Luna Rechazada, Ámame de Nuevo - Capítulo 13
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- Capítulo 13 - 13 Capítulo 13 Un punto de quiebre
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13: Capítulo 13: Un punto de quiebre 13: Capítulo 13: Un punto de quiebre El aire nocturno del exterior del hospital se sentía más frío que antes, un viento gélido que calaba la seda y los huesos.
Se le tensó la mandíbula al ver a Susan, inmaculada como siempre, con su pelo plateado recogido en un moño perfecto y su caro abrigo de piel impecable a pesar de la hora.
Una perfeccionista, sin duda.
Susan parecía el retrato de una matriarca recién salida de una antigua pintura aristocrática; de esas que no muestran ni sonrisa ni expresión alguna en el rostro.
Los tacones de la mujer mayor repiqueteaban con fuerza contra el pavimento mientras se acercaba a Riana, con los ojos ya centelleando de furia.
—Así que es verdad.
Fuiste a esa Gala esta noche mientras tu hija estaba en la cama de un hospital, luchando por su vida.
Dramática.
Tenía un don para exagerar las historias.
Riana inspiró lentamente, esforzándose por que su voz sonara calmada.
—En cuanto me enteré de que estaba hospitalizada, vine directamente.
Susan resopló, sin creer una palabra de lo que salía de la boca de Riana.
—Oh, qué noble.
Entre bailar con otro hombre y pavonearte con vestidos como ese…
—señaló el vestido de Riana, arrugando la nariz—, imagino que estabas muy ocupada…
lejos de Willa.
—¿Perdona?
—No tienes clase, Riana.
¡Eres una vergüenza!
—la voz de Susan se alzó, resonando en el hormigón—.
Mi hijo es demasiado bueno para ti.
Nuestro futuro Rey Alfa.
¿Y así es como le pagas?
¿Zanganeando por ahí con otro hombre, humillando el apellido de nuestra familia?
Riana esbozó una media sonrisa, pues las palabras de Susan le parecieron bastante divertidas.
—Tu familia parece tener una definición de la lealtad muy flexible.
Wesley se encargó de arruinar su propia reputación y de humillar nuestro matrimonio mucho antes de que yo pusiera un pie en ese salón.
¿Tan ciega estás que no te das cuenta de que tu preciado hijo se pasea con su amante en público?
Stella apareció y soltó una risita ante las palabras de Riana.
No se atrevía a contradecir a su dominante y controladora madre.
—No te atrevas a hablarme así —espetó Susan, paseando su furiosa mirada de su hija Stella a Riana—.
Ya no estás en posición de…
—Ya no soy tu nuera —la cortó Riana en seco.
Las palabras la golpearon como una bofetada.
Susan parpadeó y buscó la confirmación de Stella, que asintió con la cabeza.
—¿Qué has dicho?
Riana dio un paso más, su voz era fría, firme y deliberada.
—Wesley y yo estamos divorciados.
Así que tal vez deberías recordarlo antes de acusarme de deshonrar un apellido que ya no me pertenece.
—¿Te has divorciado de mi hijo?
—el rostro de Susan se contrajo, incrédulo—.
¡Imbécil!
Riana alzó la barbilla.
Había esperado mucho tiempo para poder plantarle cara a Susan.
—Me divorcié de tu hijo en el momento en que me di cuenta de que merecía algo mejor.
La furia de Susan se intensificó.
Su mano se crispó —rápida, instintiva— y se alzó para abofetearla de nuevo.
Pero esta vez, Riana le sujetó la muñeca en el aire.
Luego, la apartó de un enérgico empujón.
—¡Riana, cuidado!
¡Es mi madre!
—intervino Stella, ayudando a Susan a estabilizarse.
Tanto Susan como Stella se quedaron atónitas ante la fuerza y la audacia de Riana para defenderse.
—Susan, no tienes ningún derecho a sermonearme.
Ya no puedes controlarme como controlas a tu preciado y malcriado hijo.
Continuó, con un odio palpable en la voz: —Con una vez fue suficiente.
Te respeté durante años porque eras su madre.
Pero ya no soy aquella chica obediente.
Intenta ponerme una mano encima otra vez y te arrepentirás.
Por un momento, se quedaron mirando la una a la otra.
La voz de Susan temblaba de rabia.
—Te has vuelto una insolente.
—No, ahora soy libre.
Riana se ajustó el abrigo con lenta precisión.
—Ahora, si me disculpan, quiero volver a ver a mi hija para ver cómo está.
Pueden guardarse sus regaños y su orgullo familiar.
Son incapaces de mostrar la más mínima amabilidad.
Riana solo quería alejarse de ellas.
Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y caminó de nuevo hacia la entrada del hospital, con sus tacones repicando sobre las baldosas al ritmo de una furia contenida.
Al llegar a la puerta de la habitación de Willa, la escena que la aguardaba en el interior la hizo detenerse en seco.
Geena, su Loba, también gruñó, disgustada.
A través de la ventana de cristal de la habitación, los vio: Wesley, sentado al borde de la cama, sostenía los diminutos dedos de Willa.
La taimada Delilah, su amante, estaba al otro lado, cepillándole el pelo con suavidad mientras le susurraba algo que hizo a la niña reír débilmente.
«Esa debería ser yo».
Le dolió profundamente verlos como una familia perfecta.
Era una estampa de ternura —falsa o no— que golpeó a Riana como un puñetazo en el pecho.
Los dedos de Riana se aferraron al marco de la puerta.
Las palabras del Doctor Lee resonaron en su cabeza: «Es más fuerte gracias a ti».
Se obligó a respirar, a ser racional, a esperar.
Pero entonces, la voz de Willa, que se filtró por una rendija de la puerta, avivó sus emociones: «Ojalá la tía Delilah pudiera ser mi mami todo el tiempo».
Aquel sonido rompió algo dentro de Riana de un modo que ningún divorcio había conseguido jamás.
Abrió la puerta de un empujón, con la voz temblando de furia y desolación.
—Ya basta, Willa.
Las risas cesaron al instante.
Wesley levantó la vista, sobresaltado.
Delilah se quedó paralizada.
Y los ojos de Willa se abrieron de par en par.
Riana entró en la habitación, y su sola presencia la inundó sin esfuerzo.
—Me alegro de que todos disfruten de este pequeño cuento de hadas.
Un final de «y vivieron felices para siempre», por lo que veo —dijo, con un tono afilado y gélido—.
Pero recordemos quién soy yo.
Wesley frunció el ceño.
—¿Riana, qué haces aquí otra vez?
—Oh, lo haré aquí mismo —espetó ella—.
Ya que todo el mundo parece creer que dejé de existir en el momento en que encontraste un reemplazo.
—¿Mami?
Por favor…
—dijo con voz débil, sabiendo muy bien que Riana estaba enfadada.
—No me supliques —Riana se volvió hacia su hija, suavizando la voz, aunque todavía cargada de dolor—.
Willa, ¿quieres que la tía Delilah sea tu mami?
Willa vaciló, con la mirada saltando de uno a otro.
—Riana, para —dijo Wesley, dando un paso al frente—.
Es mejor que te vayas ahora.
Pero Riana no se movió.
Su voz era queda, y temblaba bajo su firmeza.
—No, Wesley.
Ya no vas a silenciarme más.
El rostro de Wesley se endureció.
—La estás alterando.
La compostura de Riana se resquebrajó lo justo para revelar el dolor que ocultaba.
—¿Alterada?
¿Crees que está alterada ahora?
Espera a que crezca y se dé cuenta de que su padre la puso en contra de su madre, y que su madre estaba demasiado desconsolada para defenderse.
A Willa se le llenaron los ojos de lágrimas mientras se aferraba a la mano de Delilah.
—Willa, ¿la quieres a ella como mami?
Bien.
Puedes quedártela.
Riana le dedicó una última mirada a su hija —grabándose a fuego la forma de sus ojos, el pequeño hoyuelo de su mejilla izquierda— y luego se giró hacia la puerta.
Su voz temblaba, pero no se dio la vuelta.
—Espero que algún día, Willa, entiendas que no me fui porque dejara de quererte.
Me fui porque tú ya no me querías.
—Así que te lo pregunto de nuevo, Willa.
Elige: yo o la tía Delilah.
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