Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 51
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Capítulo 51: Capítulo 51: Lena se debilita — El Velo le susurra
Elia despertó antes del amanecer, con una opresión en el pecho que no provenía de ningún sueño. El aire estaba cargado, como si el bosque retuviera el aliento. Bajó de la hamaca, descalza, y salió sin hacer ruido. El cielo era una sábana azul oscura, suspendida sobre copas inmóviles.
En el claro, encontró a Lena sentada frente al fuego apagado. No estaba dormida, pero sus ojos estaban cerrados. Su respiración era tan suave que apenas levantaba el tejido sobre su pecho. Parecía una estatua de humo.
—Lena… —susurró Elia.
Lena abrió los ojos con lentitud. Estaban apagados, pero no vacíos. Era como si mirara desde otro lugar. Sus pupilas no eran negras, eran ríos lentos. Lo que veía no estaba allí. Pero tampoco estaba lejos. Lena veía en capas, como si el aire frente a ella fuera una página translúcida escrita desde dentro del tiempo.
—Estás escuchándolo, ¿verdad? —preguntó Elia, arrodillándose a su lado.
Lena asintió apenas. Movió los labios sin emitir sonido. Elia se acercó más.
—¿Qué dice?
—Dice… que ya no es tiempo de custodiar —susurró Lena—. Sino de entregar.
Elia sintió un nudo formarse en su garganta. Lena, siempre tan firme, tan presente, ahora parecía disolverse en el aire que la rodeaba. La tomó de la mano. Estaba caliente, pero no con fiebre. Era otro tipo de calor, uno que parecía provenir de muy dentro, como el de una raíz recién expuesta al sol.
—¿Estás muriendo? —Elia no sabía si quería saber la respuesta.
—Estoy transformándome —dijo Lena, y sonrió con los labios cuarteados. Luego, con esfuerzo, sacó de su falda un objeto envuelto en tela roja. Antes de entregarla, Lena besó la tela. Fue un gesto breve, pero el aire se tensó cuando lo hizo. Elia sintió que algo se cerraba detrás de ese beso, como una puerta invisible.
—Es el último fragmento. No puede pasar conmigo.
Elia lo sostuvo entre sus manos. Pesaba poco, pero parecía contener una gravedad distinta. Al abrir la tela, vio una pequeña figura tallada en hueso: un lobo en espiral, con los ojos cerrados y una piedra verde en el pecho. El hueso no era blanco. Era marfil antiguo, con vetas como raíces atrapadas en su interior. La piedra verde no brillaba, pero parecía contener un paisaje que respiraba, como un bosque encapsulado.
—¿Qué es?
—El primer eco del Velo. Lo talló la última portadora antes de mí. Ha pasado por tres generaciones. Nunca habla. Solo despierta.
—¿Y qué despierta?
—Lo que aún no sabe que canta.
Lena cerró los ojos otra vez, y un leve murmullo escapó de sus labios. No eran palabras. Era un ritmo antiguo, una melodía sin notas. Elia la escuchó, y en su pecho, algo vibró. No como una emoción, sino como un eco. Como si el canto de Lena lo hubiera activado.
La figura de hueso comenzó a calentarse en su palma. No quemaba, pero pulsaba. La piedra del pecho se iluminó, apenas, como un fuego verde contenido. Elia sintió que algo dentro de ella giraba, como si su columna vertebral se alineara con un eje más grande, más hondo.
—Lena… —susurró de nuevo.
Pero Lena no respondió. Estaba quieta, con el rostro sereno, como si flotara entre dos tiempos. El Velo. Elia lo supo con una certeza absoluta. Lena no estaba muriendo. Estaba siendo llamada.
Entonces, todo alrededor cambió.
El aire se volvió más denso. Las hojas dejaron de moverse. Los sonidos se apagaron. Y, por un instante, el bosque respiró hacia adentro. Como si su centro se comprimiera. Y entonces Lena comenzó a temblar, no de frío ni de miedo, sino como tiemblan los reflejos en el agua antes de borrarse. Su contorno se deshacía como humo que recuerda haber sido piel.
El Velo no era solo una línea entre mundos. Era un cuerpo. Y ese cuerpo se había inclinado hacia Lena.
Elia cerró los ojos, aferrando la figura de hueso. En la oscuridad, una imagen emergió: Lena de joven, danzando bajo una luna roja, rodeada de lobos que no eran animales, sino sombras con ojos vivos. Luego Lena más vieja, entregando la espiral a otra mujer. Y luego, Lena ahora, con su cuerpo cubierto de ceniza, cantando sin voz. Y detrás de ella, una fila de mujeres, todas distintas, todas con la misma marca en la muñeca: espirales, hilos, ojos cerrados, bocas abiertas en silencio. Todas la miraban. Y una —la más antigua— alzó la mano. Dentro, la misma figura de hueso.
Abrió los ojos.
Lena seguía ahí, pero distinta. La piel parecía más translúcida. El cabello, más claro. Los bordes de su cuerpo temblaban, como si estuviera hecha de una niebla que aún se resistía a soltar la forma.
—No me retengas —dijo con una voz que parecía surgir de la tierra.
Elia asintió, y no lloró. No por falta de dolor, sino porque comprendía. El bosque no se despedía de Lena: la absorbía. Y Lena lo permitía.
Se inclinó y apoyó su frente contra la de ella. El calor era suave, como el de una piedra al sol. La figura de hueso, entre ambas, se volvió tibia. Una chispa recorrió la palma de Elia y subió hasta su oído. No era un sonido. Era una instrucción. Clara. Íntima. Silenciosa:
Despiértalo.
Cuando Elia se enderezó, Lena ya no estaba sentada. Su cuerpo yacía como dormido, pero no frío. No ausente. Solo vacío de algo que había partido.
El Velo había susurrado.
Y Elia había escuchado.
Con la figura en la mano, se levantó. El fuego encendió solo, con una llama azul que no se alimentaba de madera. La llama azul danzaba sin viento, y por un instante, tuvo forma. Como una mano abierta. Como un ojo. Luego volvió a ser llama. Pero Elia lo había visto. No era fuego. Era atención.
Elia no lo miró. Miró el bosque. Y supo que ya no necesitaba más señales.
Ahora, el Velo hablaba a través de ella.
El canto ya no le llegaba de fuera. Nacía desde su lengua, desde sus huesos, desde la espiral que giraba sin cesar en su ombligo. No era eco. Era inicio.
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