Luna Rechazada: Unida a mi hermano el Alfa - Capítulo 121
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121: Capítulo 121 121: Capítulo 121 EVANGELINE
Las instalaciones se sumieron en el pandemonio mientras los demás científicos desahogaban sus frustraciones y quejas.
No podía hablar, solo sentía alivio por haber sido finalmente reivindicada.
Ya no tendría que mirar por encima del hombro, preguntándome quién intentaba sabotearme, si es que había alguien.
No era la forma en que imaginaba que terminaría esta noche, pero no había una mejor.
Alguien debió de llamar a seguridad porque, en cuestión de minutos, aparecieron dos hombres corpulentos con músculos tan grandes como mi cabeza.
Se llevaron a James y a su amigo de las instalaciones a pesar de sus protestas y, una vez que se fueron, la gente empezó a vitorear.
—Lamentamos no haberte creído —dijo alguien.
—¡Sí, que se jodan!
No puedo creer que intentaran arruinar tu trabajo.
La gente alternaba entre felicitarme y maldecir a los culpables.
Por mucho que disfrutara de los elogios, solo quería irme.
Había tenido un día largo y Nicholas…
Busqué con la mirada su familiar pelo oscuro, pero ya no estaba.
No estaba segura de cuándo había desaparecido, pero se había marchado.
Tardé cinco minutos en conseguir zafarme de los científicos y dirigirme al aparcamiento.
Para mi sorpresa, encontré a William apoyado en la pared, con la cabeza inclinada hacia arriba y los ojos cerrados, como si estuviera saboreando el silencio.
En cuanto me acerqué, giró la cabeza bruscamente hacia mí y una pequeña sonrisa adornó sus labios.
—Te estaba esperando.
Estaba seguro de que pasarías más tiempo ahí dentro con tus admiradores.
No pude evitar reír.
—Estoy segura de que, si por ellos fuera, seguiría allí.
Se ha vuelto un poco abrumador.
—Confía en mí, lo entiendo —murmuró, acercándose a mí—.
Enhorabuena.
Está claro que has estado cinco pasos por delante de nosotros todo el tiempo.
¿Cómo supiste que tenías que instalar tus propias cámaras?
Me encogí de hombros.
Trabajar como mujer en este campo conllevaba muchos problemas.
Había aprendido desde el principio que nadie iba a cuidar de mí.
—Fuera cual fuera tu razón —continuó—, fue jodidamente brillante.
Jamás se me habría ocurrido.
La comisura de mis labios se curvó.
—Gracias.
—¿Qué te parece si vamos a tomar algo para celebrarlo?
Lo pensé un momento, pero la idea de llegar a casa y meterme bajo las sábanas era demasiado tentadora como para dejarla pasar.
—¿Lo dejamos para otro día?
—ofrecí—.
Estoy agotada.
—Por supuesto.
Te llevo a casa…
—No es necesario, pediré un taxi.
Al principio no estaba del todo convencido con la idea, pero después de mucha persuasión, aceptó y me ayudó a pedir uno.
Para cuando llegué a casa, estaba a punto de desmayarme.
Si no hubiera estado tan agotada, me habría dado cuenta de que las luces del salón ya estaban encendidas cuando entré.
Pasé de largo el comedor cuando vi algo por el rabillo del ojo que me hizo detenerme.
Nicholas estaba de pie en mi cocina, con la chaqueta del traje tirada en la silla, la corbata asomando por el bolsillo y las mangas de la camisa remangadas.
Parecía perfectamente a gusto en mi cocina mientras se servía una copa de vino.
—Bienvenida —dijo con voz pausada antes de señalar el plato que tenía delante—.
Supuse que estarías cansada después de todo.
Me fui antes para preparar la cena.
Me quedé allí de pie, conmocionada, contenta de no haber reaccionado de forma exagerada cuando me di cuenta de que se había ido.
Esto era, literalmente, una de las cosas más dulces que nadie había hecho por mí y no estaba segura de cómo reaccionar.
Mis piernas se movieron antes de que me diera cuenta y me detuve frente a él, tomando asiento en la silla que me había acercado.
Me entregó la copa de vino que había servido.
—Enhorabuena.
Hoy has estado brillante.
Ya había oído esas mismas palabras al menos cinco veces, pero oírlas de él envió una ola de calidez a mi estómago.
—Gracias —musité, tomando un sorbo de vino—.
Me alegro de que hayas vuelto.
La comisura de sus labios se curvó ligeramente.
—Yo también.
Se quedó dormido en mi cama y, como todos los días anteriores, ya se había ido para cuando me desperté.
Intenté ignorar la punzada que sentí al ver su lado de la cama vacío.
Cada vez era más difícil hacer esto, tener estos momentos tiernos e íntimos con él en plena noche y volver a fingir por la mañana que nunca había ocurrido.
Mi teléfono sonó y lo cogí, esperando que fuera Nicholas.
Debería haber comprobado el identificador de llamadas antes de descolgar, pero la emoción me pudo.
Esa misma emoción se vino abajo cuando oí la voz al otro lado del teléfono.
—Espero verte en casa en la próxima hora —dijo la Abuela, con la voz gélida como la muerte.
Mi columna se tensó al instante.
¿Se habría enterado de lo que hice ayer?
¿Del divorcio con Alex?
—Tengo trabajo —conseguí decir—.
Necesito…
—No me importa lo que tengas —espetó—.
Estarás en la casa en la próxima hora o puede que descubras que los abogados humanos como tu amiga son propensos a sufrir accidentes de todo tipo.
No me dio tiempo ni a procesar su amenaza antes de colgar.
Lo primero que hice fue enviarle un mensaje a Bella para asegurarme de que estaba bien.
Ser mi amiga se estaba volviendo peligroso para ella y tenía que tener cuidado.
Demasiada gente quería hacerme daño y ella era la forma más fácil de conseguirlo.
Con un suspiro, me dirigí al baño para asearme… La Abuela esperaba.
—Por fin —dijo la Abuela con voz arrastrada en cuanto entré en la casa.
No me quité los zapatos ni me moví de mi sitio junto a la puerta.
Me limité a observar a la Abuela desde su lugar en el sofá.
—Convencerás a Nicholas de que se case con Ilona.
Parpadeé una vez… y luego otra.
—¿Qué?
—Sé que me has oído.
No eres sorda —espetó—.
Sé que habéis reavivado vuestra relación.
Él siempre te ha mimado.
Te asegurarás de que acepte esa alianza matrimonial.
¿Me has entendido?
La última parte sonó más a amenaza que a pregunta.
Sabía que un «no» no era una opción.
Además, ¿qué excusa le daría sobre el porqué?
No podía simplemente decirle que Nicholas y yo éramos amantes.
—Lo haré —dije a regañadientes, las palabras sabiendo a ceniza en mi lengua.
—Bien.
Se puso en pie, no sin antes lanzarme una última mirada letal.
—Más te vale no fallarme.
La amenaza era clara y, con eso, se marchó.
Durante un minuto entero, no pude moverme.
El sudor me perlaba la frente y me temblaban las manos.
Ella esperaría resultados que yo no podría darle lo bastante pronto.
Necesitaba más tiempo.
—¡Eva!
—exclamó Ilona, con su voz sorprendida llenando el aire.
Me giré y la vi subiendo por el camino de entrada—.
¿Qué haces aquí?
—La Abuela me pidió que viniera.
Quería… —Me interrumpí, sin saber si ella estaba detrás de la orden—.
Debería irme…
—No, espera.
En realidad, quería hablar contigo.
Reprimí el impulso de gemir.
Probablemente se trataba de que me mantuviera alejada de Nicholas.
Había oído la advertencia alto y claro la primera vez.
—Necesito tu ayuda —empezó, con voz suave.
—Ya lo sé, quieres que Nicholas te elija a ti.
Sus cejas se dispararon por la sorpresa.
—¡Oh, ni de coña!
Quiero salir de esto.
La miré conmocionada.
—¿Qué?
Pero me pediste que…
—Sé lo que pedí —me interrumpió—.
No puedo mentir, al principio lo quería.
Parecía la pareja perfecta, pero después de veros juntos me di cuenta de que nunca estuve realmente interesada.
No tienes que preocuparte por mí, ya no me interesa.
¿Tregua?
Me tendió la mano.
La miré durante un largo minuto, preguntándome si era una broma, pero la dulzura de sus ojos y la sonrisa de sus labios me decían lo contrario.
Tomé su mano y asentí.
—Tregua.
Su sonrisa se ensanchó.
—Bien.
Siempre he sabido que a Nicholas le gustaba otra persona.
Después de todo, te hablé de la foto que tiene en la cartera.
Pensándolo bien, me pregunto si siempre ha sido tu foto.
Nunca había visto la foto.
Ni siquiera había mirado en su cartera, pero mentiría si dijera que sus palabras no despertaron mi curiosidad.
—Deberías averiguarlo por ti misma —me dijo—.
Si eres tú, entonces… tú y Alex estáis divorciados, ¿verdad?
Asentí lentamente.
Sabía que era solo cuestión de tiempo que la verdad empezara a circular.
Pronto llegaría a oídos de la Abuela.
—Creo que deberías decírselo —dijo, con voz suave—.
Aclararía cualquier malentendido y quién sabe… quizá podáis estar juntos.
Bufé.
Si fuera tan fácil.
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