Luna Rechazada, Ámame de Nuevo - Capítulo 129
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- Capítulo 129 - 129 Capítulo 129 Guía no deseada
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129: Capítulo 129 Guía no deseada 129: Capítulo 129 Guía no deseada El primer aullido hizo añicos el bosque como un cristal roto.
No era una advertencia.
Era un desafío.
Riana no dudó.
Su mano descendió en un tajo y el mundo estalló en movimiento.
Los lobos surgieron de entre las sombras, sus cuerpos se estiraban y deformaban mientras los huesos crujían y el pelaje brotaba.
—¡Al ataque!
—La manada renegada se transformó en plena carrera, sus formas humanas se desgarraban para convertirse en bestias enormes de pelajes cubiertos de cicatrices y ojos salvajes y feroces.
No se movían como lobos de manada adiestrados.
No había formación.
Ni disciplina.
Solo hambre y rabia.
Eran impredecibles.
—¡Proteged a la Luna!
—rugió Akiko.
Riana se transformó mientras se abalanzaba hacia delante, el dolor y el poder la arrollaron cuando su loba tomó el control.
Un pelaje blanco plateado rasgó su piel, los músculos se expandieron y las garras se clavaron en la tierra al tocar el suelo corriendo sobre cuatro poderosas extremidades.
El caos se desató.
La temida mestiza les provocaba escalofríos.
Los lobos renegados saltaban por el aire, con las mandíbulas chasqueando y las garras cortando.
Riana se agachó para esquivar a uno, rodó y se irguió de un salto, sus dientes rozaron la carne, pero no lograron aferrarse.
Sintió una punzada aguda en el flanco, demasiado lenta.
Eran más grandes.
Más rudos.
Carlita gritó a su espalda.
—¡Riana!
¡Izquierda!
¡IZQUIERDA!
Un lobo renegado la atacó por el flanco, pero una barrera resplandeciente se encendió cuando Carlita chocó las palmas de sus manos, y la magia estalló hacia fuera como una onda de choque.
El lobo se estrelló contra ella con un aullido de dolor, y salió despedido con la fuerza suficiente para chocar contra un árbol.
Carlita jadeó y siguió susurrando hechizos para proteger a quien pudiera.
—¡Vale!
¡Ese se queda en el rincón de pensar!
Era una experta en pociones, no una bruja que lucha en la guerra.
Le temblaban las manos al aferrarse a su magia para mantener firme el escudo.
—¡Akiko!
¡DERECHA!
¡Riana, ABAJO!
Riana gruñó y se abalanzó de nuevo, pero los renegados se adaptaban rápido.
Dos la rodearon mientras otro fingía un ataque, atrayendo su atención antes de que un cuarto la golpeara por la espalda.
—¡Escoria mestiza!
—dijo el que parecía el alfa renegado mientras se erguía sobre Riana.
Ella se giró demasiado tarde; unos dientes rasparon su hombro y un dolor ardiente estalló en sus nervios.
Tropezo.
Por primera vez desde que comenzó la pelea, Riana vaciló.
Fue entonces cuando Carlita usó toda su fuerza para apartar al alfa renegado de Riana, dándole tiempo para levantarse y volver a luchar.
Pero esa fuerza hizo que Carlita cayera de rodillas, jadeando en busca de aire.
«Poción, poción.
Debo de tener algo en mi bolso».
Akiko embistió a uno de los renegados, sus mandíbulas se cerraron alrededor de su garganta, mientras dos de los lobos de Rafael luchaban espalda con espalda cerca de allí.
Pero eran demasiados.
Estaban perdiendo terreno.
—Carlita… ¡Akiko, protege a Carlita!
—gruñó Riana a través del enlace.
Una sombra se movió demasiado rápido.
El corazón de Riana dio un vuelco.
Dos renegados rompieron la formación, pero no hacia ella.
Apuntaban a Carlita.
Lo habían descubierto.
La bruja.
El escudo.
Carlita apenas tuvo tiempo de gritar antes de que uno se abalanzara.
Riana vio todo rojo.
—¡NO!
Su loba se lanzó hacia delante con un gruñido feroz, dando un salto imposiblemente largo.
Chocó con el renegado en el aire, sus garras rasgaron su costado mientras caían al suelo.
Apretó las mandíbulas con fuerza, y el hueso crujió bajo su mordida.
El lobo quedó inerte.
Giró justo a tiempo para cortar al segundo atacante en la cara, enviándolo aullando en retirada hacia la maleza.
Carlita volvió a caer de rodillas, temblando.
—Yo… vale, oficialmente odio a los Lobos Renegados.
Riana se giró… demasiado tarde.
Algo se estrelló contra su costado, aplastándola contra el suelo.
Unas mandíbulas chasquearon a centímetros de su garganta.
Se preparó para el dolor… pero nunca llegó.
Un borrón de movimiento.
Un enorme lobo negro se estrelló contra el atacante, arrancándolo con una fuerza brutal.
Rodaron, mordiéndose y arañándose, hasta que el renegado fue arrojado a un lado, sangrando profusamente.
Riana se levantó como pudo, aturdida.
Su rugido era fuerte, muy familiar.
—¿Borga?
El lobo negro se transformó a medio paso, los huesos crujieron mientras se erguía en su forma humana.
Alto.
Ancho de hombros.
Lleno de cicatrices.
El beta de su padre.
Estaba segura de ello.
Su pecho se oprimió de furia.
—TÚ.
Él se limpió la sangre de la boca y la miró con ojo crítico.
—Dudas demasiado.
Ella lo miró fijamente, sin ropa.
Él entonces alcanzó su chaqueta del suelo para cubrirse.
Ella lo miró como si de verdad fuera a morderlo otra vez.
—No hables —espetó, mientras volvía a transformarse y se abalanzaba sobre otro renegado—.
Lucha.
Él la siguió sin decir una palabra más, lanzándole su camisa para que se cubriera.
—Eres lenta, Riana.
Se movieron juntos, una familiaridad no deseada encajando en su lugar.
Él anticipaba sus pasos, bloqueaba los golpes dirigidos a sus puntos ciegos, contraatacaba donde ella se excedía.
—Tu juego de pies es descuidado —dijo con calma mientras derribaba a un renegado por la espalda; incluso en su forma humana podía luchar contra lobos—.
Favoreces demasiado la izquierda.
Eso funciona en el combate estructurado de manada, no contra animales como estos.
Son renegados.
¿Has olvidado tu entrenamiento en la manada Regalia?
—Cállate.
La.
Boca —gruñó Riana, agachándose justo cuando él tiró de ella hacia abajo, en el mismo instante en que unas garras rasgaban el aire donde había estado su cuello.
—¿Ves?
—dijo él—.
A eso me refiero.
No dudes.
Ella giró sobre sí misma y le hincó los colmillos en el hombro a otro renegado, retorciéndose con fuerza.
Este gritó y cayó.
—No necesito tu entrenamiento —gruñó y escupió sangre al suelo.
—Y, sin embargo —replicó él con frialdad—, sigues viva gracias a él.
El alfa renegado rugió, enorme y cubierto de cicatrices, con los ojos encendidos mientras cargaba directo hacia Riana.
Ella lo enfrentó de cara.
Ambos estaban en forma humana y ella vio su rostro lleno de cicatrices.
Chocaron con una fuerza que hizo temblar los huesos, rodando por el suelo del bosque, mordiéndose y arañándose.
Él era más fuerte, mucho más viejo, impulsado por la locura, pero Riana era más rápida.
Se agachó mientras él lanzaba una mordida, y recordó las palabras de Borga.
«Lado derecho.
Cuello.
Profundo».
Se abalanzó.
Sus dientes se hundieron en la garganta del renegado.
Sangre caliente inundó su boca mientras desgarraba hacia un lado, arrancando carne y músculo.
El alfa se desplomó con un gorgoteo ahogado, su cuerpo convulsionó antes de quedar inmóvil.
El silencio se hizo.
Uno por uno, los renegados que quedaban se quedaron helados.
Entonces, huyeron.
El bosque volvió a respirar.
—¡Tú!
¡Tienes mucho que explicar, Borga!
Los lobos volvieron a su forma humana, maltrechos y sangrando.
Riana se tambaleó mientras Carlita corría a su lado, quitándose la chaqueta y poniéndosela a Riana sobre los hombros.
Luego le revisó el abdomen y el cuerpo rápidamente.
—El bebé está bien.
—¿Bebé?
—Borga sonrió a Riana—.
No deberías estar peleando aquí fuera, Riana.
—Cállate, no me des lecciones.
Ahora, dime qué demonios haces aquí.
—No, él tiene razón.
No deberías estar aquí, en el bosque frío —dijo Carlita con firmeza—.
No te quedes ahí parada, desnuda y sangrando como una pintura trágica.
La chaqueta.
Súbete la cremallera.
Ahora.
Riana se dejó hacer, con el pecho agitado y sin apartar los ojos de Borga.
—Tú —dijo ella con frialdad—.
¡Explícate!
—Está bien.
—Le sostuvo la mirada—.
Tu padre me ordenó que viniera.
Para protegerte.
Su risa fue aguda y sin humor.
—¿Ayudando a tenderle una emboscada a mi prometido?
Su mandíbula se tensó.
—Vine a negociar.
A evitar que el alfa renegado te… atacara a ti.
Rafael me importa un carajo.
Estoy aquí para protegerte a ti, no a él.
Por orden del Alfa Amos Regalia.
—Y fallaste.
—Sí —admitió él—.
Pero la orden nunca fue sobre Rafael.
Solo era para asegurar que sobrevivieras.
Riana lo miró fijamente, la incredulidad y la furia luchaban en su pecho.
—Esperas que me crea eso —dijo en voz baja—, ¿después de todo?
Él me odia, y el sentimiento es mutuo.
Él no respondió.
Y de alguna manera, eso la asustó más.
—No lo ves, ¿verdad, Riana?
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