Luna de Sangre y Ceniza - Capítulo 8
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Capítulo 8: Capítulo 8: Hacia el Claro Espejado – El legado encendido
Elia apenas había dormido. Su mente giraba como un remolino imposible de detener. Las palabras del libro resonaban en su interior, entrelazadas con el fuego que ya no dormía bajo su piel. El símbolo de la luna creciente aún ardía débilmente sobre la primera página, como un faro que marcaba el inicio de un viaje inevitable.
Antes de que el sol asomara, encendió una vela pequeña y bajó en silencio. El aire tenía aroma a romero y tierra húmeda. Lena la esperaba. Sobre la mesa ardía una vela gruesa, rodeada por un pequeño anillo de pétalos marchitos y hojas secas.
—Si vas a partir —dijo Lena, sin alzar la voz—, antes debes cerrar lo que te une. Lo que no entiendes de ti, tampoco lo entenderás allá fuera.
Elia se sentó frente a ella. Lena le ofreció una ramita de salvia negra.
—Quémala. Y di un recuerdo que aún no hayas dicho en voz alta. No por mí. Por ti.
Elia sostuvo la ramita sobre la vela. Vio cómo la llama la devoraba despacio. Cerró los ojos.
—Cuando era niña… soñaba que corría por un bosque y alguien me seguía. Siempre creí que era miedo. Ahora no sé si era una advertencia… o un llamado.
Lena asintió.
—Mi hermana Aenar, tu madre, también soñaba con bosques. ¿Sabes? Le temía a la oscuridad. Cuando se iba la luz, cantaba en voz baja para que el fuego no se apagara. Una canción sin letra. Solo un murmullo. Pero funcionaba.
Elia sintió un nudo en el pecho.
—Nunca me cantó.
—No quería que heredaras su miedo. Solo su fuerza.
Lena tomó su mano y le entregó una daga corta, de empuñadura tallada con símbolos lunares. El metal era cálido, como si la reconociera.
—Tendrás que cruzar el bosque profundo. No es solo distancia, Elia. Es memoria. El Claro Espejado no se encuentra con los pies. Se alcanza con lo que estés dispuesta a recordar.
—¿Qué quieres decir?
—Allí verás verdades que podrían romperte. Fragmentos de ti que no sabías que habías olvidado. Ecos de otras vidas. No todas tuyas.
—¿Alguna vez fuiste tú?
Lena sonrió. Una sonrisa apagada.
—Yo fui muchas cosas, pero no una portadora. Mi deber siempre fue proteger a las que sí lo eran. Como tu madre. Como tú.
Se acercó y le colocó un colgante con una piedra opaca.
—Esta piedra no te protegerá del peligro. Pero sí te recordará quién eres… cuando empieces a olvidarlo.
Elia la colgó al cuello. En ese instante, sintió el fuego lunar encenderse en su esternón. No como amenaza, sino como una presencia viva que se estiraba hacia la piedra, palpitando con un eco cálido. Una chispa recorrió su espalda. No era sumisión. Era reconocimiento. Lena la observó en silencio, sabiendo que algo había ocurrido más allá de lo visible.
—El fuego lunar… no sé si lo controlo. A veces me responde. A veces me consume.
—Porque aún no has decidido si temerle o amarlo —dijo Lena—. La comprensión no es sumisión. Es relación. Habla con él. Pídele. No lo tomes.
Elia respiró hondo. Antes de salir, se arrodilló brevemente frente al fuego apagado de la chimenea. Cerró los ojos.
Y allí, en la penumbra de su mente, el fuego le habló. No en palabras. En imágenes.
Una puerta ardía en mitad de un bosque sin nombre. Del otro lado, se alzaba una figura: ella misma, mayor, con los ojos completamente blancos y la marca extendida por todo el brazo.
Elia se irguió. El corazón golpeándole el pecho. Comprender no era avanzar. Era enfrentarse a sí misma.
Se puso una capa ligera sobre los hombros y se dirigió hacia la puerta.
—¿Algún último consejo?
—Sí. No sigas el camino recto. El Claro se mueve. Lo encontrarás solo si escuchas al bosque, no si luchas contra él. Y cuando lo veas… no mires el reflejo demasiado tiempo. El Velo a veces refleja lo que más deseas, no lo que es.
Elia asintió. Cruzó el umbral de la casa, y el aire fresco del amanecer le golpeó el rostro como una promesa.
Su mano se cerró con firmeza sobre la empuñadura de la daga. Su corazón latía con fuerza.
El bosque profundo la esperaba.
Apenas puso un pie fuera, el mundo pareció contener el aliento. Los pájaros enmudecieron. El viento se curvó entre los árboles como un susurro que la reconocía. Las hojas se giraron hacia ella. Las sombras no huían: la observaban.
A los pocos metros, apareció una figura a su izquierda: una niña de cabellos oscuros, con ojos enormes. Se parecía demasiado a Elia. Sostenía una muñeca rota y murmuraba algo que apenas se oía.
—Mamá… mamá…
Elia dio un paso. Dudó.
El camino recto se abría claro a su derecha, pero la niña la llamaba hacia un sendero curvo entre los arbustos.
Cerró los ojos. Recordó las palabras de Lena.
No sigas el camino recto.
Pero esta vez, tampoco siguió la voz. Siguió la sensación.
El fuego lunar palpitó en su espalda. No como advertencia.
Como guía.
Dio media vuelta. Ignoró la figura. Y se adentró por un sendero que no había visto antes, uno que parecía dibujarse bajo sus pasos.
El bosque la aceptó.
Y el Claro Espejado, con sus memorias, con sus verdades, ya despertaba bajo la tierra.
Latiendo con su nombre.
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