Luna Rechazada: Unida a mi hermano el Alfa - Capítulo 13
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13: Capítulo 13 13: Capítulo 13 ALEJANDRO
Lo primero de lo que me di cuenta al despertar fue de que no estaba en mi cama y de que tenía pelo en la cara.
Me aparté de inmediato, reconocí a quién pertenecía el pelo y dejé escapar un suspiro de exasperación.
Margarita dormía plácidamente, con el pecho subiendo y bajando con cada respiración.
Las sábanas cubrían su cuerpo, pero debajo estaba completamente desnuda.
Agarré el móvil para mirar la hora, pero me quedé de piedra por la cantidad de mensajes que vi.
Estaba recibiendo mensajes de gente que no me había hablado en meses.
—¿Qué coño está pasando?
—mascullé, intentando ordenar los mensajes.
Nadie decía nada importante.
Solo recibía mensajes que decían: «¿pero qué coño?».
Cuando por fin encontré un enlace, se me heló la sangre.
El titular estaba ahí, tan claro como el agua.
Llevaba ocho horas publicado.
Todo el mundo tenía que haberlo visto ya…
incluida Evangelina.
—¡Joder!
—maldije en voz alta, agarrando mi ropa de donde estaba, tirada en el sofá.
Me vestí en un tiempo récord y, sin ponerme bien los zapatos, agarré las llaves y salí corriendo de la casa.
Sabía que era una mala idea ir a esa discoteca.
Nunca había hecho nada así en público con Margarita, pero ella quería ir y yo no pude negarme.
Estaba preciosa con aquel vestido rojo y corto que llevaba, y me dije a mí mismo que quería protegerla de las miradas indiscretas.
No pude quitarle las manos de encima en la discoteca.
No tenía intención de llevármela a la cama y, en el momento en que lo hice, solo podía pensar en Evangelina.
Daba igual lo que mi corazón sintiera por ella; el vínculo de compañero me atormentó todo el tiempo que estuve dentro de ella.
Tuve que terminar antes de tiempo.
Decir que estaba cabreada era quedarse corto.
Era nuestra primera vez juntos y no fui capaz de cumplir por culpa de mi compañera.
Marqué el número de Evangelina, pero saltó directamente al buzón de voz.
—Contesta —siseé, intentándolo de nuevo, pero obtuve la misma respuesta—.
¿Qué coño, Evangelina?
—¿De verdad esperas que conteste?
—espetó mi lobo—.
Seguramente te sintió anoche.
—Cállate.
—¿Qué?
¿No soportas la verdad, Alejandro?
Te follaste a otra.
—Lo detuve antes de que fuera demasiado lejos.
Tiene que entenderlo.
Pensé en ella todo el tiempo.
Resopló.
—Nunca te perdonará.
Corté la conversación con él y me concentré en llegar a casa.
Rompí todas las normas de tráfico habidas y por haber solo para llegar a casa en diez minutos, y en el momento en que lo hice, me di cuenta de las miradas de todas las sirvientas.
Intentaron ocultarlo, pero podía oír sus susurros y sentir sus ojos.
Lo ignoré.
No importaban en este momento.
Daba igual lo que pensaran, nunca se enfrentarían a mí por ello.
Yo seguía siendo su Alfa.
—¿Dónde está mi compañera?
—pregunté, de pie en medio del salón—.
¿Se ha ido?
Nadie respondió.
—¿Acaso he tartamudeado, joder?
¿Quién la dejó irse sin decírmelo?
Deberían informarme de su paradero siempre…
—Estás gritando.
Me giré tan rápido que me crujió el cuello.
Evangelina estaba en lo alto de la escalera con una larga bata blanca que dejaba ver un poco de su escote.
Su pelo goteaba, lo que me hizo saber que acababa de salir de la ducha.
Aparté rápidamente la vista de sus tetas y la miré a los ojos, buscando cualquier señal de traición o dolor, pero no había nada.
Se limitó a mirarme sin expresión.
Nunca la había visto mirarme con tanta indiferencia.
Podía soportar su ira y su decepción, pero esto era nuevo para mí.
—He estado en casa —dijo lentamente, dejando que la insinuación flotara en el aire.
Había visto el vídeo.
—Eva…
Se dio la vuelta y empezó a subir las escaleras de nuevo.
Maldije y corrí tras ella.
—Eva, espera.
No se detuvo, pero, por suerte, mis zancadas eran más largas que las suyas.
La alcancé fácilmente y la agarré del brazo para detenerla.
—No es lo que parece —le dije.
—¿El qué no lo es?
—preguntó—.
¿Te refieres a la foto tuya besando a Margarita que está por todo internet?
—Te juro que la cosa no fue a más.
Ella bufó.
—Te sentí, Alex.
Lo mínimo que podrías hacer es decirme la verdad.
—Ábreme tu mente.
—¿Para qué?
—Solo hazlo.
Puso los ojos en blanco, pero bajó su barrera.
La dejé ver todo lo de anoche.
La dejé ver cómo pensaba en ella y apartaba a Margarita.
—Respeté nuestro vínculo —le dije—.
La aparté.
—Después de meterle la polla —escupió—.
¿Se suponía que eso me haría sentir mejor?
Te la follaste, Alex.
Me pasé las manos por el pelo, frustrado.
No esperaba que esta conversación fuera así.
Evangelina nunca me lo había puesto difícil.
Era la primera vez que no aceptaba mis disculpas a la primera.
—¿Qué quieres?
—pregunté—.
Haré lo que quieras.
Se cruzó de brazos sobre el pecho.
—Quiero que Margarita y su hijo se vayan.
No quiero volver a verlos nunca más.
Dudé.
—Margarita no tiene adónde ir.
—Ella bufó y empezó a irse, pero la agarré del brazo—.
Lo haré, solo dame algo de tiempo.
Sus ojos permanecieron indescifrables.
—Como quieras.
Se soltó de mi agarre y se alejó.
Sabía que la había cagado, pero no podía echar a Margarita sin más.
Seguía siendo la viuda de mi hermano.
Tenía una obligación con ella.
Hablando de Margarita, no podía ni imaginar el tipo de mensajes y amenazas que estaría recibiendo.
Solo había una forma de acabar con eso.
Seguí a Eva.
Había entrado en su cuarto de baño y estaba usando un secador de pelo.
Me coloqué detrás de ella frente al espejo y le quité el secador de las manos.
No se resistió, pero sus ojos se entrecerraron al ver mi reflejo.
—¿Qué quieres ahora?
—preguntó—.
¿Había algo más que quisieras decir?
—Necesito que hagas una declaración diciendo que la chica a la que besé en la discoteca eras tú, no Margarita.
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