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Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 66

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Capítulo 66: Capítulo 66: Donde los cantos repiten el eco

El canto no comenzó con voces. Comenzó con una vibración en el suelo. Elia, sentada sobre una piedra cubierta de líquenes, sintió el primer pulso como un tambor contenido en la médula. Bajo su cuerpo, la piedra latía. No como un corazón, sino como un tambor olvidado. Y la piel de Elia —ya sin miedo, ya sin velo— escuchaba. No fue sorpresa: era reconocimiento. El bosque no traía algo nuevo. Traía algo que siempre estuvo, esperando garganta.

Alrededor del claro se habían reunido no solo los del linaje, sino otros. No clanes, no tribus, no consejos. Individuos con marcas que hablaban en voz baja. Piel cubierta de ceniza ritual, brazaletes tejidos con cables antiguos, aromas de madera quemada o hierro húmedo. No eran clanes. Eran sobrevivencias. Algunos traían lenguas muertas tatuadas en los brazos. Otros, cicatrices en forma de rayo. Todos, una historia. Nadie había sido llamado, pero todos sabían que ése era el día. Y ese lugar.

Fael fue el primero en levantarse. Sin decir palabra, comenzó a caminar en espiral, marcando el compás con sus pies descalzos. A cada paso, un sonido grave. Una nota percusiva que no venía de la boca, sino del cuerpo. El canto, entonces, brotó como un brote tras la lluvia: simultáneo, múltiple, incontenible.

Elia no necesitó un tono. Abrió la boca y dejó que algo más antiguo que su aliento hiciera el trabajo. Cada sílaba era una piedra regresando a su cauce. Cada nota, una hebra más en la red que ya no se tejía con hilos, sino con presencias.

—Te-yeem… —susurró alguien.

La palabra, sin dueño, se elevó. Luego fue repetida, multiplicada, extendida como humo azul. “Teyem” no era solo palabra. Era una raíz vocal que vibraba con el corazón de las cosas no dichas. Decirla era entonar lo que nunca fue olvidado, sólo enterrado. “Teyem” no nombraba algo. Activaba. Abría. Conectaba fibras invisibles entre cuerpos y ecos. Era una raíz sonora que no pedía traducción, solo entrega.

Riven caminó hacia el centro. Llevaba sobre las manos una vasija de cerámica oscura. Al acercarse, el canto disminuyó su volumen, pero no su intensidad. Como si se hiciera pequeño solo para escuchar. Con gesto solemne, volcó el contenido de la vasija sobre el círculo central: tierra de tres lugares distintos, mezclada con ceniza de ofrendas pasadas.

La tierra al tocar el suelo formó un símbolo. No uno aprendido. Uno revelado. Nadie sabía su significado exacto, pero todos lo reconocieron como si siempre lo hubiesen llevado impreso en la palma. Algunos contuvieron la respiración. Otros tocaron el suelo sin saber por qué. Una mujer susurró: “yo soñé esto cuando era niña”. Y nadie se rió. Porque todos lo habían soñado, de alguna forma.

Las voces entonces cambiaron de tono. Ya no eran notas aisladas, sino armonías. Las gargantas se respondían entre sí como si cada una tejiera una parte de un telar sonoro. El canto era puente y raíz, era ala y nido. Y en ese nido, lo olvidado encontraba calor.

La más anciana del lugar, una mujer encorvada con el rostro marcado por la intemperie, levantó su bastón y comenzó a entonar una melodía sin palabras. El sonido que emitía era crudo, quebrado, como viento entre ruinas. Pero no era frágil. Era el canto de los que hablaron sin ser oídos.

Elia se acercó a ella. No la interrumpió. Solo se sentó a su lado, cruzó las piernas, y cantó también. Una nota. Luego otra. No para corregir ni para adornar. Para acompañar. Para ser eco. Elia no era espejo de la anciana. Era su continuación. Y en esa armonía rota y recompuesta, el canto adquiría grietas. Grietas que dejaban pasar la luz.

La anciana abrió los ojos. Dentro de ellos, había algo que no era luz. Era fuego viejo. Asintió. Y en ese gesto, el canto cambió otra vez. Ahora no era solo de los cuerpos. Era del aire, del musgo, de las ramas suspendidas. Todo vibraba.

Las llamas del altar, encendidas horas atrás, comenzaron a titilar al ritmo del canto. No se consumían. Pulsaban. Como si en lugar de arder, respiraran junto a los que cantaban. Y la savia de un árbol cercano, herido hace tiempo, comenzó a manar con un color más claro. Como si también él, por fin, soltara su canto.

Fael colocó las manos en el suelo. Riven lo imitó. Una a una, las demás personas se unieron, hasta que todo el claro fue un campo de manos abiertas tocando tierra. La música ya no venía de las gargantas. Era una vibración conjunta que atravesaba la piel, la raíz, la roca.

Y entonces, silencio. No vacío. Silencio como acuerdo. Como cierre de ciclo. Como respiración retenida antes del primer paso.

Elia se levantó. Tomó del suelo una hoja grande caída de un fresno. Sobre su superficie, se había trazado, con la humedad del canto, una espiral.

—El canto no se apaga —dijo, con voz firme y baja—. Solo cambia de cuerpo. Se duerme en las vértebras, en los dientes, en el silencio entre frases. Pero basta una chispa —un paso, un nombre, un temblor— y despierta.

Y al decirlo, muchos comprendieron que el eco no dependía del bosque. Que estaba ya en su sangre, esperando apenas una nota para activarse.

A lo lejos, un ave solitaria emitió un trino breve. Un niño lo repitió con su boca. Y así, de forma involuntaria, un nuevo canto comenzó.

Uno más pequeño. Más simple. Pero igual de necesario.

Porque todo canto verdadero es raíz y es ala.

Y lo que hoy arde en la garganta, mañana florecerá en otro cuerpo.

En otra espiral.

En otro eco.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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