al centro del círculo, donde el suelo estaba cubierto por una capa de hojas marchitas. Lena colocó la caja en sus manos y luego se retiró sin dar la espalda, como si abandonara un altar. Elia respiró profundo. El aire tenía un aroma denso: a corteza húmeda, a hongos recién brotados, a memoria vegetal.

Abrió la caja. Dentro, una sola semilla, del tamaño de su palma, de color oscuro, casi negra. No brillaba, pero parecía contener luz. Al tocarla, la vibración que había sentido al despertar se intensificó. Elia sintió su lengua humedecerse. No por sed. Por canto contenido.

Se arrodilló, y con las manos comenzó a apartar las hojas secas, descubriendo la tierra húmeda. No cavó. Solo presionó la semilla contra el suelo, dejando que la tierra la acogiera como se acoge a un recuerdo. Luego, sin pensarlo, apoyó ambas manos sobre el lugar y cerró los ojos.

La canción callada regresó. Esta vez más nítida, aunque sin sonido. Era una vibración que subía desde la tierra, atravesaba sus brazos, su pecho, y salía por la parte posterior del cuello. Elia sintió que su médula espinal se volvía flauta hueca. Que por su esternón pasaban notas vegetales. Que la savia no viajaba por árboles, sino por sus nervios, dictando un canto sin vocales.

A lo lejos, una brisa movió las ramas. No era viento. Era respiración.

Del borde del claro, Lena comenzó a entonar una melodía suave, gutural, como si rascara la voz desde el centro del cuerpo. El canto no tenía letra, pero cada nota parecía nombrar algo que Elia no sabía que recordaba. Sintió que algo dentro de su pecho se abría, como una flor nocturna que solo responde a ciertas vibraciones.

La melodía no subía ni bajaba. Se expandía. Y al hacerlo, Elia percibió que la semilla comenzaba a emitir un pulso leve, como un tambor interno. No germinaba hacia afuera, sino hacia adentro de ella. Cada latido era una pregunta respondida, sin necesidad de formularla.

En ese instante, una figura emergió en su mente: una mujer cubierta de barro, con ramas en el cabello y ojos llenos de hojas. No hablaba. Solo posaba su mano sobre el pecho de Elia. Y ahí, justo en el centro, Elia sintió que algo se encendía.

No fuego. No luz. Savia.

La mujer no era otra. Era anterior. Tal vez una versión de sí misma antes del tiempo. O una hermana que nunca nació, pero que aún la sostenía desde la grieta de lo invisible.

La visión se deshizo como niebla. El canto cesó.

Elia abrió los ojos. Lena la observaba con los brazos cruzados sobre el abdomen, con una mirada que no pedía explicaciones. Solo asentía. Como quien ha visto algo florecer donde antes solo había silencio.

—La semilla no es para el mundo —dijo Lena, por fin—. Es para ti. El mundo vendrá después.

Elia no respondió. No era necesario. Se levantó, y antes de irse, colocó la caja vacía sobre una piedra. Luego, con un dedo manchado de tierra, trazó una pequeña espiral en la tapa. La espiral no era cierre. Era siembra. Un punto de fuga desde donde lo contenido podría volver a florecer en otra historia, en otro cuerpo, en otro silencio.

Al volver a la cabaña, se lavó las manos con agua de infusión. La mezcla contenía pétalos secos, cáscara de naranja y algo más que no supo nombrar. El agua estaba tibia, como si hubiera sido calentada por la respiración de alguien que cuida.

Esa noche, escribió en su cuaderno:

“Hay cosas que no se dicen, pero cantan. Y a veces basta con quedarse quieta, con la lengua dormida, para escucharlas.”

Luego cerró los ojos. Y en la oscuridad, escuchó cómo la savia seguía cantando en silencio dentro de ella. Al quedarse dormida, sintió que su columna vertebral murmuraba. Como si cada vértebra llevara una palabra que no necesitaba decirse para ser comprendida.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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