Luna Rechazada: Unida a mi hermano el Alfa - Capítulo 79
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79: Capítulo 79 79: Capítulo 79 EVANGELINE
Hablaba con tanto cariño de ese nieto suyo que no pude evitar sentir más intriga.
—¿De verdad?
—pregunté, y ella asintió.
—Tiene una hermana pequeña adoptada, pero le da tanto miedo ser una carga para los demás que aleja a todo el mundo.
Me dijo que hacía tiempo que no la veía.
Eso me sonaba a alguien que conocía… Nicholas.
Pero seguro que Nicholas no podía ser su nieto, yo ya sabía quién era su abuela.
«La gente tiene dos abuelos», replicó mi loba con descaro en mi cabeza.
Me sentí tan aliviada de volver a oírla que ni siquiera me importó su comentario.
—¡Has vuelto!
—exclamé.
—Sí, me llevé la peor parte de las drogas porque te transformaste, pero ya las he eliminado de mi sistema, gracias a la diosa.
—Sabes, creo que mi nieto y tú se llevarían muy bien —dijo Pamela, sacándome de mis pensamientos.
Le dediqué una sonrisa forzada.
—Te dije que…
—Lo sé, y no hablo de una relación romántica.
Creo que serían buenos amigos.
Pareces tener la cabeza bien amueblada y, a pesar de su frialdad, es un buen chico.
Podrías venir a cenar y conocerlo.
Dudé.
No estaba segura de cómo me sentía respecto a conocer a alguien esa noche después de todo lo que había pasado.
—Por favor —añadió en voz baja—.
Sé que no te arrepentirás.
Parecía tan ilusionada con la idea de que fuera a su casa que supe que no podía negarme.
Después de todo, había venido hasta aquí cuando no tenía por qué hacerlo y me había preparado una sopa increíble.
Sería cruel por mi parte decir que no.
—Está bien —suspiré profundamente—.
Solo déjame ir a cambiarme primero.
—Tonterías, estás perfecta.
Me llevó en su coche hasta su casa y me quedé atónita ante la magnífica casa adosada de piedra rojiza frente a la que aparcó.
Tenía dos pisos de altura y rezumaba riqueza.
El interior era todo paredes blancas, muebles de mármol y macetas en los alféizares de las ventanas.
Me hizo pasar de inmediato, guiándome por la sala de estar hacia el comedor.
Mientras pasábamos, no pude evitar buscar fotos de su nieto.
Sería muy divertido que el chico del que me hablaba fuera Nicholas.
No había tantos huérfanos en esta ciudad que pudieran permitirse comprarle una casa tan cara.
—Siéntate aquí —dijo mientras entrábamos en el impecable comedor—.
Iré a ver dónde está y vuelvo enseguida.
Se fue después de eso y aproveché la oportunidad para apreciar de verdad el interior de la casa.
Había logrado el equilibrio perfecto entre lo caro y lo acogedor.
Los muebles eran costosos, pero también tenían un aspecto desgastado que te hacía sentir como en casa.
No había fotos en la pared, pero sí obras de arte y pinturas de flores.
No estaba segura de cuánto tiempo estuve sentada allí antes de que volviera, con el ceño profundamente fruncido.
—¿Está todo bien?
—pregunté, poniéndome de pie al instante—.
¿Has tenido un achaque?
¿Estás enferma?
—No —respondió rápidamente—.
Mi nieto acaba de llamar para cancelar.
Lo siento mucho, Eva.
De verdad pensaba que podrías conocerlo hoy.
Suspiré de alivio, habiendo pensado lo peor.
—No pasa nada.
—No, no es verdad —dijo enfadada—.
Solo viene a verme una vez a la semana y ese día era hoy.
Ni siquiera me dio una excusa en condiciones, solo dijo que tenía cosas que resolver.
A veces me preocupo por él, no sé en qué clase de líos se mete.
—No pasa nada —dije, poniendo una mano en su hombro—.
Estoy aquí y podemos cenar juntas.
Eso pareció animarla un poco.
—Tienes razón.
Gracias, Eva.
Mentiría si dijera que no estaba un poco decepcionada por no haber conocido a su nieto.
Quería ver al hombre del que hablaba maravillas.
Sin embargo, aun así me divertí con ella.
Era graciosa y olía a galletas y a un hogar cálido.
Cuando tuve que irme, me dio un táper lleno de estofado y algunas galletas que había horneado ese mismo día.
Me llamó un taxi y se aseguró de que subiera sana y salva antes de volver a entrar en su casa.
Era lo más divertido que había hecho en mucho tiempo y, para cuando volví a casa, me di cuenta de lo vacía y solitaria que era mi vida en realidad.
Puse la comida en el congelador antes de subir a mi habitación, llevándome las cosas que había traído de la gala, incluida la ropa que me había quitado.
Las puse en el cesto de la ropa sucia, pero cuando mi mano tocó un trozo de tela negra y suave, un rubor me subió por las mejillas.
Era la chaqueta del traje con la que Nicholas me había cubierto y, mientras la miraba, recordé todo lo que hice mientras estaba drogada.
Había visto mi cuerpo desnudo y, joder, intenté acostarme con él.
Nunca me había sentido tan avergonzada como en ese momento.
«No creo que te lo tenga en cuenta —dijo mi loba—.
Fueron las drogas».
—¿De verdad lo fueron?
—pregunté.
Puede que las drogas bajaran mis defensas, pero yo deseaba a Nicholas.
Nunca había dejado de desearlo desde que tenía dieciséis años.
Me mordí el interior de la mejilla, metiendo las manos en los bolsillos mientras miraba la chaqueta.
En el bolsillo izquierdo, mi mano rozó algo.
Lo saqué, sorprendida de no haberlo notado antes, y negué con la cabeza riendo cuando me di cuenta de que era un trozo de papel con un número y un nombre garabateados.
Brandon tenía que ser la persona más divertida que conocía, pero se lo agradecía.
Marqué el número y descolgó al tercer tono.
—¿Supongo que eres Eva?
—Sí, soy yo.
—Para ser sincero, pensaba que ibas a tirar el número.
Lo habría hecho.
—Necesito devolverle algo a Nicholas.
—¿Ah, sí?
—sonó sorprendido—.
¿Devolverle qué?
—Su chaqueta.
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