Luna Rechazada: Unida a mi hermano el Alfa - Capítulo 159
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Capítulo 159: Capítulo 159
~Evangelina~
Una hora antes de que a Nicholas le diera por empezar a secuestrar como nueva misión secundaria, yo estaba trasteando con mis llaves, agotada por el día, cuando me di cuenta de que había alguien de pie junto a mi puerta.
Alejandro.
Sostenía un portacomidas, con un nerviosismo que nunca le había visto durante nuestro matrimonio. En aquel entonces, había sido un hombre seguro de sí mismo hasta el punto de la arrogancia. Ahora solo parecía… cuidadoso. Como si temiera decir algo inoportuno.
—Hola —dijo en cuanto me vio—. Yo, eh…, te he traído comida. Recordé que mencionaste que te gustaban los dumplings de aquel lugar de la Calle Quinta, así que he comprado unos. Y también sopa, porque pensé que quizá te apetecería algo caliente.
Lo miré fijamente, mientras los recuerdos me inundaban. Tres años de matrimonio en los que ni una sola vez me había traído comida. Ni una sola vez me había preguntado qué me gustaba comer. Ni una sola vez se había preocupado lo suficiente como para recordar mis gustos.
Y ahora, ahí estaba él, de pie frente a mi puerta con unos dumplings porque recordaba algo que yo había mencionado de pasada hacía meses.
—Gracias —agradecí, tomando el portacomidas—. Es… es un gran detalle.
—Es lo menos que podía hacer —dijo, metiendo las manos en los bolsillos—. Sé que has estado estresada y solo quería asegurarme de que comieras bien.
Empezó a darse la vuelta y, antes de que pudiera contenerme, me oí decir:
—¿Quieres pasar? ¿Cenar conmigo?
Giró la cabeza tan rápido que me sorprendió que no se hiciera daño en el cuello. —¿De verdad? ¿Quieres que…? ¡Sí! Sí, me encantaría.
La sonrisa en su rostro estaba tan llena de esperanza que casi me arrepentí de la invitación. Pero ya lo había dicho, y rechazarlo ahora sería simplemente cruel.
—Bella también está aquí —añadí rápidamente, para que no pensara que era una especie de cena romántica—. Así que no estamos solos.
—Está bien. Es genial —dijo, siguiéndome al interior, todavía con aspecto de no poder creer su suerte.
Bella salió de la cocina, le echó un vistazo a Alejandro y me levantó las cejas. Le lancé una mirada que decía que ya le explicaría más tarde.
Pusimos la comida en la mesa de centro, pues no tenía el lujo de una mesa de comedor en condiciones, y comimos en un silencio un tanto incómodo. Alejandro no dejaba de lanzarme miradas furtivas como si quisiera decir algo, pero no supiera cómo.
A mitad de mi segundo dumpling, de repente, se me revolvió el estómago.
Las náuseas me golpearon de la nada. Dejé caer los palillos y me llevé la mano a la boca.
—Con permiso —conseguí decir, y corrí al baño.
Llegué justo a tiempo para vomitar todo lo que acababa de comer. Náuseas matutinas, solo que era de noche. Al parecer, al embarazo no le importaba ni el trimestre ni la hora.
Cuando por fin salí, pálida y temblorosa, tanto Bella como Alejandro estaban de pie fuera del baño con cara de preocupación.
—¿Estás bien? —preguntó Alejandro—. ¿Qué ha pasado? ¿Estás enferma?
—Estoy bien —dije, limpiándome la boca con el dorso de la mano—. Solo es mi estómago, que está revuelto. Lleva así últimamente.
—¿Últimamente? —entrecerró los ojos con desconfianza—. ¿Cuánto tiempo es «últimamente»?
—Unos días —intervino Bella antes de que yo pudiera responder—. Ha estado estresada, no ha comido bien. Su estómago solo protesta por la repentina ingesta de comida de verdad.
Le lancé una mirada de agradecimiento. Lo último que necesitaba era que Alejandro descubriera que estaba embarazada.
—Deberías ir al médico —dijo Alejandro, todavía con el ceño fruncido—. Si lleva pasándote varios días.
—Soy médico —le recordé—. Y ya sé lo que me pasa. Es solo estrés y una alimentación irregular. Nada grave.
No parecía convencido, pero dejó pasar el tema. —Vale. Pero si empeora, me lo dirás, ¿verdad?
—¿Por qué iba a decírtelo a ti?
—¿Porque ahora somos amigos? —dijo, en tono de pregunta—. ¿Y los amigos se cuidan entre sí?
Cierto. Amigos. El límite que yo había establecido.
—Estaré bien —dije en lugar de responder—. Pero gracias por la comida. Aunque no pudiera retenerla en el estómago.
Terminamos de cenar en un silencio incómodo después de eso. Alejandro seguía lanzándome miradas de preocupación, Bella intentaba sacar conversación para aligerar la tensión, y yo solo quería que todos se fueran para poder derrumbarme.
Finalmente, Alejandro se levantó para irse.
—Gracias por dejarme quedar —dijo en la puerta—. Y por darme una oportunidad. Sé que no me la merezco.
—Solo no hagas que me arrepienta —repliqué.
Después de que se fuera, Bella se giró hacia mí con las cejas levantadas. —Bueno. No ha estado tan mal.
—No empieces.
—No empiezo nada. Solo digo que el hombre te ha traído comida y te ha mirado como si fueras una diosa en la Tierra.
—Es sentimiento de culpa —corregí.
—Puede ser. Pero es algo —dijo, apretándome el hombro—. Ahora ve a descansar. Pareces agotada.
Estaba agotada. Un agotamiento que me calaba hasta los huesos y me aplastaba el alma.
Me puse ropa cómoda y cogí la correa del perro. Un paseo me despejaría la cabeza. Quizá ayudaría a asentar mi estómago.
Había llegado a mitad de la calle cuando alguien me agarró por detrás.
En un segundo estaba paseando al perro y, al siguiente, me levantaban en vilo y me metían en el asiento trasero de un coche. Nadie podría convencerme de lo contrario, definitivamente me estaba espiando.
No solo eso, sino que tuvo el descaro de cuestionarme.
—¡Bella estaba allí! —expliqué—. ¡No fue algo privado! ¡Solo me trajo comida! ¡Eso es todo!
—Estaba en tu apartamento.
—¡Para cenar! ¡Con mi mejor amiga presente! ¡No pasó nada!
—¡Esa no es la cuestión! —Nicholas estaba gritando ahora—. ¡La cuestión es que no me lo dijiste! ¡Incumpliste el contrato!
Tenía muchas ganas de decirle un millón de cosas hirientes, pero en lugar de eso, respiré hondo y pensé en mi investigación. En los ensayos del fármaco que acababan de tener éxito. En las compañías farmacéuticas que harían cola para comprar los derechos una vez que publicáramos.
—De acuerdo —acepté—. Quizá pague la penalización. Mi fármaco está a punto de lanzarse. Una vez que lo haga, tendré dinero más que suficiente para comprar mi salida de este ridículo contrato. Y entonces ya no podrás controlarme más.
De repente, pareció que se le revolvía el estómago. —No harías eso.
—Oh, sí que lo haré. No he sufrido tanto para seguir así, así que voy a comprar mi libertad de vuelta. —Le sostuve la mirada.
—Ahora déjame salir del coche antes de que haga que mi abogado te demande —le advertí.
—No hasta que me digas que bromeabas sobre lo de terminar el contrato.
—¡He dicho que me dejes salir! —dije, alcanzando la manija de la puerta y tirando de ella—. ¡Déjame salir o juro que empezaré a gritar y a decir a todo el mundo que me estás secuestrando!
Me miró fijamente durante un largo momento, con la ira luchando en su rostro.
Entonces, desbloqueó las puertas.
Salí a toda prisa, con las manos temblorosas y el corazón desbocado.
Su Beta caminaba hacia nosotros con mi perro, con cara de preocupación. Le arrebaté la correa sin decir palabra y empecé a caminar de vuelta hacia mi edificio.
No podía esperar a empezar a vivir mi vida en mis propios términos.
Sin la culpa de Alejandro.
Sin la posesividad de Nicholas.
Sin que nadie me dijera qué hacer, a quién ver o cómo sentirme.
Solo yo y mi bebé.
Eso era todo lo que necesitaba.
Y estaba tan cerca de conseguirlo.
Solo tenía que aguantar un poco más.
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