Luna Rechazada, Ámame de Nuevo - Capítulo 138
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- Capítulo 138 - 138 Capítulo 138 Su voto a ella
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138: Capítulo 138: Su voto a ella 138: Capítulo 138: Su voto a ella La música cambió en cuanto Riana salió de la carpa.
No era fuerte ni dramática.
Era suave y rítmica, acompañada por ligeros tambores y un distante cántico tradicional que parecía surgir del propio bosque.
El brazo de su padre se sentía firme bajo su mano mientras comenzaban a caminar; el sendero ante ellos brillaba suavemente con la luz de los farolillos y las luciérnagas flotaban como estrellas vivientes.
—¿Te rogó que vinieras?
—le susurró.
—No Rafael, sino Borga.
Ese hombre me conoce bien —le susurró Amos de vuelta, riendo por lo bajo.
Riana sonrió suavemente y asintió.
—Le di un puñetazo en la cara.
—Lo sé, lo vi.
Está orgulloso de lo fuerte que te has vuelto.
Dijo que tienes una buena técnica de combate.
No le digas que te lo he contado.
Se movían despacio, deliberadamente, como si la noche mereciera su paciencia.
Los invitados se pusieron de pie en un silencio que parecía casi reverencial.
La siguieron susurros, suaves y asombrados, pero nadie habló lo suficientemente alto como para romper el momento.
Sobre ellos, los árboles se erguían, altos y antiguos, con sus ramas arqueándose hacia adentro como para cobijar el claro.
El bosque se sentía vivo, observando, dando testimonio.
Se detuvieron justo cuando la luna comenzaba a salir.
Coronó la alta línea de árboles en un silencio perfecto, llena y radiante, derramando su luz plateada por todo el claro.
Un murmullo de asombro recorrió la multitud.
Incluso aquellos que habían vivido toda su vida bajo cielos iluminados por la luna parecían tomados por sorpresa por su belleza esa noche.
Las luciérnagas brillaron con más intensidad, su resplandor respondiendo a la llamada de la luna, y el canto de las hadas se hinchó, más alto y claro, tejiendo magia en el aire.
Era una noche hecha para los lobos.
Y para las brujas y los vampiros que apreciaban a Riana.
Las piedras alrededor del altar reflejaban la luz de la luna como hueso pulido.
Los símbolos tallados en ellas centelleaban débilmente, la magia antigua despertando a medida que la luna alcanzaba su cenit.
El aroma a pino, vino y flores silvestres se mezclaba, embriagador y a la vez anclándola a la tierra.
Su loba se agitó en su interior, encantada con la escena.
Riana se sintió pequeña bajo el vasto cielo.
Y, de algún modo, perfectamente en su sitio dentro de él.
Sus ojos buscaron instintivamente entre la multitud.
Primero encontró a su pequeña Willa.
Su hija estaba de pie entre los otros niños, cerca del frente, con su pequeño rostro radiante de orgullo.
Llevaba el atuendo tradicional de los hombres lobo, cuero suave y tela tejida a su medida, con el emblema de la manada Knight cosido cuidadosamente sobre su corazón.
Tenía el pelo trenzado con finos hilos de plata y aferraba su cesta de flores vacía como si fuera lo más importante del mundo.
Cuando Willa vio que Riana la miraba, sonrió de oreja a oreja y levantó la barbilla con orgullo, como diciendo: «Mira, Mami.
Yo también pertenezco a este lugar».
A Riana se le oprimió el pecho.
Le devolvió la sonrisa, parpadeando entre lágrimas.
Entonces, lo vio.
Rafael estaba de pie cerca del altar, alto e inmóvil, vestido de negro y gris oscuro ceremonial; el corte de su ropa era tradicional, pero inconfundiblemente suyo.
Llevaba el pelo pulcramente recogido hacia atrás y su postura era controlada, pero sus ojos lo delataban.
Estaban fijos en ella con una intensidad que hacía que el resto del mundo se desvaneciera.
«Te ves… tal y como te soñaba.
Decir que estás hermosa es quedarse corto, mi amor», se comunicó con ella por el vínculo mental y le sonrió con galanura.
Dio un paso adelante.
Luego, otro.
Los invitados volvieron a murmurar, esta vez más bajo, con voces llenas de calidez y admiración.
—Está deslumbrante.
—Los dos lo están.
—Luce radiante.
Riana apenas los oyó.
Su atención se centró en Rafael mientras este llegaba a su altura y se detenía ante su padre.
Por un breve instante, los dos hombres se observaron.
Mirándose como si estuvieran a punto de devorarse, pero luego exhalaron lentamente, apaciguando sus emociones.
El peso de su historia pasó entre ellos sin necesidad de palabras.
Entonces, Rafael inclinó la cabeza ligeramente, respetuoso, deliberado.
—Alfa Amos, yo la llevaré desde aquí —dijo Rafael.
Su padre vaciló solo un segundo antes de asentir.
La miró, sonrió y luego colocó la mano de Riana en la de Rafael; su agarre se prolongó lo suficiente como para despedirse sin tener que decirlo en voz alta.
Riana sintió el cambio de inmediato.
Contuvo la respiración, sintiendo la potente conexión que surgía entre sus lobos interiores.
La mano de Rafael era cálida y firme, anclándola de una forma que ninguna otra cosa podía hacerlo.
Le apretó los dedos con suavidad, un gesto silencioso para tranquilizarla, y la guio hacia adelante hasta que estuvieron juntos bajo la luna llena.
El sacerdote lobo dio un paso al frente, con su túnica rozando la tierra.
Su pelo era plateado y sus ojos, agudos y sabios, tan antiguos como los rituales que custodiaba.
—Bajo la luna vigilante —entonó el sacerdote—, y ante aquellos que se presentan como testigos, nos reunimos para unir dos almas.
Rafael se volvió hacia Riana, levantando lentamente la mano.
—¿Puedo?
Ella asintió.
Él alargó la mano y le levantó el velo, revelando por completo su rostro a la luz de la luna.
Cuando sonrió, no fue la sonrisa serena de un alfa o un líder.
Fue la sonrisa suave e íntima del hombre que la amaba.
—Eres despampanante —susurró él.
A ella le temblaron los labios.
—Tú también.
El sacerdote hizo un gesto, y adelantaron un antiguo cuenco de piedra, grabado con símbolos más antiguos que cualquier lobo vivo.
Dentro de él había una copa de plata llena de vino oscuro, cuya superficie ya resplandecía con magia.
—Este vínculo no se sella solo con palabras —dijo el sacerdote—, sino con sangre.
Pues la sangre recuerda.
La sangre perdura.
Primero pusieron una pequeña daga ceremonial en la mano de Rafael.
Él no dudó.
Volvió la palma hacia arriba e hizo un corte preciso y superficial.
La sangre brotó, oscura y vívida, y goteó en el vino que había debajo.
A Riana se le cortó la respiración.
Le pasaron la daga.
Rafael la observaba atentamente, y la preocupación se dibujó fugazmente en su rostro, pero ella le sostuvo la mirada y sonrió con dulzura.
—Estoy lista —dijo ella.
Hizo el corte, con cuidado y rapidez.
Un escozor, breve y agudo.
Su sangre se unió a la de él en la copa, y el vino brilló con más intensidad al aceptarlos a ambos.
El sacerdote murmuró antiguas plegarias en un idioma que parecía resonar en los huesos.
Ató un fino hilo rojo alrededor de sus muñecas, uniéndolos y anudando el destino y la promesa en un simple gesto.
—Pronuncien sus votos —dijo el sacerdote.
Rafael se giró por completo hacia Riana.
El mundo pareció detenerse.
—Riana, mi amor —comenzó, con la voz firme pero embargada por la emoción—.
Desde el momento en que volviste a mi vida, me recordaste lo que significa elegir.
Elegir el amor.
Elegir el valor.
Sintió cómo las lágrimas se derramaban sin control.
Su cuerpo temblaba ligeramente y hacía todo lo posible por controlar sus emociones.
—Juro estar a tu lado, no delante de ti ni detrás de ti —continuó—.
Protegeré lo que amas, honraré lo que temes y respetaré la fortaleza que te ha costado llegar a ser quien eres.
Su mano se apretó en torno a la de ella.
—Juro amar a tu hija como si fuera mía, ser digno de su confianza y de su risa.
Juro construir un hogar en el que nunca te silencien y nunca estés sola.
Segura y feliz.
Mi familia es ahora tu familia.
Se le quebró un poco la voz.
—Y bajo esta luna, ante todos los que son testigos, juro elegirte cada día, durante todos los días que se nos concedan.
Mi esposa, mi Luna.
Riana ya lloraba abiertamente, y las lágrimas se deslizaban libremente mientras reía suavemente entre ellas.
—Es la hora —asintió el sacerdote—.
Sellen el vínculo, pues la luna ha dado su bendición.
Rafael se inclinó, su frente rozando la de ella.
—Mi esposa —murmuró.
Entonces la besó, lento y seguro, bajo la luna llena, mientras el bosque pareció suspirar en señal de aprobación.
Las luciérnagas ascendieron en un remolino, el canto de las hadas estalló en una celebración y un aullido grave y reverente se alzó entre los lobos presentes.
Riana le devolvió el beso, con el corazón pleno y el alma en calma.
Por primera vez en su vida, todo se sentía completo.
Era perfecto, justo como él lo había planeado.
A poca distancia, Wesley había llegado a la entrada y la vio besando a Rafael.
Jadeaba, sin aliento, tras haber seguido el rastro de migajas que su hija le había dejado.
Qué niña tan lista, esperando que su padre llegara a tiempo para hacer que su madre volviera a amarlo.
—No deberías estar aquí.
—La voz profunda sobresaltó a Wesley; un par de ojos verdes lo miraban fijamente.
—¿Qué hace aquí el Rey Vampiro?
Julian sonrió con superioridad y se arregló el traje.
—Estoy manteniendo el equilibrio.
No se supone que debas estar aquí, Wesley Winters.
—Se supone que debo estar aquí.
Pero ahora entiendo que intentaste impedirme llegar hasta ella, Julian.
—Wesley trató de entrar en el claro, pero se percató de que un escudo le impedía el paso—.
¿Ahora usas magia, Julian?
—No él, sino yo.
—La voz provenía de un hombre que nunca había visto.
—Usted —dijo Wesley—, ¿del tratado de paz?
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