Luna Rechazada: Unida a mi hermano el Alfa - Capítulo 44
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44: Capítulo 44 44: Capítulo 44 EVANGELINE
Debí de haberme quedado mirando por demasiado tiempo, porque Margarita se giró hacia mí.
Nuestras miradas se encontraron y una lenta sonrisa se dibujó en sus labios.
Me di la vuelta para irme cuando oí su voz, tan clara como el agua.
—Parece que tenemos una acosadora.
—¿De qué estás hablando?
—preguntó Alex—.
¿Alguien nos está siguiendo?
—Parece que sí, teniendo en cuenta que la veo a dondequiera que voy.
Se está volviendo patético, la verdad.
—No tengo tiempo para esto, Margarita —espetó Alex—.
¿Quién es esa persona?
—No una persona… ella.
—Me señaló con un dedo esbelto y de uñas rojas.
Alex se giró lentamente, y sus ojos también se encontraron con los míos.
Al principio se abrieron como platos por la sorpresa, pero la sorpresa se convirtió rápidamente en fastidio.
Se acercó a mí furioso y me agarró del brazo con demasiada brusquedad.
—¿Qué coño haces aquí?
—siseó—.
Deberías estar en el trabajo.
Me zafé de su agarre de un tirón.
—No es asunto tuyo.
Vuelve a lo que coño sea que estabas haciendo.
Frunció el ceño.
—Te estás comportando como una niña.
Deja de actuar como una mocosa.
Me quedé con la boca abierta, estupefacta.
¿Que yo actuaba como una mocosa?
Él sacaba a su novia en público y le estaba comprando un regalo caro, uno que ni siquiera me había comprado a mí.
¿Cómo se atrevía a llamarme infantil?
—Que te jodan, Alex —siseé—.
Puedes volver a…
—Señor Alejandro —intervino la voz de la dependienta, interrumpiendo lo que fuera que yo estuviera a punto de decir.
Volvió con unas llaves de coche en las manos y se las tendió a Margarita.
—El coche está listo.
Su esposa puede venir a probarlo.
¿Esposa?
¿Por qué me sorprendía que se hubiera referido a ella como su esposa?
Me di la vuelta para irme, pero Alex volvió a agarrarme, atrayéndome hacia él.
Bajó la voz a un susurro mientras se inclinaba hacia mi oído.
—Te juro que no le dije que Margarita era mi esposa —dijo en voz baja—.
Nunca le he dicho nada sobre Margarita y yo.
—No me importa —mentí, intentando soltar mi mano, pero no me dejó.
Apretó con más fuerza, sus dedos clavándose tan profundamente en mi piel que supe que dejaría marcas.
—Necesito que me escuches.
—¿Por qué?
—espeté—.
En todo caso, creo que deberías corregir a la dependienta.
Se quedó quieto.
—Eva…
—Pero no lo harás —continué, bufando por lo bajo—.
Nunca harías nada que deje en mal lugar a tu preciosa Margarita.
Delante de nosotros, la dependienta nos miraba a Alex y a mí con recelo.
Cada pocos segundos, echaba un vistazo a Margarita, que tenía la audacia de parecer dolida e indignada por la escena que se desarrollaba ante ella.
—Adelante —siseé—.
Di algo.
Di la verdad.
—Si lo hago, mirará raro a Margarita.
Le hará daño.
Déjalo pasar por esta vez.
Tú sabes la verdad y eso es lo que importa.
Puse los ojos en blanco.
No estaba segura de por qué esperaba algo diferente de él.
Me solté bruscamente de su agarre, haciendo una mueca de dolor.
Me ardía el brazo, pero lo ignoré y me giré hacia el coche nuevo que había comprado.
Podía quedarse con ella.
Yo había terminado.
PUNTO DE VISTA DE ALEJANDRO
Abrió la puerta del coche, lista para irse.
Hice lo siguiente que se me ocurrió y cerré la puerta de un portazo.
Por poco no le pillo los dedos.
Me lanzó una mirada asesina; sus ojos, duros y salvajes como un fuego embravecido.
No tenía ni idea de por qué estaba cabreada.
No importaba lo que pensara la dependienta.
Estábamos casados legalmente.
Todos los que nos conocían lo sabían.
No tenía motivos para estar celosa de Margarita.
Se estaba poniendo demasiado emocional con todo el asunto y dejando ver sus inseguridades.
—Deja de comportarte así —siseé—.
Es solo un malentendido y lo estás exagerando todo.
—Alex —llamó Margarita—.
¿Podemos irnos ya?
—¡Espera!
—siseé antes de volverme hacia Eva—.
No estás siendo razonable.
—Lo único que he hecho ha sido pedirte que aclares las cosas.
—Se cruzó de brazos, atrayendo mi mirada hacia el trozo de escote que asomaba de su camiseta de tirantes—.
¿Por qué no puedes hacerlo?
Es una simple petición.
Sabía que era más que una petición.
Arruinaría la reputación de Margarita.
Asumirían que era mi amante.
Esa gente era humana, y si había algo que los humanos sabían hacer, era rajar.
Lo pasarían por la fábrica de rumores.
Tal y como estaban las cosas, si intentaban difundir el rumor, solo descubrirían la verdad y nadie saldría herido.
Por alguna razón, Eva se negaba a ver las cosas a mi manera.
—Estás siendo mezquina —le dije—.
Margarita ha perdido a su marido, joder.
Solo intento hacer algo bueno por ella y tú lo estás arruinando.
—No estoy arruinando una mierda.
Te he dicho que digas la verdad, y si no quieres hacerlo, entonces puedes dejar que me vaya ahora mismo.
Miré a Margarita, que estaba apartada en un rincón, con los brazos cruzados sobre el pecho.
La dependienta estaba a su lado, con una mano en su hombro en un gesto reconfortante.
No podía arrebatarle eso.
Margarita no tenía a nadie.
No podía quitarle también su reputación, sobre todo después de todo lo que había hecho por mí.
Me salvó la vida cuando éramos jóvenes.
Estaría muerto si no fuera por ella.
Se lo debía todo.
Salvar su reputación era lo menos que podía hacer.
Me volví hacia Eva.
—No hagas esto.
—No estoy haciendo nada —dijo ella, simplemente—.
Tienes tus opciones.
Elige, Alex.
Con un suspiro, solté la puerta.
Vi algo brillar en los ojos de Eva, pero desapareció antes de que tuviera la oportunidad de analizarlo.
Me miró fijamente durante un largo minuto antes de bufar y subirse al coche.
La vi marcharse.
Algo en mi interior dolía y ardía en deseos de ir tras ella, pero no podía moverme.
Me quedé anclado en el sitio hasta que el coche se convirtió en una mota de polvo en la distancia, y no pude quitarme la sensación de que había perdido algo.
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