Luna Rechazada: Unida a mi hermano el Alfa - Capítulo 103
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103: Capítulo 103 103: Capítulo 103 EVANGELINE
A diferencia de antes, el aire estaba cargado de una tensión incómoda.
No estaba segura de cómo hacer esto, sobre todo con todo lo que había pasado antes, pero me quité la camiseta y la dejé caer al suelo.
Los ojos de Nicholas recorrieron mi cuerpo con avidez, bebiéndose la curva de mis pechos a través de mi sujetador de encaje blanco.
—No respondiste a la pregunta sobre los condones —le recordé—.
De verdad que no quiero tener sexo sin ellos.
Necesito… oh.
Me levantó con facilidad, me colocó sobre la encimera y estampó sus labios contra los míos.
Aquello ahogó todas las quejas que tenía en mi mente y me perdí en su contacto.
Una de sus manos se enredó en mi pelo, y con la otra me agarró el muslo para abrirme de piernas.
Se colocó entre ellas y tiró de mí con firmeza contra él, su polla rozando directamente contra mi clítoris.
Rompí el beso, echando la cabeza hacia atrás con un gemido.
Se aferró a mi garganta, besando un lento camino por mi torso antes de posarse en la curva de mi pecho.
Las palabras murieron en mi garganta y lo único que pude hacer fue observar cómo lamía un pezón firme a través del sujetador.
Fue una acción muy simple, pero hizo que se me encogieran los dedos de los pies.
Me agarré a sus hombros, instándole en silencio a que lo hiciera de nuevo.
Lo hizo, y esta vez, lo succionó profundamente en su boca.
La presión se acumuló en la boca de mi estómago.
Moví las caderas, persiguiendo desesperadamente algo que ni siquiera conocía mientras él continuaba sus menesteres en mis tetas.
La presión aumentó de forma constante y, justo cuando sentía que alcanzaba su punto álgido, oí el timbre.
Sonó mucho más fuerte de lo habitual y di un brinco, empujando a Nicholas con una fuerza que no sabía que poseía.
Maldije, salté de la encimera y recogí mi camiseta del suelo.
Me la puse a toda prisa, pensando que era Alex quien estaba en la puerta, y corrí hacia allí, preparada para cantarle las cuarenta.
Sin embargo, me quedé de piedra al ver quién estaba allí de pie.
—¡Eva!
—Bella suspiró aliviada al verme.
—¿Cómo sabías que estaba aquí?
—pregunté—.
¿Me has rastreado o algo?
Ella negó con la cabeza.
—Fui a tu casa, pero no estabas.
Pensé que estarías aquí.
¿Estás bien?
Asentí, intentando forzar una sonrisa.
—¿Por qué no iba a estarlo?
Me miró de arriba abajo y traté de no retorcerme.
Mi ropa interior estaba incómodamente pegajosa e intentaba regular mi respiración.
Tenía el pelo hecho un desastre y estaba segura de que mis labios estaban hinchados.
—Si algo va mal, necesito que me lo digas —susurró suavemente—.
Puedo ayudarte.
Recuerda que soy abogada.
—Estoy bien, yo… está todo bien.
—¿Te está obligando a…?
—¡No!
—grité al instante—.
Es consentido.
Yo… acepté ser su amante.
Se quedó en silencio, mirándome como si me hubiera salido una segunda cabeza.
Gruñí en voz alta antes de meterla en la casa.
Evité mirar hacia la cocina mientras la guiaba escaleras arriba hasta el dormitorio que había reclamado como mío.
—¿Cuándo ha pasado esto?
—preguntó—.
¿He interrumpido…?
Oh, mierda, debería irme…
—Bella, no pasa nada —le aseguré, intentando calmar mis mejillas sonrojadas—.
No puedo explicarlo.
No podía decirle que lo había hecho para sacarla de la cárcel.
Nunca se lo perdonaría.
—Estoy sorprendida… aunque en realidad no tanto.
Hablabas mucho de él.
Pensaba que lo odiabas, pero quizá ese odio era en realidad amor no resuelto.
Eso explicaría muchas cosas.
Suspiré.
—No lo quiero, Bella.
Ella solo me lanzó una mirada pícara.
—Si tú lo dices…
Después de mucho insistirle, accedió a pasar la noche.
Nos quedamos encerradas en mi habitación, viendo películas hasta altas horas de la madrugada.
Nicholas no nos interrumpió y se lo agradecí.
No estaba segura de poder mirarlo a la cara después de casi tener un orgasmo solo porque me chupara las tetas.
A la mañana siguiente tenía el día libre y, cuando Bella sugirió que nos fuéramos, aproveché la oportunidad.
—Podríamos ir de compras —le ofrecí—.
Solo tengo que pasar antes por casa a por un par de cosas.
Nos subimos a mi coche para asearnos.
El plan era entrar en casa y salir en menos de cinco minutos.
Lo que no esperaba era ver a Alex de pie frente a mi puerta como un cachorrito abandonado.
Era curioso cómo le había suplicado durante años que volviera a casa temprano y nunca lo hizo.
Ahora, tendría que suplicarle que se fuera.
—Espera aquí —le dije a Bella mientras salía del coche.
Alex levantó la vista en cuanto me vio y se acercó a mi encuentro.
—Hola.
—¿Qué quieres, Alex?
No puedes seguir apareciendo en mi casa.
—Sigues siendo mi Luna, Eva —dijo en voz baja—.
Todavía tienes deberes.
Hay una reunión familiar y tienes que asistir.
Gruñí en voz alta.
No era su puta Luna, y ya era hora de que él también se diera cuenta.
Lo necesitaba fuera de mi vida lo antes posible y, para eso, tenía que hablar con su madre.
—Está bien, iré contigo.
—Volví al coche donde Bella todavía esperaba—.
Me temo que tendremos que dejarlo para otro día.
—Eva…
—Estaré bien.
Ve de compras sin mí, ¿vale?
Le lancé un beso y esperé a que se marchara antes de subirme al coche con Alex.
En cuanto llegamos a la casa de la familia de Alex, su madre lo apartó de mi lado.
Me sentí aliviada por la oportunidad de librarme de él, pero una parte de mí sentía curiosidad por lo que quería decirle, así que los seguí a distancia, deteniéndome frente al despacho que ocupaban en ese momento.
—Estoy intentando arreglar las cosas con ella —le oí decir mientras me acercaba—.
Nunca quise a Margarita.
Solo quería ayudarla porque es mi cuñada.
Me doy cuenta de que estaba descuidando a mi compañera y quiero cambiar eso.
Resoplé con desdén.
Se la estaba follando.
Eso no era ayudar a una viuda.
Me incliné más, intentando oír mejor, pero debí de hacer algún ruido porque los ojos de su madre se alzaron de golpe y se clavaron en los míos.
Intenté huir, no quería hablar con ella, pero apenas había avanzado unos metros cuando me alcanzó, rodeándome la muñeca con una mano firme.
—No sé qué está pasando entre vosotros dos —empezó lentamente.
—Nada, estamos divorciados.
—Todavía no puedes hablarle del divorcio.
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