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Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 52

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Capítulo 52: Capítulo 52: Riven acompaña en silencio, como guardián del brote

La mañana llegó sin anunciarse, apenas un velo más claro sobre las copas del bosque. Elia no había dormido. Había permanecido en cuclillas junto al fuego ya extinto, con la figura de hueso en las manos. No parpadeaba. Solo dejaba que el calor del hueso se filtrara hacia sus dedos, como si pudiera retener con la piel lo que ya no tenía cuerpo. A veces creía oír la respiración de Lena entre los árboles, en la exhalación más leve de la madrugada.

Riven apareció al borde del claro, sin hacer ruido. Elia no lo vio llegar, pero supo que estaba allí. Siempre lo supo. Era una certeza silenciosa, como el tacto de la luz en la piel antes de que el sol asome. No dijo nada. Se acercó y se sentó frente a ella, con las piernas cruzadas, la espalda erguida como un árbol joven. Sus ojos dorados estaban quietos, pero no fríos. Eran brasas contenidas.

Durante un instante, Elia miró sus manos sin moverse. Recordó la primera vez que Riven la había tocado, no con deseo, sino con propósito: cuando le acomodó el hombro después de su primer canto. Era un toque antiguo, más cercano al lenguaje de los árboles que al de los humanos.

Elia extendió la mano. Riven la tomó, sin apretar. Como si solo bastara el contacto para saber que aún estaban anclados el uno al otro.

—Se ha ido —dijo ella, y su voz no tembló.

Riven asintió. Solo eso. Elia agradeció que no ofreciera consuelo. No lo necesitaba. Necesitaba presencia. Y Riven era eso: piedra, sombra, raíz.

El cuaderno de su madre yacía abierto junto a la figura de hueso. Las páginas habían empezado a ennegrecerse en los bordes, no por fuego, sino por tiempo. Como si supieran que el ciclo se acercaba a una conclusión. Elia lo hojeó con lentitud. Cada trazo parecía más profundo, más denso, como si la tinta hubiera sido absorbida por la piel del papel, dejándola marcada para siempre.

Riven señaló con la mirada una página en blanco. Elia comprendió. No había instrucciones. No había palabras heredadas. Era su turno de escribir. Pero no con tinta.

Del cinturón sacó un pequeño pedazo de carbón, uno que Lena había dejado junto al fuego semanas atrás, como si ya supiera que sería necesario. Trazó una espiral, no perfecta, no simétrica. Viva. Irregular como una semilla en germinación. Mientras trazaba, murmuró para sí un fragmento del canto de Lena. No era consciente. Era el cuerpo el que cantaba, no la voz. Y al terminar, sintió que el carbón había dejado algo más que un dibujo: un pequeño umbral.

Riven no la interrumpió. Solo observaba, con los párpados a medio cerrar, como si la espiral también se dibujara dentro de él. Cuando Elia terminó, apoyó la palma sobre el trazo y cerró los ojos. Una vibración leve, parecida a un zumbido vegetal, le recorrió el brazo hasta clavarse en el pecho. El símbolo no era suyo. Era de todos.

—Tengo que ir al fresno —dijo ella de pronto.

Riven asintió otra vez. Se levantó primero y le ofreció la mano. Elia dudó por un segundo, no por desconfianza, sino por gratitud muda. Luego la tomó, y juntos caminaron hacia el borde del claro.

El camino al fresno no era largo, pero aquella mañana se sintió diferente. Las hojas susurraban en una lengua más antigua, y el musgo bajo sus pies estaba húmedo como un suspiro retenido. Elia caminaba con la figura de hueso envuelta en la tela roja, pegada al pecho. Cada paso era una afirmación: estoy aquí, y soy parte. El bosque respondía a su andar. Ramitas caían justo después de su paso, el canto de un ave se detenía cuando se acercaban. No era silencio. Era respeto.

Riven no dijo palabra, pero su cuerpo hablaba. Caminaba a su ritmo, nunca delante, nunca detrás. Cuando Elia se detenía, él también lo hacía. No miraba el bosque, miraba los gestos de ella como si fueran mapas.

Al llegar al fresno, Elia se detuvo. Era un árbol viejo, más ancho que dos cuerpos juntos. Su corteza estaba marcada con espirales, con símbolos que Elia no recordaba haber dibujado, pero que reconocía como propios. Apoyó la frente contra la madera tibia y cerró los ojos.

La figura de hueso comenzó a calentarse de nuevo. Esta vez, no solo vibraba: cantaba. Un sonido sordo, bajo, como una nota sostenida bajo tierra. Elia la colocó en una hendidura natural del árbol. No encajaba. No debía encajar. Solo debía reposar. Un hilo de savia brotó desde la hendidura, apenas visible, como una lágrima transparente que rodeó la figura y desapareció en la corteza. El fresno no necesitaba palabras. Recibía con la memoria del tiempo.

Riven, sin que ella lo pidiera, se arrodilló y dibujó un círculo alrededor de ambos, con polvo de savia que llevaba en un pequeño cuenco de madera. Luego, sin palabras, se inclinó y tocó la tierra con la frente.

Elia lo imitó. Dentro del círculo, dentro del fresno, dentro de su pecho, todo era eco. Todo era raíz.

—Ya no soy semilla —susurró.

Y Riven, por primera vez, habló:

—Eres brote —dijo—. Pero no cualquier brote. Eres el que recuerda al tocar la tierra.

La palabra vibró en el aire como una campana muda. Elia sintió que algo en su espalda se abría, no en carne, sino en símbolo. Como si las alas del Velo ya no estuvieran fuera, sino dentro de ella, listas para desplegarse.

El ritual no fue largo. No lo necesitaba. El tiempo, en ese lugar, se medía en presencia. Y ellos estaban completamente ahí.

Antes de volver, Riven recogió una hoja caída del fresno y se la entregó. Estaba marcada con una línea roja natural, como si la savia hubiera decidido dejar constancia de algo.

—Es tuya —dijo.

Elia la guardó entre las páginas del cuaderno, justo al lado de la espiral de carbón.

No era final. Era brote. Y Riven, su guardián, caminaba a su lado como quien cuida la primera flor en medio del invierno.

Ambos sabían que pronto llegaría la siguiente prueba. Pero por ahora, el bosque los reconocía como parte de sí.

Y mientras el viento se deslizaba entre las ramas, Elia sintió —por primera vez sin temor— que el Velo la observaba con ternura. Como quien espera que algo florezca. No con prisa. Con certeza.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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