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Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 54

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Capítulo 54: Capítulo 54: El árbol de la memoria responde a Elia

El amanecer no fue un cambio de luz, sino un cambio de ritmo. El canto de las aves se moduló como un lenguaje ancestral, y el viento entre los árboles pareció pulsar con una cadencia reconocible. Elia abrió los ojos sin sobresalto, como si la noche le hubiese susurrado que el momento había llegado.

Cada sonido del amanecer tenía intención. El crujido de una rama al este. El zumbido breve de un insecto que no volaba. El aire, incluso, parecía medirse antes de entrar en sus pulmones.

Riven ya no dormía. Estaba sentado a pocos pasos, de espaldas a ella, con las manos hundidas en la tierra. Cuando Elia se incorporó, él no se giró. Solo habló:

—Hoy escucha. Más que nunca.

Ella asintió, sin necesidad de más explicación. El hilo en su muñeca palpitaba lento, como un tambor ritual. Tomó el cuaderno, la figura de hueso y el trozo de savia petrificada. Los tres objetos parecían haber cambiado de peso, como si tuvieran intención propia.

Caminaron sin palabras. El sendero que se abría ante ellos no era nuevo, pero sí revelado. Las ramas no se apartaban, sino que vibraban. Las piedras no guiaban, pero sí reconocían. No eran guía, eran testigos.

El árbol de la memoria estaba en un claro envuelto en niebla baja, como si respirara por los pies. El tronco era tan ancho que cuatro personas no lo abrazarían. Las raíces se extendían como venas que dibujaban espirales sobre la tierra. En su corteza, los símbolos brillaban apenas, como tinta ancestral atrapada en resina viva.

Elia se acercó. No con miedo, sino con reverencia. Riven se detuvo a unos pasos, dejando espacio. Ella comprendía: este era un diálogo íntimo. La tierra bajo sus pies estaba tibia. Elia se arrodilló y colocó los tres objetos en un triángulo perfecto frente al árbol. Cerró los ojos. Esperó.

La respuesta no vino como sonido. Fue un temblor leve, desde la base de la columna. Su lengua se volvió más húmeda, como si esperara pronunciar algo antiguo. Sus costillas se expandieron apenas más de lo normal. No era respiración. Era apertura. La figura de hueso comenzó a brillar con un fulgor interno. No era luz. Era tiempo ardiendo sin llamas.

Del tronco brotó una línea líquida que no era savia ni agua. Era un hilo de color ámbar que descendió hasta tocar la figura. Al contacto, la piedra verde de su centro emitió un resplandor suave. Y entonces, la visión llegó.

Elia no estaba sola. Las guardianas estaban allí. No como presencias etéreas, sino como cuerpos a su alrededor. Sus pies tocaban la tierra con firmeza. Algunas llevaban niños en brazos, otras bastones tallados, otras solo la piel marcada. No eran espectros. Eran cuerpos vivos en otros tiempos. Y aún así, presentes. Cada una la miraba sin urgencia. Como quien espera que una semilla decida abrirse sola.

Una figura emergió del árbol mismo. Era Lena. O lo que de Lena había cruzado al otro lado. No como fantasma, sino como parte del tejido. Su cabello no era cabello: era ramaje. Su voz no venía de su boca: vibraba desde la médula del árbol. Y al mirar a Elia, no la veía solo a ella, sino a todas las versiones que fue y será.

Se acercó a Elia y le tendió una palabra. No escrita, no dicha. Una palabra sentida.

—Yshaen —dijo Elia, sin saber cómo.

Y al pronunciarla, algo dentro de su pecho se desplazó. No cambió de lugar. Cambió de forma. Como si su nombre de nacimiento se abriera como una vaina para revelar lo que siempre había contenido.

El árbol no se inclinó, pero su gravedad cambió. Como si de pronto todo girara en torno a su memoria. Y en su corteza, la espiral más antigua comenzó a girar. No físicamente. En la percepción. Elia alzó la mano y tocó el centro. El contacto le quemó la palma, pero no la apartó. Vio recuerdos que no eran suyos: nacimientos, exilios, pactos secretos, cantos bajo eclipses, sangre mezclada con sal.

Sintió el momento exacto en que la espiral había sido sellada generaciones atrás. Vio el rostro de quien lo hizo. No con odio, sino con miedo. Y vio la primera portadora. La que no tuvo nombre.

Riven se acercó y colocó su mano sobre el hombro de Elia. Ella no se giró, pero supo que él también veía. El árbol no era de uno. Era de todos. Era raíz común.

Elia colocó la figura de hueso en una cavidad natural del tronco. Luego, con la savia petrificada, trazó un nuevo símbolo bajo la espiral. Uno que nunca había visto, pero que sus dedos conocían. Un cruce entre raíz, luna y fuego. Al terminar, el árbol susurró. No con voz. Con perfume. Un olor a tiempo recién nacido.

—El árbol recuerda —murmuró Riven.

—Porque nosotros recordamos —respondió Elia.

Las raíces comenzaron a vibrar bajo sus pies. No era terremoto. Era pulso. Y del interior del tronco brotó una pequeña flor azulada, imposible, como nacida del fuego. Tenía pétalos translúcidos con vetas violetas, como si contuviera un mapa invisible. Al tocarla, no se doblaba ni temblaba. Solo respondía con un calor que subía por la muñeca, cruzaba el pecho y salía por la boca en un suspiro involuntario.

Elia la tomó con cuidado. No se marchitaba. No pesaba. Pero tenía temperatura. Como si llevara latido.

Entonces lo supo: ya no necesitaba preguntar al árbol. Ahora, el árbol también le preguntaría a ella. Y juntos, responderían al bosque.

El Velo, por primera vez, no era frontera. Era interlocutor. Y ella, ya no pregunta. Ella escucha. Y al escuchar, responde. Como lo hacen los árboles. Como lo hacen las raíces que cantan cuando nadie las ve.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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