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Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 53

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Capítulo 53: Capítulo 53: Solan deja de ocultarse

El aire olía a transición. No a muerte, no a nacimiento: algo entre ambos. Como el instante exacto en que una llama cambia de azul a dorado. Elia lo supo al despertar. Riven aún dormía, respirando con lentitud junto al cuaderno abierto. Pero el bosque… el bosque murmuraba distinto.

Había un zumbido tenue en las plantas bajas, como si las raíces hablaran entre sí. Elia no oía palabras, pero percibía una pregunta suspendida. No de advertencia. De espera.

Se levantó sin hacer ruido. El hilo en su muñeca vibraba con una energía baja, densa, como si estuviera enraizado en la tierra misma. El cuaderno se cerró solo, como obedeciendo un pacto invisible. Lo tomó con ambas manos y lo guardó en su morral, junto a la hoja marcada y el fragmento de savia seca.

Caminó. No hacia un destino concreto, sino hacia donde el bosque parecía apartarse ligeramente, como si la estuviera esperando. Cada paso la alejaba del claro, del fresno, de Riven… y sin embargo, no sentía separación. Era continuidad. Parte de la espiral.

El sol aún no tocaba las ramas más altas, pero el bosque parecía más claro de lo habitual. Una claridad sin origen. Como si brotara desde dentro de los troncos, desde las piedras. Entonces lo sintió. No vio. Sintió. Solan estaba cerca.

Una sombra caminaba paralela a ella, a cierta distancia. No se ocultaba del todo, pero tampoco se mostraba. Las ramas no crujían. Las hojas no caían. Elia redujo la marcha. No por miedo, sino por respeto. El bosque estaba presente. Testigo.

—No tienes que esconderte —dijo, sin alzar la voz.

La sombra se detuvo. Y luego, dio un paso al frente. De entre los árboles, Solan emergió. Alto, cubierto con la misma capa oscura que recordaba de la primera vez, pero sin el velo sobre el rostro. Esta vez, mostraba su mirada: ojos de ámbar puro, como si el sol viviera en su sangre.

No había envejecido. Tampoco rejuvenecido. Era el mismo y otro. Su piel, marcada por la intemperie, tenía una textura mineral. Los ojos, en cambio, no eran de este mundo: no eran mirada, eran memoria. Cada línea, cada cicatriz, parecía contar una historia que solo podía ser leída en silencio.

En su pecho colgaba un colmillo partido, rodeado de espinas secas. Su presencia no era invasiva, pero llenaba el espacio, como una luna llena en el cielo más abierto.

—No me ocultaba de ti —dijo. Su voz era baja, terrosa. Parecía salir de las raíces.

Elia asintió. Se acercó un paso, y luego otro. Cuando estuvo a su altura, notó que el aire a su alrededor era más denso. Como si la memoria se condensara cerca de él.

—¿Entonces?

—Me ocultaba de mí. —Solan bajó la vista—. De lo que significas. De lo que traes.

Elia no respondió. Solo observó. Los gestos, los silencios. Solan levantó la mano y, sin tocarla, señaló su muñeca.

—La espiral en ti está completa. Pero no cerrada.

—Porque no debe cerrarse. —Elia replicó sin titubear.

Una sonrisa leve curvó los labios de Solan. No de burla. De aceptación.

—Eres más de lo que soñamos. Más de lo que temimos.

—No soy única —dijo Elia—. Solo soy parte.

Solan se desprendió de la capa como quien se quita una piel que ya no le pertenece. Su espalda estaba marcada. No con tinta, sino con cicatrices. Espirales, símbolos, palabras que no eran de ningún idioma conocido. Se giró y la miró directo.

—¿Quieres ver el rostro del exilio? —preguntó.

Elia sostuvo su mirada. Luego, asintió. Solan retiró la capucha. Su rostro era hermoso. No en el sentido humano. En el sentido puro.

La piel, marcada por la intemperie, tenía una textura mineral. Los ojos, en cambio, no eran de este mundo: no eran mirada, eran memoria. Cada línea, cada cicatriz, parecía contar una historia que solo podía ser leída en silencio.

—Fui lobo —dijo sin adornos—. Y luego fui sombra. Me exiliaron cuando no quise olvidar. Cuando llevé la sangre de dos linajes. Cuando amé sin permiso.

Por un instante, la imagen le atravesó: un consejo de ancianos rodeando una fogata, su nombre arrancado de un canto colectivo, su capa negra arrojada al suelo como sentencia. Nadie le gritó. El exilio no siempre es ruidoso. A veces es solo silencio que deja de nombrarte.

Elia entendía sin palabras. El fuego lunar no distinguía jerarquías ni reglas humanas. Solan era memoria viviente, y también herida.

—¿Por qué ahora? ¿Por qué mostrarte?

Solan levantó la mano. En ella, una pequeña espiral de ceniza, suspendida en el aire como si respirara.

—Porque has despertado a la espiral verdadera. La que canta sin pedir permiso. Y yo… yo soy parte del coro, aunque haya cantado solo mucho tiempo.

Se acercó y abrió la mano. La espiral de ceniza flotó hacia Elia, giró una vez sobre su pecho y se disolvió justo sobre su corazón. Al tocarla, Elia sintió que algo en su caja torácica se abría. Como si una costra de siglos se quebrara sin dolor. No era magia. Era herencia encendida.

Una vibración suave la recorrió. No era poder. Era reconocimiento. Una bienvenida que no se dice, pero se asienta en el hueso.

—¿Qué se supone que haga con esto? —preguntó.

Solan sonrió.

—Lo que quieras. Pero hazlo cantando. El Velo no quiere obediencia. Quiere música.

Elia respiró hondo. Miró el cielo a través de las ramas. Luego volvió a mirar a Solan.

—Entonces, canta conmigo.

Solan asintió. Y por primera vez en generaciones, dos voces nacidas del mismo linaje —humano, lobo, exilio, fuego— se entrelazaron entre los árboles. No para pedir. No para ordenar. Para florecer.

El Velo no aplaudió. No rugió. Solo se abrió un poco más. Y en ese gesto callado, una vibración recorrió el suelo, como si las piedras respiraran. No era melodía. Era resonancia. Como si el bosque, en lo más profundo de sus anillos, hubiera empezado a recordar su primer canto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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