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Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 57

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Capítulo 57: Capítulo 57: Elia realiza el ritual de la raíz invertida

La mañana era densa, cargada de un silencio que no era ausencia, sino contención. Elia caminaba sola hacia el claro del segundo altar, el que sólo se usaba cuando el linaje debía tocar la tierra desde adentro. No llevaba más que un cuenco de barro, una piedra marcada con espiral doble y el hilo de cobre en la muñeca.

El bosque parecía saberlo. Cada rama se apartaba justo antes de que la tocara. Cada hoja dejaba caer una gota precisa de rocío. No era magia. Era reconocimiento. Como si la tierra misma hubiese leído el eco que ahora habitaba en su cuerpo tras la cicatriz de la piedra.

Sentía ese llamado en los huesos largos, en la raíz del cuello, en la base del ombligo. No era urgencia: era certeza.

El claro era más estrecho que el primero. Rodeado de sauces que inclinaban sus brazos hacia el centro, como si quisieran abrazar el acto. Incluso el viento parecía detenerse antes de cruzar el umbral. Como si no todos los aires tuvieran permiso. En el centro, un montículo de tierra negra. No había altar de piedra. Aquí, el cuerpo debía tocar el suelo.

Elia se arrodilló y desató el hilo de cobre. Lo colocó en forma de espiral sobre la tierra y posó el cuenco vacío en el centro. Respiró hondo. El olor a humedad era intenso, lleno de pequeñas notas: raíces frescas, savia rota, hongos que despertaban.

Se ciñó una tela parda sobre el torso, anudó el cabello con una hebra de lino, y se limpió las palmas con una infusión de ceniza y tomillo seco. Era más que vestirse: era silenciar el cuerpo para que hablara el gesto.

—Que descienda la memoria sin miedo —susurró.

Hundió ambas manos en la tierra. No fue un acto brusco. Fue un ingreso. Como si la tierra cediera. Como si esperara ese tacto desde generaciones atrás. La humedad subía por sus brazos como una lengua antigua, leyéndola. No solo entregaba: era también leída.

Los dedos de Elia buscaron, no para encontrar algo, sino para dejar algo.

—Traigo lo no dicho. Lo que fue negado. El hilo cortado. Que brote desde abajo, no como fuego, sino como raíz —murmuró, y la espiral tembló levemente.

Entonces la tierra respondió. Desde la base del montículo, una raíz delgada, temblorosa como antena de criatura ciega, comenzó a trepar en forma de espiral inversa. Era pálida al principio, como una vena de luz bajo la piel del mundo. Luego se tornó cobriza, reflejando el tono del hilo abandonado. Era como si el mundo subterráneo, por primera vez, pidiera mirar hacia arriba.

El cuenco, aún vacío, comenzó a humedecerse por dentro. No por agua. Por savia. Una savia espesa, de color verde oscuro, que olía a viento antiguo. Elia no se sorprendió. Sabía que el ritual no era invocación, sino apertura.

A su alrededor, llegaron tres figuras. No hablaban. Caminaban descalzas. Una portaba una rama de fresno, otra una piedra blanca, y la última, un velo gris bordado con espirales. No necesitaban decir quiénes eran. Eran testigos, y también continuaciones. Eran la triple voz del linaje: guardiana del cuerpo, del símbolo, del umbral.

Elia alzó el cuenco con ambas manos y lo bebió. No todo. Sólo un sorbo. La savia no sabía a líquido. Sabía a corteza húmeda, a humo dulce, a historia. Sintió el descenso en su estómago como si una raíz la anclara al centro de la tierra. Y en ese anclaje, vio retazos de rostros que nunca conoció, madres del linaje con lenguas manchadas de barro, niñas dibujando círculos en la ceniza.

Una de las figuras se acercó y colocó el velo sobre sus hombros. La tela pesaba más de lo que aparentaba. O quizás era el peso de los nombres que tejían su entramado.

—Ahora sí. Eres raíz —dijo la figura del fresno.

Elia se inclinó hacia el suelo, apoyó la frente en la tierra y dejó que el aliento la atravesara.

Entonces, escuchó.

No con los oídos. Con el diafragma, con los huesos, con los codos y los muslos. La tierra le hablaba. Era un idioma sin vocales, sin garganta. Un lenguaje que latía en la fascia, en la sangre, en los tejidos blandos que nunca olvidaron cómo sonar.

La espiral de hilo se encendió levemente. El cobre brillaba con la savia aún en su interior. La raíz crecida tocó el borde del cuenco y se detuvo. Como si con ese gesto sellara el acto.

Una pequeña flor blanca brotó justo donde Elia había puesto la frente. No tenía perfume. No tenía nombre. Solo presencia. No necesitaba florecer cada año. Era flor de umbral, flor de una sola vez, sembrada por generaciones de espera.

Elia levantó la mirada, y las tres figuras habían desaparecido. Pero en su lugar, la forma del velo bordado seguía impresa en el aire, como humo que aún no ha decidido irse.

Se puso de pie con lentitud. No había prisa. El cuerpo parecía más pesado, pero no cansado. Era densidad de propósito. El hilo de cobre no volvió a su muñeca. Quedó sobre la espiral, como una ofrenda circular que ya no le pertenecía.

Mientras caminaba de regreso, el bosque no la acompañaba. La conducía. Como si cada piedra, cada sombra y cada soplo de brisa fueran parte de su cuerpo extendido.

Cuando llegó a la cabaña, no encendió fuego. No escribió. Solo se sentó en silencio.

Y en el cuenco de barro que había traído, una gota de savia seguía latiendo. Como si lo aprendido no necesitara repetirse, sino respirarse.

Elia cerró los ojos. Y en el silencio más profundo, donde no hay palabras ni rezos, la raíz seguía creciendo. No en la tierra. En su sangre. En su respiración. En su sombra.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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