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Luna Rechazada: Unida a mi hermano el Alfa - Capítulo 127

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127: Capítulo 127 127: Capítulo 127 EVANGELINA
Margarita sonrió con cinismo, aparentemente satisfecha de sí misma por sus palabras.

Debía de haberse olvidado de que yo ya no era la mujer tímida que ella y Alex solían humillar e intimidar.

—Creo que la única persona que debería estar preocupada aquí eres tú —dije con lentitud—.

Tengo mucha confianza en mis habilidades, ¿y tú?

Sus mejillas se sonrojaron, pero consiguió mantener la voz firme.

—Sí, lo estoy.

—Considerando que la única razón por la que has llegado a donde estás en tu carrera es aprovechándote de los nombres de la gente, lo dudo.

—Mantuve la voz clara y tranquila mientras continuaba—.

Estoy segura de mi éxito.

Si tú también lo estuvieras, no estarías aquí discutiendo conmigo.

Las puntas de sus orejas se pusieron tan rojas que parecía una cereza.

Abrió la boca para hablar, pero en el último momento, decidió no hacerlo, se dio la vuelta y se marchó furiosa.

La vi marcharse con una sonrisa victoriosa en el rostro.

Se sentía bien poder plantarle cara por fin sin miedo a que me metiera en problemas con Alex.

La libertad era una experiencia sobrecogedora y no pude evitar preguntarme por qué no había intentado conseguirla antes.

—¡Evangelina!

¡Ahí estás!

Me giré al oír una voz familiar, sonriendo al ver al jefe acercándose a mí.

Se me hizo raro verlo con algo que no fuera su habitual camisa de botones y su bata de médico, pero se veía muy bien.

Llevaba un traje azul oscuro hecho a medida y el pelo engominado y peinado hacia atrás.

Me abrazó en cuanto me vio y, por un momento, me permití relajarme en su familiar aroma a galletas y café.

—Felicidades por tu progreso —me dijo, con los labios curvados en una amplia sonrisa—.

Siempre supe que estabas destinada a grandes cosas.

—Gracias.

Significa mucho oír eso de ti.

Me apretó el hombro afectuosamente, y su sonrisa vaciló un poco mientras continuaba.

—Sé que esta es tu fiesta y que se supone que debes relajarte, pero hay alguien que me gustaría que conocieras.

Ha viajado mucho porque le aseguré que si alguien podía hacer algo por su condición, eras tú.

Por mucho que estuviera disfrutando de mi fiesta, mi primer amor siempre había sido ayudar a la gente.

Por eso me hice médico, después de todo.

¿Qué clase de persona sería si no la ayudara?

—Por supuesto, llévame con ella —le dije—.

Pero Nicholas me pidió que lo esperara…

—Le informaré a Nicholas que estás conmigo —dijo, guiándome hacia una de las habitaciones traseras—.

Gracias por aceptar.

Traerla hasta aquí ya fue bastante difícil por su estatus.

—¿Quién es?

Me dedicó una sonrisa extraña.

—Creo que es mejor que lo veas por ti misma.

Mi corazón latía rápidamente en mi pecho mientras nos alejábamos de la fiesta.

Intenté pensar en todas las personas posibles que podría haberme traído.

Quizá era algún noble o un alcalde.

Con cada pensamiento llegaba una nueva oleada de pánico y ansiedad.

Me obligué a respirar hondo por la nariz, recordándome que estaba cualificada para esto y que él nunca me habría pedido ayuda si no hubiera pensado que podía hacerlo.

El gran número de guardias que había fuera de la habitación me hizo dudar.

Había al menos seis que pude contar y estaba segura de que había más escondidos en las sombras.

—No es una noble cualquiera, ¿verdad?

—pregunté, y el jefe negó con la cabeza.

La puerta se abrió y, cuando entramos, me quedé con la boca abierta porque la mujer sentada en la silla de ruedas en medio de la habitación era alguien a quien reconocí al instante.

No era una desconocida…

era Eleanor Pierce-Bronan.

Todo el mundo la conocía, no solo por su marca de moda multimillonaria, sino también porque era la compañera de Ricardo Pierce-Bronan, y él era un Alfa por derecho propio.

Él controlaba la mayor parte del territorio al Este de aquí.

—Veo que sabes quién soy —dijo arrastrando las palabras, con una ligera sonrisa en los labios—.

Entra, mi hijo me ha hablado mucho de ti.

—¿Su hijo?

—Hola, Eva.

Me giré hacia la derecha, y se me cayó la mandíbula al ver a Adan apoyado en una cómoda.

Pensaba que solo era el médico de Nick.

No sabía que él era…

—¿Qué coño?

—musité, y él se rio.

—Me pasa a menudo.

Siento no haberte dicho quién era al principio.

Primero necesitaba observarte.

Nicholas dijo que eras buena, pero necesitaba saber hasta qué punto antes de dejar que te acercaras a mi madre.

—Pero tú también eres médico —dije tragando saliva—.

¿Cómo es que…?

—No me especializo en lesiones óseas.

Se giró hacia su madre con un asentimiento y ella retiró la manta que descansaba sobre sus piernas.

Agradecí todos mis años de entrenamiento para mantener una expresión neutra, porque nada podría haberme preparado para lo que vi.

Sus piernas estaban dobladas en un ángulo antinatural.

Trozos de hueso parecían sobresalir por diferentes sitios.

Parecía un accidente que había sanado mal.

No era de extrañar que no pudiera caminar.

—¿No le duele?

—pregunté, con el corazón roto al ver su estado.

—Sí, me duele —admitió con un suspiro—.

Llevo tomando analgésicos desde que ocurrió.

Dicen que puedes arreglarlo.

Me acerqué a ella y me arrodillé.

—¿Puedo tocarla?

Pareció sorprendida de que le preguntara, pero asintió y yo deslicé con cuidado un dedo por su piel.

Podía sentir sus huesos sobresaliendo.

No era imposible de arreglar, pero sería doloroso y largo.

Tendríamos que romperle de nuevo todos los huesos de las piernas y colocarlos para que sanaran bien.

—Puede que haya algo…

—empecé a decir, y ella emitió un sonido ahogado de sorpresa.

—¿Lo dices en serio?

—No puedo prometer…

—No necesito tu promesa, niña, he recibido demasiadas como para fiarme.

Pero si puedes intentarlo, y si puedes darme algún tipo de resultado, te concederé deseos más grandes de los que puedas imaginar.

Le dediqué una pequeña sonrisa.

—Con todo el respeto, no lo hago por sus riquezas.

Adan me hizo un gesto para que lo siguiera y me condujo hacia el baño.

Una vez dentro, me pidió que le explicara mi plan.

Le di los detalles, haciéndole saber que era muy peligroso, pero a él no pareció importarle.

—Haz lo que debas —me dijo.

Salimos del baño y vimos a dos personas nuevas en la habitación.

Ambos se parecían a Adan, aunque mucho mayores.

Supe al instante que uno de ellos era su padre.

—¿Es esta la doctora?

—preguntó Ricardo, y ella asintió—.

Cura a mi esposa.

—Haré todo lo posible, señor —prometí.

Justo cuando me daba la vuelta para irme, Eleanor me agarró del brazo.

—¿Has vivido aquí toda tu vida?

Adan emitió un sonido de dolor, pero ella lo ignoró, mirándome fijamente con sus ojos inteligentes.

—Sí —mentí.

No estaba segura de por qué preguntaba, pero desde luego no iba a decirle que me mudé aquí cuando tenía cinco años.

Era algo increíblemente privado y no sabía por qué insistía.

Su mirada decayó y suspiró.

—Oh, ha sido un placer conocerte…

—Evangelina —le dije—.

Pero puedes llamarme Eva.

Salí de la habitación con el jefe.

Apenas habíamos avanzado por el pasillo cuando oí que una voz me gritaba.

Me detuve y vi al mayor de los Pierce-Bronan corriendo para alcanzarme.

—Ya te encontraré —le aseguré al jefe—.

Puedes irte.

Él asintió, dejándome a solas con aquel hombre gigante.

—Siento lo de mi madre.

Lo hace todo el tiempo cada vez que conoce a una chica de tu edad —explicó—.

No me he presentado, soy Richard Junior, pero todo el mundo me llama Rick.

—Encantada de conocerte, Rick —dije, tomando su mano—.

¿A qué te referías con lo de chicas de mi edad?

Pareció sorprendido por mi pregunta.

—Todo el mundo conoce la historia de cómo desapareció mi hermana pequeña.

Negué con la cabeza.

—Lo siento, no la he oído nunca.

—Bueno, se la llevaron cuando era una niña pequeña.

Mi madre cayó en una profunda depresión.

Estaba intentando quitarse la vida cuando se rompió las piernas.

Para cuando los médicos la encontraron, apenas respiraba.

Consiguieron reanimarla, pero sus piernas…

—dijo, y la voz se le apagó con un suspiro—.

Normalmente odia a los médicos.

Creo que la única razón por la que le gustas es porque tendrías más o menos la misma edad que ella.

Pensé en la mujer de la habitación y en la tristeza que se grababa profundamente en sus ojos.

Pensé que era a causa de sus piernas, pero estaba claro que era algo mucho más profundo.

No tenía ni idea de cómo seguía sobreviviendo después de pasar por todo eso.

Yo no tenía hijos, pero no podía sino imaginar el dolor.

—Lo siento.

Me hizo un gesto para que no me preocupara.

—No pasa nada, solo…

toma mi número, ¿vale?

Avísame si hay algo, lo que sea, que puedas hacer por ella, por favor.

—Lo haré, te lo prometo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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