Luna Rechazada, Ámame de Nuevo - Capítulo 42
- Inicio
- Luna Rechazada, Ámame de Nuevo
- Capítulo 42 - 42 Capítulo 42 La pequeña Willa confundida
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
42: Capítulo 42: La pequeña Willa confundida 42: Capítulo 42: La pequeña Willa confundida —No tienes derecho a darme órdenes, Riana.
No eres mi Luna —dijo Delilah, alzando la vista hacia Riana, que era un poco más alta que ella.
Riana fulminó con la mirada a su media hermana, cerniéndose un poco sobre ella, y con los dientes apretados dijo: —Lárgate.
Para Willa, la habitación se sentía demasiado ruidosa, aunque en realidad nadie estaba gritando.
Las manitas de la pequeña Willa se aferraban al dobladillo de la falda de su uniforme, y sus pies ya empezaban a cansarle.
Su mami, Riana, se encaró con la tía Delilah, y parecía una de esas reinas aterradoras de los viejos libros de cuentos que podían congelar a la gente con una sola mirada.
La voz de Mami no era alta, pero sí cortante, como cuando tocas una espina por accidente.
Willa no entendía la mayoría de las palabras que decían los adultos, cosas como «límites», «manipulación» e «interferencia emocional».
Eran palabras de mayores.
Largas y enrevesadas.
Lo único que sabía era que Mami estaba enfadada.
Muy, muy enfadada.
—No te metas en los asuntos de mi familia, Delilah.
Ya has confundido bastante a mi hija —dijo Mami mientras sus ojos grises relampagueaban.
Delilah ahogó una exclamación, llevándose una mano al pecho.
—Riana, por favor, no me culpes de tus defectos como madre.
Los ojos de Willa iban de una a otra, con su corazoncito latiendo como un tambor.
«¿Defectos?
¿Eso era como afectos?
Porque la tía Delilah siempre me daba de esos cuando Mami no estaba», pensó mientras sentía un poco de hambre en la barriga.
Mami se cruzó de brazos, con la voz sosegada pero amenazante.
—No tenías ningún derecho a venir a esta escuela sin mi permiso.
No tenías ningún derecho a hablar con mi hija de cosas que no entiende.
La tía Delilah suspiró, acariciando con una mano los rizos de Willa.
—Solo intentaba ayudarla.
Nunca tienes tiempo para ella, Riana.
Alguien tiene que llenar ese vacío.
La pequeña Willa parpadeó.
No sabía lo que significaba «vacío».
«¿Qué es un vacío?
¿Es como un agujero?».
Pensó en el agujero del brazo de su osito de peluche favorito y se preguntó si ella también tenía un vacío.
Quizá Mami podría cosérselo más tarde.
Su mente cansada se desvió hacia los juguetes que tenía en casa.
«Pero Mami no parecía tener ganas de coser nada.
Parecía que quería prenderle fuego al mundo».
Ese pensamiento hizo que Willa se mordiera los labios y bajara la vista hacia sus zapatos sucios.
Winston, el niño al que había abofeteado, se los había arruinado.
Willa intentó encogerse, con la vista fija en los botones de sus zapatos.
En el fondo, sabía que había hecho algo malo; no debería haber abofeteado a ese niño-príncipe, Winston, en la escuela.
Pero no quería pedir perdón.
Todavía no.
Se lo merecía por haberse reído de ella y llamarla gordita.
Y la tía Delilah le había dicho que no necesitaba disculparse.
La tía Delilah siempre decía cosas como: —Eres perfecta tal como eres, cariño.
Mami, en cambio… Mami decía cosas como: —Hasta la gente perfecta debe afrontar las consecuencias.
Tampoco le gustaba esa palabra.
«Consecuencias.
Sonaba como a brócoli.
Odio el brócoli».
—Willa, ve a esperar junto a la puerta —dijo Mami de repente, con la voz fría como el aire invernal.
Willa se quedó helada.
—Pero…
—Sin peros.
Ahora.
Le tembló el labio, pero hizo lo que se le ordenó.
Caminó arrastrando los pies hacia la puerta, y los zapatos del uniforme chirriaron suavemente.
Se quedó de pie cerca de la tía Delilah en lugar de Mami.
No fue a propósito; simplemente, allí se sentía más segura.
La tía Delilah siempre olía a miel y flores.
Mami también olía bien, pero su olor era como el de las nubes de tormenta y algo punzante.
Por el rabillo del ojo, Willa vio a su padre, Wesley, de pie detrás de todos.
Tenía los brazos cruzados y el rostro serio, con la misma expresión que ponía cuando pensaba en algo importante.
No decía gran cosa, solo observaba.
Sobre todo a Mami.
Eso era raro.
Papi ya nunca miraba a Mami de esa forma.
Por lo general, miraba así a la tía Delilah.
Pero ahora sus ojos no se apartaban de Mami, como si intentara descifrarla.
Willa ladeó la cabeza.
«¿Quizá se le olvidó adónde mirar?».
«A los adultos se les olvidan las cosas todo el tiempo.
Como sonreír».
Entonces, Mami dijo algo que hizo que la tía Delilah soltara un grito ahogado.
Willa no captó todas las palabras, algo sobre «utilizar» y «límites» otra vez, pero la voz de la tía Delilah se volvió suave y triste.
—Riana, la estás asustando —susurró, haciendo un gesto hacia Willa.
La respuesta de Mami fue inmediata.
—No eres quién para decidir cómo le hablo a mi hija.
Los ojazos de Willa se abrieron como platos.
«Uy…
Mami solo usaba ese tono cuando alguien estaba metido en un buen lío.
¿Se transformará en su loba?».
La tía Delilah esbozó una sonrisa tensa, pero le temblaban las manos.
—Solo intento que las cosas sean más fáciles para todos…
—¿Más fáciles?
—Mami se rio, pero no fue una risa alegre—.
Has hecho todo lo contrario.
Willa se mordió el labio.
No entendía lo que significaba «contrario» en ese momento, pero sabía que la voz de Mami sonaba aterradora.
Incluso los ojos de Papi destellaron con un color extraño, como oro mezclado con azul.
Willa alzó la vista hacia su padre en busca de consuelo.
Él no solía sonreírle mucho ni guiñarle el ojo, pero ahora tenía la mandíbula tensa, y cuando se encontró con su mirada, vio algo que nunca antes había visto.
Era tristeza.
Tristeza de verdad, pesada.
Cuando Mami se giró hacia ella, su largo cabello se movió como una capa.
—Willa —dijo con firmeza—, nos vamos.
Willa parpadeó.
—¿Ahora?
—Sí, ahora.
Sígueme.
Sintió una opresión en el pecho.
Miró rápidamente a la tía Delilah, y luego a su padre con los ojos muy abiertos y llorosos.
—Papi… ¿la tía Delilah tiene que irse?
—susurró.
Las cejas de Mami se enarcaron peligrosamente, pero todavía no dijo nada.
En lugar de eso, miró a Wesley.
Fue entonces cuando Papi hizo algo extraño.
Se acercó… y se puso al lado de Mami.
Su alta sombra se proyectó sobre el suelo mientras decía, en voz baja pero con firmeza: —Hazle caso a tu madre, Willa.
Willa se quedó helada.
¿Qué?
¡Se suponía que estaba de su parte!
Sus manitas se cerraron en puños.
—Pero…
—Sin peros, Willa.
—Su voz cambió.
Se volvió más grave.
Más áspera.
Y cuando alzó la vista, los ojos de él ya no eran normales.
Brillaban débilmente.
Era el color que adquirían cuando se enfadaba.
El corazón le dio un vuelco.
—V-vale… —tartamudeó.
Alzó la mano y tomó la de Mami, con sus deditos temblorosos.
La piel de Mami estaba fría pero firme, como si tocara una estatua de mármol.
Eso la hizo sentir segura y asustada al mismo tiempo.
Mientras Mami la llevaba hacia la sala de la orientadora, Willa echó un vistazo atrás y vio a la tía Delilah fulminando a Papi con la mirada.
Eso era nuevo.
La tía Delilah nunca le lanzaba miradas furiosas a Papi.
Siempre le sonreía, incluso cuando él estaba gruñón.
Willa frunció el ceño.
«¿A lo mejor a la tía Delilah le duele la tripa?».
Fuera lo que fuese, le revolvía la tripa de una forma rara.
Entonces, Papi dijo algo que lo volvió todo aún más extraño.
—Delilah, espera en el coche.
Delilah se quedó helada, con los labios entreabiertos.
—¿Perdona?
—dijo en su tono dulce pero afilado—.
Wesley, no hemos terminado de hablar.
Él ni siquiera la miró.
—He dicho que esperes.
En.
El.
Coche.
Los ojos de Mami mostraron un atisbo de sorpresa, pero no dijo nada.
Willa parpadeó mientras los miraba.
¿Estaban peleando?
Eso no podía ser.
Nunca peleaban.
Los mayores solo se peleaban en la tele, o cuando Mami y Papi discutían por ella.
—Te veré luego, cariño —dijo finalmente la tía Delilah, forzando una sonrisa que, sin embargo, parecía tensa—.
No estés triste.
Pronto comeremos helado, ¿vale?
Willa asintió con debilidad.
«Un helado suena bien.
El helado lo arregla todo».
«Salvo que a Mami no le gustaba que comiera mucho.
Mami decía que luego le dolía la tripa».
Y Mami ya estaba muy, muy enfadada hoy.
Mientras caminaban por el pasillo hacia la sala de la orientadora, Willa miró por encima del hombro.
Papi y la tía Delilah estaban hablando otra vez, pero no era como antes.
Sus voces eran bajas y serias, y la tía Delilah tenía los brazos cruzados.
«Qué raro», pensó Willa.
«¿Por qué todo el mundo se comporta de una forma tan extraña?».
Entonces, se dio cuenta de que Papi iba detrás de ella y de Mami, en silencio, como un lobo grande de los cuentos.
Por lo general, Mami caminaba detrás de Papi.
Pero ahora él iba detrás de ella.
A Willa le dolía su pequeño cerebro de tanto intentar entenderlo.
Cuando llegaron a la puerta de la orientadora, Mami se arrodilló frente a ella.
Su voz se suavizó, aunque sus ojos todavía parecían estar conteniendo una tormenta.
—Willa, vamos a hablar con alguien sobre cómo gestionar los sentimientos fuertes —dijo con cuidado.
—¿Como los tuyos?
—preguntó Willa con inocencia.
Mami parpadeó, sorprendida, y luego suspiró.
—Puede que como los míos también.
Willa ladeó la cabeza.
—¿Hará que des menos miedo?
Mami se quedó helada un segundo.
Entonces, por fin sonrió, solo un poco.
—Lo intentaré, cariño.
Intentaré ser mejor para ti.
Y de algún modo, esa diminuta sonrisa hizo que el corazón de Willa volviera a sentirse ligero.
Quizá las cosas no eran tan aterradoras como pensaba.
Quizá Mami no era tan mala como parecía cuando gritaba.
Quizá los mayores, simplemente… usaban demasiadas palabras confusas.
Mientras entraban juntas en el despacho de la orientadora, Willa apretó con más fuerza la mano de Mami y se susurró: «A lo mejor la próxima vez pido perdón la primera.
A lo mejor».
«Pero solo a lo mejor, porque Mami todavía tenía que aprender a sonreír más».
Sentada entre su mami y su papi, Willa, por una vez, sintió que eran una familia de verdad.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com