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Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 50

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Capítulo 50: Capítulo 50: Los sueños ya no son advertencias, son caminos

Esa noche, Elia no soñó: caminó. La diferencia era sutil, pero definitiva. Ya no flotaba como espectadora pasiva, ni se perdía en paisajes simbólicos. Ahora, cada paso en el sueño pesaba. Tenía cuerpo, tenía olor, tenía temperatura. Era como si el mundo onírico se hubiera vuelto un territorio físico, real, aunque habitado por leyes distintas. No era un recuerdo: era un camino.

Elia sentía el peso de su cuerpo con cada paso: la humedad del musgo entre los dedos, el aliento tibio en la garganta, la gravedad de su espalda. El sueño ya no flotaba: pisaba. Y cada pisada tenía eco.

Estaba desnuda, aunque el frío no le hacía temblar. Sus pies se hundían en un suelo de musgo tibio, donde cada pisada emitía un leve resplandor verde. A su alrededor, un bosque que no era el suyo, pero que la conocía. No había luna en el cielo, pero el aire tenía una luminosidad constante, como si todo el entorno estuviera bañado en luz de savia.

Avanzaba en silencio, pero sabía que no estaba sola. A su izquierda, una sombra se deslizaba entre los árboles. No era amenazante. Tenía forma de lobo, pero sus ojos no eran dorados: eran de un rojo profundo, como brasas. Elia sintió que la miraba sin juicio, sin espera. Como quien observa a un igual.

El lobo caminaba a su lado sin sonido, pero cada movimiento suyo tenía una resonancia en su cuerpo. Como si sus patas marcaran el ritmo de un tambor dentro de su pecho.

El lobo se detuvo en un claro. Al centro, una piedra lisa, tallada con una espiral incompleta. Elia sintió un impulso en el pecho, una vibración que le empujaba a acercarse. Lo hizo, y al posar las manos sobre la piedra, su cuerpo entero respondió. La espiral comenzó a girar, no en la piedra, sino en su abdomen. Era la misma sensación que había sentido al despertar con el fuego lunar. Solo que esta vez, no había ardor. Había canto.

La espiral giraba en su vientre, no como un remolino, sino como una raíz que se desplegaba desde adentro, deshaciendo antiguas estructuras y sembrando otras nuevas. Cada vuelta liberaba una memoria que no sabía que tenía.

Una mujer emergió del bosque, caminando descalza sobre el aire. Su cuerpo era delgado, su piel cubierta de ceniza. Tenía en el cuello el mismo hilo que Elia llevaba en la vida despierta, aunque el suyo era plateado, casi traslúcido. Se acercó sin hablar, y cuando llegó frente a Elia, extendió la mano. En su palma, una runa tallada en hueso. Elia reconoció la forma: era la espiral, pero cerrada. Completa.

La mujer olía a humo de infancia, a despedida suave. No era otra. Era ella misma, desde otro lado del tiempo. Tal vez la que cantó la primera espiral. Tal vez la última en cerrar un ciclo antes de ella.

—No se trata de cerrar el camino —dijo la mujer, y su voz sonó como hojas secas al viento—. Se trata de recordar que hay más de uno.

Elia tomó la runa. Al tocarla, sintió que el mundo a su alrededor giraba. El bosque desapareció, pero el lobo quedó. Ya no era sombra: era carne. Y al mirarlo de nuevo, reconoció los ojos de Riven. El lobo se acercó y frotó su hocico contra la palma de su mano. No era un gesto de sumisión. Era reconocimiento mutuo.

—Despierta —dijo una voz que no era la de nadie presente.

Y Elia lo hizo.

Elia no volvió del sueño: emergió de él. Su cuerpo en la cabaña no era el mismo. Era continuación de lo otro. El aire la reconocía con otra piel.

Al abrir los ojos, el techo de la cabaña le pareció irrealmente estático. El sueño no se desvanecía. Persistía como una segunda piel. Aún sentía el hueso en su mano, aunque al mirar, no había nada. Solo el hilo en su muñeca, que ahora tenía un brillo nuevo: una veta plateada que antes no estaba.

Saldría a caminar antes del amanecer. No por necesidad, sino porque el cuerpo se lo pedía. El bosque la recibió con la misma humedad de sus sueños. Cada paso crujía con una música tenue. Caminó hasta el claro donde había sembrado la semilla. El lugar estaba igual, pero distinto. Más lleno.

Se arrodilló y apoyó la frente contra el suelo. No dijo nada. No pensó nada. Solo escuchó. Y entre las capas de tierra, sintió el eco del canto sin voz. La espiral latía, ya no en su sueño, sino en su pulso.

Elia comprendió que los sueños habían dejado de advertirle cosas. No eran signos de lo que venía. Eran parte del viaje mismo. Caminos paralelos. Memorias activas. Vínculos que se tejían mientras dormía. Como si la mitad de su linaje habitara allí, en la tierra de lo onírico, esperando ser recorrido.

Esa mañana, antes de que el sol subiera, tomó su cuaderno. No escribió palabras. Dibujó la espiral completa. Y debajo, por primera vez, firmó con su nombre verdadero:

Yshaen-Elia.

Por primera vez, el cuaderno no tembló al ser escrito. La tinta no se expandió. Se enraizó. Firmar con aquel nombre era más que un gesto: era convocar a todas las que habían callado antes de ella, y dejar constancia de que esta vez, alguien había llegado al otro lado.

Los sueños ya no advertían: convocaban. Y ella, al fin, era la que sabía responder al llamado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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