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Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 65

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Capítulo 65: Capítulo 65: Donde la raíz habla en silencio

El bosque no hablaba. Escuchaba con todo su cuerpo extendido. Aquel amanecer no trajo palabras: trajo un umbral. Una vibración contenida, como si incluso las raíces se detuvieran a oír.

Elia caminaba sin manto, sin ceniza, sin adorno. Como si el cuerpo fuera suficiente. No llevaba signos sobre la piel, pero cada poro parecía escribir. Era cuerpo convertido en altar. Y eso bastaba. Como si el gesto de estar ya implicara todo lo que podía decirse. Cada pisada era medida, no por precaución, sino por presencia. Sentía cómo la tierra se adaptaba a su paso, como si sus huellas no marcaran, sino recordaran. Atrás, Riven y Fael la seguían, sin romper el silencio que se había sellado al alba.

El claro al que llegaron no era uno conocido. No era altar, ni lugar de canto, ni sitio de pacto. Era un espacio intermedio, como si el bosque hubiera retraído su piel solo por un instante para ofrecerles un pliegue secreto. Allí, al centro, se alzaba una presencia: no piedra, no tronco, sino materia antigua que no obedecía a forma conocida. Una raíz sin árbol, un gesto del subsuelo, como si la memoria vegetal hubiera decidido asomar su rostro.

Elia se detuvo frente a ella. No necesitó palabras para entender que no era ella quien había llegado. Era la raíz quien había venido a su encuentro.

Fael se inclinó primero. Tomó del suelo una pizca de tierra negra y la colocó sobre su lengua. Un gesto antiguo, para compartir sabor con la memoria vegetal. Riven se arrodilló después, clavando sus dedos en la tierra, dejando que la humedad subiera por sus brazos como oración sin voz. Elia no se movió. Cerró los ojos. Escuchó.

Y fue entonces cuando la raíz habló. No en lenguaje. En tacto. En temperatura. En un rumor que vibró dentro del cráneo como si la médula ósea hubiera recordado el primer gesto de pertenencia. Vio una red: no solo de raíces, sino de caminos, de cuerpos, de decisiones. Vio cómo cada gesto generaba una vibración que descendía por el suelo hasta encontrar eco en otras historias. La raíz decía: toda ruptura deja estela. Toda estela puede ser hilo. Todo hilo, retorno.

Elia abrió los ojos. En su mano había aparecido una hebra de corteza, enrollada como espiral dormida. No sabía cuándo la había tomado. Tal vez no fue ella quien la tomó. Tal vez fue la corteza quien se ofreció. Porque a veces las señales no se crean. Se permiten.

—Ésta será la señal —dijo. No gritó. No preguntó. Afirmó.

Riven asintió. Fael sonrió sin mostrar dientes. El claro vibró levemente, como si la misma tierra exhalara.

Entonces llegaron ellas. Las tejedoras.

No eran muchas. Cuatro. Todas de edades distintas. Una apenas adolescente. Otra con la espalda vencida por los años. No vestían igual. Una traía musgo en el cabello, otra tenía las uñas teñidas de azul savia. Cada una era un tiempo distinto del ciclo. La anciana olía a humo, la niña a fruta verde. Traían hilos. No de lana ni lino. Hilos de materia indeterminada: mezcla de pelo, savia, sangre seca, corteza pulverizada. Cada una colocó su madeja en el suelo, formando un círculo imperfecto alrededor de la raíz. Cada hilo traía consigo la memoria de quienes no fueron nombrados, pero aún susurraban entre las ramas.

Elia se arrodilló en el centro.

—No para atar —dijo.

Una de las tejedoras completó:

—Sino para recordar cómo nos unimos sin nudos.

Comenzaron a tejer. No era una urdimbre lineal. Era una espiral en expansión, un mapa corporal que crecía desde la intuición. Los hilos no se tensaban. Se acompasaban. Cada cruce de fibras era un suspiro del bosque. Las tejedoras no hablaban. Cantaban con las manos.

La raíz comenzó a sangrar.

Una savia espesa, ámbar, brotó de una fisura central. Elia mojó sus dedos y marcó su frente, como antes lo había hecho con ceniza. Luego marcó a Fael. A Riven. A cada tejedora. Ninguno se apartó. Ninguno preguntó.

La savia ardía como arde la verdad cuando toca un cuerpo que no la esperaba. Era un fuego sin llama, que no buscaba consumir, sino escribir desde adentro. Era un ardor lento, que no dolía en la carne, sino en la memoria. Como si cada célula del cuerpo recordara que había esperado este momento desde hacía siglos.

Una de las tejedoras, la más joven, cayó de rodillas, temblando. Elia fue hacia ella. Le tomó las manos y murmuró:

—No es tuyo solo. Este ardor nos atraviesa a todas.

La niña asintió. Y la espiral siguió creciendo.

Cuando la luz del sol tocó por fin el centro del claro, la raíz se retrajo. Lentamente. Como si volviera a dormir. Como si supiera que el mensaje ya había sido recibido.

Y lo que quedó fue una trama circular, húmeda, viva. Un tejido que no ataba. Que no mandaba. Solo unía.

Elia se incorporó. La espiral de corteza en su mano seguía intacta. La guardó junto a su corazón.

—Ya no somos ramas sueltas —dijo.

Y al decirlo, la raíz en el centro del claro se encendió brevemente. No en luz. En certeza.

Y el bosque, una vez más, supo que había sido escuchado. No con oídos. Con actos. Con piel. Con fibra trenzada. Y en su silencio final, tejió la siguiente historia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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