Luna Rechazada, Ámame de Nuevo - Capítulo 180
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- Capítulo 180 - 180 Capítulo 180 Muerte al rey
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180: Capítulo 180 Muerte al rey 180: Capítulo 180 Muerte al rey La noticia se extendió como la pólvora por todo el mundo.
El Rey Alfa Leon estaba muerto.
No simplemente muerto.
Asesinado.
Por todos los continentes, casas de las manadas, ciudades, bosques y territorios ocultos de los hombres lobo, la conmoción sacudió cada rincón del mundo sobrenatural.
Los teléfonos no paraban de vibrar, los ancianos susurraban con urgencia y los guerreros fueron convocados de inmediato por sus manadas.
Incluso los Humanos habían empezado a oír rumores.
«Ha caído un poderoso líder mundial».
Era lo que se oía susurrar en las calles.
Pero en el mundo de los hombres lobo, la verdad conllevaba un peso mucho mayor.
El Rey Alfa había sido asesinado en combate.
Y según la antigua ley de los hombres lobo, eso significaba algo aterrador.
Aquel que derrotaba al rey tenía derecho a reclamar el trono.
Si era lo suficientemente fuerte para conservarlo.
Dentro del enorme salón de piedra de la Cámara del Consejo de Hombres Lobo, reinaba el caos.
La cámara circular fue construida hacía siglos, diseñada para albergar a los líderes de las manadas más poderosas del mundo.
Una gigantesca mesa redonda tallada en roble negro dominaba el centro de la sala, rodeada de imponentes sillas que representaban a los líderes Alfa.
Hoy, ninguno de ellos estaba tranquilo.
Las voces resonaban violentamente contra los muros de piedra.
—¡ESTO ES IMPOSIBLE!
—¡Era el más fuerte de entre nosotros!
—Era viejo, pero era un gran líder que mantenía la paz.
—¿Quién se atrevería a desafiar al Rey Alfa Leon?
¡Revélate!
—¡¿Quién permitió este duelo?!
Las manos golpeaban la mesa, haciendo vibrar las paredes de la cámara.
Los gruñidos se extendían por la sala mientras los lobos luchaban por mantener el control de sus instintos.
En un extremo de la cámara se sentaba Wesley, con la mandíbula apretada y los hombros tensos.
A su lado estaba Rafael, ligeramente recostado en su silla, pero observándolo todo con ojos agudos.
Junto a Rafael estaba sentada Riana.
Su loba interior se agitó, inquieta, pues sentía que el caos se aproximaba.
Al ser mitad Bruja y tener dones de premonición heredados de su difunta madre, a duras penas conseguía controlar sus pensamientos sobre lo que ocurriría en un futuro próximo.
Rafael le sostuvo la mano al sentir su inquietud y cómo se le aceleraba el corazón.
Ella lo miró y le habló a través de su vínculo mental: «No puedo estar aquí.
Hay demasiado caos».
«Estoy aquí.
Estarás bien» —le respondió él, y le apretó la mano con más fuerza.
Aunque era mitad hombre lobo, muchos en el Consejo respetaban su inteligencia e influencia.
Su calmada presencia contrastaba marcadamente con la de los furiosos Alfas que la rodeaban.
Calma por fuera, pero un caos por dentro.
Un Alfa mayor golpeó la mesa con el puño.
—¡Necesitamos respuestas!
—ladró—.
¿Cómo murió el Rey Alfa Leon sin que el Consejo lo supiera primero?
Otro Alfa gruñó.
—¡Porque alguien aquí está ocultando la verdad!
Varios lobos se levantaron de inmediato de sus sillas, enseñando los dientes.
—¡Cuidado con tus acusaciones!
—¡¿Te atreves a insinuar una traición?!
Wesley se levantó de repente.
—¡BASTA!
El agudo chirrido de su silla silenció varias voces.
Sus ojos dorados recorrieron la sala.
—He dicho…
¡Basta!
Su orden de Alfa transmitía poder, y unos cuantos lobos bajaron la cabeza instintivamente.
Wesley se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando ambas manos en la mesa.
—Discutir como animales no traerá de vuelta al Rey Alfa Leon.
Siguió un pesado silencio.
Rafael, a su lado, asintió levemente en señal de aprobación.
—Lo que importa ahora es entender por qué ocurrió el duelo —continuó Wesley con firmeza—.
¿Quién lo desafió sin la aprobación del Consejo?
Un Alfa de los territorios del norte se cruzó de brazos.
—La ley es clara —dijo con dureza—.
Si alguien lo desafió y ganó, el trono pertenece al vencedor.
Otro Alfa gruñó.
—Esa ley existe para el combate honorable, no para el asesinato.
—Entonces, necesitamos pruebas —habló por fin Rafael, con voz tranquila pero firme—.
Y un testigo de la victoria.
Varias cabezas se volvieron hacia él.
Rafael apoyó el brazo en la mesa.
—Si el Rey Alfa Leon fue desafiado correctamente, existirían testigos.
Hizo una pausa.
—Si no…
entonces estamos ante una traición.
La sala se agitó con inquietud.
Riana se inclinó discretamente hacia adelante, con una mano en su vientre abultado.
Su voz era más suave que la de los demás, pero transmitía una autoridad sorprendente.
—La mayor amenaza ahora mismo es la incertidumbre —dijo.
Varios Alfas la miraron.
—Si el trono permanece vacío —continuó—, las manadas empezarán a tomar partido antes incluso de que se sepa la verdad.
Juntó las manos con calma.
—Y eso lleva a la guerra.
No queremos eso, ¿verdad?
Un murmullo se extendió por la sala.
Wesley la miró y asintió levemente.
—Tiene razón.
Un Alfa volvió a golpear la mesa.
—Entonces, ¿qué sugieres, Alfa Wesley?
La mirada de Wesley se endureció.
—Identificaremos al asesino.
Lo llevaremos a juicio.
Otro Alfa resopló.
—¿Y si reclama el trono?
La voz de Wesley se volvió gélida.
—Entonces, que demuestre que se lo merece.
La tensión se hizo más densa.
Porque cada lobo en esa sala entendía lo que eso significaba.
Desafiar a un aspirante al trono era arriesgarse a la muerte.
De repente…
y justo cuando empezaba otra discusión, las enormes puertas del consejo se abrieron de golpe.
Los pesados paneles de madera se estrellaron contra las paredes con un eco atronador.
Todos los Alfas de la sala se giraron al instante.
Y la temperatura de la cámara pareció desplomarse.
Una figura alta entró por el umbral.
Tras él venía un grupo de guerreros.
Uno.
Dos.
Cinco.
Diez.
Doce.
Una docena de poderosos hombres lobo entraron en la cámara en completo silencio, con expresiones frías y seguras.
En el centro de ellos caminaba…
Miles Gray.
Se movía lentamente, casi con despreocupación, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Varios Alfas se pusieron de pie al instante.
Algunos lo miraron con ira al sentir que se avecinaban problemas.
Los ojos de Wesley se entrecerraron.
Rafael se enderezó ligeramente en su silla.
Riana sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.
Su instinto de Bruja le advirtió que una gran perturbación estaba a punto de ocurrir.
Miles Gray se detuvo justo al entrar en la cámara.
Sus ojos buscaron a alguien y, cuando la encontró, le sonrió y le guiñó un ojo.
Riana se sintió asqueada.
Su mirada recorrió de nuevo la sala, claramente divertido por el silencio atónito.
—Vaya —dijo con ligereza—, parece una reunión animada.
Nadie respondió.
Nadie se atrevía a provocar a un Alfa que gobernaba su propia manada sin piedad.
Finalmente, Wesley habló.
Su voz era peligrosamente baja.
—Miles Gray.
—Alfa Miles Gray —sonrió Miles con levedad—.
Wesley.
Uno de los Alfas más viejos se levantó bruscamente.
—¿Por qué estás aquí?
A esta reunión solo se asiste por invitación.
—¿Acaso no soy yo también un Alfa?
—Miles ladeó ligeramente la cabeza—.
Creo que estáis discutiendo la muerte del Rey Alfa…
Leon.
Un gruñido bajo se extendió por la sala.
Wesley dio un paso al frente.
—¿Sabes algo al respecto?
Miles rio suavemente.
—Oh, sé bastante.
Sus guerreros permanecían tras él, con los brazos cruzados, completamente imperturbables ante la sala llena de Alfas.
La voz de Rafael cortó el silencio.
—Entonces, habla.
No nos hagas perder el tiempo con tu acto teatral.
Los ojos de Miles se dirigieron hacia Rafael con interés.
—¿Teatral?
Luego, se encogió de hombros con indiferencia.
—Muy bien.
Avanzó lentamente y de nuevo provocó a Riana con una sonrisa.
—Hola, Riana.
Estás preciosa, como siempre.
—¡No le hables a mi esposa!
—gruñó Rafael, ocultando a Riana de la vista de Miles—.
Ve al grano, Miles.
Miles rio entre dientes y se humedeció los labios.
Cada uno de sus pasos resonaba en el salón.
—Yo lo maté.
Las palabras cayeron como una bomba.
La cámara entera estalló.
—¡¿QUÉ?!
—¡¿Te atreves a admitirlo aquí?!
—¡Asesino!
Varios lobos comenzaron a transformarse parcialmente, extendiendo sus garras.
Los ojos de Wesley ardían de furia.
—¿Y esperas que nos creamos eso?
Miles enarcó una ceja.
—¿Creerlo?
Rio en voz baja.
—Hubo testigos.
La sala volvió a quedar en silencio.
Miles continuó con calma.
—El viejo Leon y yo luchamos en combate singular.
Lo creáis o no…
él me desafió primero.
Yo solo…
me estaba defendiendo.
—Sus palabras estaban cargadas de falsa emoción.
Su mirada se posó lentamente en cada miembro del consejo.
—Bueno…
acepté su desafío.
Un anciano Alfa habló bruscamente.
—Mientes.
¡El Leon que yo conocí no haría eso!
—¿Miento?
—La sonrisa de Miles se ensanchó ligeramente—.
¿De verdad?
Metió la mano en su abrigo.
Varios lobos se tensaron de inmediato.
Pero Miles simplemente sacó un pequeño objeto y lo arrojó sobre la mesa del consejo.
Se deslizó por la madera pulida y se detuvo cerca de Wesley.
Wesley bajó la vista.
Sus ojos se abrieron ligeramente.
Era el anillo ceremonial del antiguo Rey Alfa.
La sala quedó en un silencio sepulcral.
Miles habló en voz baja.
—Lo llevaba puesto durante el duelo.
Por tradición, el anillo es mío al haber derrotado al viejo.
Rafael estudió el anillo con atención.
Luego, se recostó lentamente.
—Bueno —murmuró Rafael—, eso complica las cosas.
La mandíbula de Wesley se tensó.
—Entonces, ¿reclamas el trono?
¿Tienes algún testigo?
—¿Testigos?
—Miles asintió y alzó una mano hacia sus hombres—.
Los estáis viendo.
Otro Alfa gruñó.
—¿Crees que te aceptaremos como rey?
Miles giró la cabeza hacia él.
—No necesito aceptación.
Empezó a caminar hacia el centro de la cámara.
—Me gané el trono.
Fue una lucha justa.
El viejo…
murió con honor.
Después, le corté la cabeza.
Se oyeron exclamaciones ahogadas.
Acto seguido, golpes en la mesa y el grito de: «¡Irrespetuoso!».
Entonces, Miles siguió caminando…
con los ojos fijos en los Alfas.
Nadie se movió para detenerlo.
Sus guerreros permanecían listos detrás de él, observando a cada Alfa con atención.
Miles llegó entonces a la cabecera de la mesa del consejo.
En el extremo más alejado se encontraba la silla del Rey Alfa.
El asiento más grande de la cámara.
El trono.
Se giró lentamente y miró a cada Alfa presente, que ahora estaban frente a él.
Wesley.
Rafael.
Riana.
Los ancianos.
Los guerreros.
Su sonrisa regresó.
—Si alguien desea desafiar mi derecho al trono —dijo con calma—, es bienvenido a intentarlo.
Podemos tener un duelo aquí…, en esta misma sala.
Siempre estoy listo.
Nadie se movió.
La tensión en la sala se volvió sofocante.
Entonces, Miles se giró y se dejó caer en el trono.
Se recostó cómodamente, apoyando un brazo en el lateral de la silla.
Y sonrió.
La cámara entera había quedado en completo silencio.
Porque les gustara o no…
por tradición, él había ganado.
Un nuevo Rey Alfa acababa de ocupar su asiento.
—Ahora, mis subordinados…
tengo reglas para vosotros.
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