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LUNAS PROHIBIDAS - Capítulo 1

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  4. Capítulo 1 - 1 Donde comienza la línea
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1: Donde comienza la línea.

1: Donde comienza la línea.

El tren avanzaba con una tozudez mecánica, arrastrándose por un paisaje que, kilómetro a kilómetro, se iba haciendo más reconocible y, por eso mismo, más opresivo.

Cada poste de teléfono, cada granero descolorido, era un latido en la sien.

Había salido de aquel pueblo con la maleta llena de una ambición vaga pero furiosa, y volvía con ella llena de libros subrayados, ropa, y una distancia nueva, un espacio interior que no sabía cómo desalojar.

La universidad no me había cambiado de manera dramática; no llevaba nuevos hobbies extravagantes ni una filosofía de vida particularmente iluminada.

El cambio era más sutil, más insidioso: había aprendido a vivir en la abstracción.

Mis días eran ideas, argumentos, futuros condicionales.

La vida doméstica, en contraste, se sostenía en imperativos concretos: come, duerme, saluda, sonríe.

La estación era un esqueleto de hierro y nostalgia.

Bajé, y el aire, cargado con el humo dulzón de las hojas quemándose en algún jardín, me golpeó como un muro.

Era el olor de mi infancia, pero ahora lo percibía como un observador, no como un participante.

Tomé un taxi, y las calles parecían más estrechas, las casas más apiñadas.

La nuestra, de un blanco que el tiempo había teñido de gris perla, apareció al doblar la esquina.

Parecía esperarme en silencio.

Antes de que pudiera pagar, la puerta se abrió.

Y allí estaba Maya.

Había crecido.

No era una revelación, la había visto en videollamadas cortas que hacia con mi padre, pero la realidad física tiene una autoridad distinta.

Ya no tenía los hombros angulosos y la inquietud de cervatillo de sus dieciséis años.

A sus diecinueve, la línea de su mandíbula era más suave, su postura más dueña de sí.

Llevaba un jersey amplio de cuello alto color óxido y unos jeans.

Su cabello, castaño y liso, le caía sobre los hombros.

Me sonrió, una sonrisa amplia y común.

“¡Llegaste!”dijo, su voz un poco más grave, pero con el mismo tono ligeramente cantarín.

Bajó los escalones y me abrazó con una fuerza que me sorprendió.

Fue un abrazo rápido, eficiente, doméstico.

Pero al separarnos, justo cuando sus ojos, del color de la miel oscura, se encontraron con los míos, vi algo.

Un brillo.

No era alegría, ni tampoco simple emoción.

Era algo más punzante, más deliberado.

Como el destello de una hoja de afeitar al sol.

Duró menos de un segundo.

Después, su expresión volvió a la normalidad plácida.

“¿Qué, ya no reconoces tu propia casa?” bromeó, tomando mi maleta de la mano sin preguntar.

“Claro que sí.

Es solo… el clima.

Cansa un poco más” murmuré, siguiéndola al interior.

La casa olía a limpio, a galletas de jengibre recién horneadas (la obsesión otoñal de mi madre) y a quietud.

Los muebles estaban exactamente en su lugar, como soldados en formación.

Una foto mía, de la graduación del instituto, me sonreía con una ingenuidad que ahora me resultaba ajena.

Mi madre salió de la cocina, secándose las manos en un delantal.

“¡Hijo!” Su abrazo era cálido, denso, lleno de una preocupación palpable.

“¡Estás pálido!

¿No comes bien en la residencia?” “Estoy bien, mamá.

Es solo el viaje” Mi padrastro, Robert, apareció detrás de ella con su sonrisa tranquila y su periódico bajo el brazo.

Un apretón de manos firme, una palmada en el hombro.

“Bienvenido a casa, hombre” El ritual se cumplió sin fisuras.

Y a través de todo, Maya orbitaba a nuestro alrededor, poniendo la mesa, comentando algo trivial sobre el vecino que había cortado el césped, preguntándome por el tren.

Su normalidad era perfecta, impenetrable.

Pero aquel destello en sus ojos había quedado grabado en mi retina, un punto de interferencia en la señal clara de la normalidad.

La tarde se deslizó con la viscosidad de la miel.

Almorcé hasta reventar, respondí preguntas sobre profesores y asignaturas con una versión edulcorada de la verdad, y asistí a la ceremonia del café en el salón.

Me sentía como un actor interpretando un papel para el que había olvidado algunos parlamentos.

Mi cuerpo ocupaba el espacio familiar, pero mi mente flotaba a centímetros de él, observando la escena desde fuera.

Fue Maya quien rompió el hechizo de la sala de estar.

“¿Vienes a mi cuarto?” preguntó, levantándose de un salto.

“Te enseño el nuevo estante que puse para los mangas.

Y me debes como… mil horas de conversación”.

Mi madre asintió con aprobación.

“Vayan, vayan.

Así me ayudas a liberarte de él, Maya, que no para de dar guerra.” Subimos las escaleras.

El cuarto de Maya siempre había sido un territorio fronterizo.

De niña, lleno de peluches y posters de grupos pop efímeros.

De adolescente, se llenó de libros de arte, figuras de anime y un desorden creativo que a Robert le hacía enarcar una ceja.

Ahora, a primera vista, parecía más ordenado, más maduro.

Los colores eran tierra y verde botella.

El nuevo estante, de pino claro, estaba repleto de volúmenes encuadernados.

Pero en la esquina de su escritorio, entre los lapiceros, aún hacía guardia un pequeño y desgastado conejo de peluche, testigo mudo de nuestra historia compartida.

“Quedó bien, ¿no?” dijo, pasando un dedo por el borde del estante.

“Sí.

Muy profesional”.

“No seas pedante” replicó, sin malicia.

Se dejó caer en el sillón frente a la ventana y señaló la cama para que me sentara.

Lo hice, sintiendo el crujido del colchón que conocía tan bien.

Había dormido en esa cama incontables veces, durante pesadillas infantiles o noches de cine hasta tarde.

El silencio que cayó no fue incómodo al principio.

Era el silencio cómplice de quienes han compartido un espacio vital durante años.

Ella miró por la ventana, donde la tarde otoñal comenzaba a teñir el cielo de naranja y púrpura.

“Extraño tus ruidos” dijo de pronto, sin mirarme.

“El teclear de tu laptop a las tres de la mañana cuando procrastinabas.

El sonido de tu respiración cuando te dormías leyendo en el sofá.

La casa se volvió… muy silenciosa”.

Sus palabras me conmovieron en un lugar que no sabía que aún estuviera accesible.

“Yo también lo extraño un poco…”, dije, un gesto vago abarcando la habitación, a ella, la historia contenida entre estas cuatro paredes.

Entonces comenzó el flujo de trivialidades.

Fue como abrir un álbum de fotos desordenado.

Recordamos la vez que intentamos hacer pan y creamos un ladrillo de harina; la pelea tipica por el mando de la televisión un domingo lluvioso que terminó con los dos viendo un documental sobre tiburones, hechizados; el perro del vecino que se colaba a robar los calcetines del tendedero.

Cada anécdota era un hilo que nos unía, tirando de mí de vuelta hacia un pasado compartido, borrando, minuto a minuto, la distancia que se había formado entre ambos.

Reímos.

Y su risa era la misma de siempre, un son claro y contagioso.

Por momentos, el brillo extraño de sus ojos parecía haber sido un espejismo, un efecto de la luz baja de la estación.

Habló de sus clases de diseño gráfico, de lo aburridos que eran algunos profesores, de su proyecto final.

Yo hablé de mi filosofía, de la extrañeza de discutir sobre hobbies en un café lleno de gente que solo quería su capuchino.

La conversación fluía, natural y fácil.

Ella se levantó en un momento y puso música, algo suave que se coló entre las palabras y el atardecer que ya empezaba.

Y entonces, sin motivo aparente, la charla se agotó.

No de manera brusca, sino como un río que llega a un remanso y se transformaba en arroyo.

La música seguía, una pieza de piano solitaria.

La habitación estaba en penumbra, solo la lámpara de su escritorio encendía un círculo cálido sobre la alfombra.

Nos miramos.

Y fue en ese instante cuando la comodidad se transformó en otra cosa.

No era hostilidad, ni tensión sexual, al menos no una que yo pudiera reconocer.

Era un vacío, un abismo abierto entre nosotros donde antes había puentes de hermanos.

Ella sostenía mi mirada, y aquel brillo, volvió.

Esta vez no fue un destello.

Fue una presencia sostenida, inquisitiva, casi desafiante.

Mi mente, entrenada para analizar, para diseccionar, se quedó en blanco.

No había categoría para esto.

Solo el sonido de nuestra respiración y las notas melancólicas del piano.

Fue entonces cuando ella se levantó del sillón.

No dijo nada.

Con una calma que helaba la sangre, cruzó los dos metros que separaban el sillón de la cama.

Sus movimientos eran fluidos, deliberados, pero carentes de la teatralidad de una provocación.

Parecían… inevitables.

Se detuvo frente a mí, y por un instante pensé que iba a decir algo, a romper el hechizo con una palabra, una broma.

En lugar de eso, se giró ligeramente.

Y se sentó en mi regazo.

No fue una caída, ni un movimiento torpe.

Fue un asentarse.

Un depositar su peso sobre mis muslos como si fuera el lugar más natural, más lógico del mundo.

Como si durante todos estos años, ese hubiera sido su sitio designado y ella solo hubiera estado esperando el momento de reclamarlo.

Un shock eléctrico, mudo y paralizante, recorrió mi espina dorsal.

Todo mi cuerpo se tensionó, convertido en una estatua de carne perpleja.

Sentí el calor de su cuerpo a través de la tela de nuestros pantalones, el peso, sorprendentemente ligero, de sus caderas.

El suéter de cuello alto rozaba mis manos, que yacían inmóviles a mis costados, convertidas en objetos extraños e inútiles.

Su perfume, algo vainillado y amaderado, me envolvió, mucho más íntimo ahora.

Ella no se recostó contra mi pecho.

Se mantuvo erguida, mirando al frente, hacia la ventana ya oscura, su perfil sereno contra el tenue resplandor exterior.

Una de sus manos descansó sobre su propio muslo.

La otra… la otra la posó, con una delicadeza aterradora, sobre la mía, que estaba aplastada contra el colchón.

No era un agarre.

Era solo un contacto, la palma de su mano cubriendo mis nudillos.

No supe cuánto tiempo pasó.

Podrían haber sido segundos, podría haber sido un minuto.

El tiempo se había disuelto en esa sensación de irrealidad absoluta.

Mi mente era un griterío de preguntas sin voz: ¿Qué está haciendo?

¿Es una broma?

¿Una prueba?

¿Se ha vuelto loca?

¿Me he vuelto loco yo?

¿Debo empujarla?

¿Debo decir algo?

Cada opción parecía monstruosa, un paso en falso que podría hacer añicos no solo este momento, sino todo lo que éramos.

Y entonces, sentí algo.

Fue un cambio casi imperceptible al principio.

Un temblor mínimo, un hilo de vibración que surgió de lo más profundo de su cuerpo y se transmitió a través del contacto entre nosotros.

No era un estremecimiento de frío.

Era rítmico, interno.

Su respiración, que había estado calmada, se atascó por un segundo.

Luego, inhaló, una inhalación profunda y temblorosa.

La mano que tenía sobre la mía apretó ligeramente.

No mis nudillos, sino el aire entre sus dedos y mi piel.

El temblor creció.

No era violento, sino una onda concéntrica, una resonancia que parecía emanar de su núcleo.

Su espalda se arqueó, solo un poco, un movimiento involuntario, elegante y terrible.

Un sonido escapó de sus labios.

No era un gemido, ni un suspiro.

Era el eco de un suspiro, un fantasma de aire atrapado entre sus dientes, apenas audible por encima de la música.

Vi, porque no podía dejar de mirar su perfil, cómo sus ojos se cerraban lentamente.

No con fuerza, sino con una languidez abrumadora.

Sus pestañas temblaron contra su mejilla.

Un rubor súbito, intenso, subió por su cuello, tiñendo la piel que asomaba por encima del cuello del suéter con un color rosa oscuro.

Su boca se entreabrió.

Y todo su cuerpo se tensó en una curva perfecta y contenida.

Fue una sacudida silenciosa, un cataclismo íntimo que la recorrió de pies a cabeza.

Sus dedos se crisparon sobre mi mano.

Sus músculos abdominales se contrajeron bajo mi percepción aterrada.

Fue un momento de máxima tensión, un clímax que no nombraba su nombre, pero que era inconfundible en su fisiología pura, en ese espasmo de placer absoluto y, por su contexto, absolutamente demencial.

Duró quizás tres segundos.

Tal vez cuatro.

Un parpadeo en la eternidad de mi parálisis.

Luego, todo se desvaneció.

La tensión se derramó de su cuerpo como agua.

Se hundió un poco más en mi regazo, su espalda curvada ahora en un arco de relajación profunda.

Su respiración era entrecortada al principio, luego se fue calmando, volviéndose regular, serena.

El rubor en su cuello comenzó a ceder.

Abrió los ojos.

Los giró hacia mí.

Y en ellos no había vergüenza, ni triunfo, ni arrepentimiento, ni siquiera el velo húmedo del éxtasis.

Había una claridad absoluta.

Una normalidad tan densa que resultaba ofensiva.

Aquel brillo extraño se había apagado, sustituido por una placidez doméstica.

Suspiró, un suspiro de satisfacción trivial, como el que se emite después de un buen bostezo.

Y luego, como si completara un movimiento natural que había sido interrumpido por un simple paréntesis, se levantó.

Se puso de pie con la misma fluidez con la que se había sentado.

Se estiró, arqueando la espalda hacia atrás en un gesto que no podía evitar parecerme obscenamente casual ahora.

Los huesos de sus hombros crujieron levemente.

“Tengo hambre” dijo, su voz un poco ronca, pero despreocupada.

“¿Te apetece un sándwich de lo que sobró del asado?

Mamá lo guardó envuelto en papel film”.

Se quedó allí, de pie, mirándome como si esperara una respuesta normal a una pregunta normal.

Como si los últimos minutos no hubieran ocurrido.

Como si ella no hubiera tenido un orgasmo en silencio, sentada en el regazo de su hermanastro, sin que mediara un solo gesto explícito, una sola palabra de deseo.

Mi mente era un campo de batalla después de la explosión.

El humo no me dejaba ver, el estruendo aún resonaba en mis oídos.

Intenté formar una palabra, cualquier palabra.

“¿Qué…?” “¿Por qué…?” “¿Cómo…?” Pero mi boca estaba seca, mis cuerdas vocales petrificadas.

Solo podía mirarla, mis ojos debían ser dos círculos de puro desconcierto, de terror domesticado.

Ella inclinó ligeramente la cabeza, una sonrisa pequeña, casi cariñosa, jugueteando en sus labios.

“¿Te quedaste dormido sentado, hermanito?

Se te veo palido.” Y entonces, con una naturalidad que me hizo dudar de mi propia cordura, se acercó y me dio un suave golpe en el hombro con el puño.

“Venga.

A la cocina.

O mamá nos dará de cena de las sobras del miércoles.” Y salió de la habitación.

Sus pasos sonaron firmes y seguros bajando las escaleras.

Yo seguía sentado en el borde de su cama, en la misma posición, mis muslos aún ardientes con el fantasma de su peso, mis manos aún frías donde su calor las había abandonado.

La música había terminado.

El silencio en la habitación era ahora completo, un silencio carnoso, cargado con el eco de lo que acababa de ocurrir.

¿Qué demonios había sido eso?

¿Una travesura?

¿Una broma retorcida, un experimento sádico para ver mi reacción?

No.

No había burla en sus ojos después.

No había júbilo de bromista.

Había… normalidad.

Y eso era lo más aterrador.

¿Una provocación?

¿Un intento deliberado de seducirme, de cruzar una línea?

Pero no había habido seducción.

No había miradas lánguidas, ni palabras insinuantes, ni un solo movimiento que no pudiera, en otra circunstancia, interpretarse como afecto fraternal.

Se había sentado.

Nada más.

Y su cuerpo… había respondido de una manera que parecía completamente ajena a su voluntad consciente.

O al menos, esa era la ilusión que había creado.

¿Vulnerabilidad?

¿Un acto impulsivo, un desbordamiento de alguna emoción confusa, de una necesidad distorsionada?

Su tranquilidad posterior negaba esa posibilidad.

La vulnerabilidad deja cicatrices, deja un rastro de turbación.

Maya no mostraba nada.

Me levanté.

Las piernas me temblaban.

Me acerqué a la ventana y apoyé la frente contra el cristal frío.

Mi reflejo, pálido y desencajado, me devolvió la mirada.

Allí abajo, en la cocina, podía ver la luz encendida.

La veía moverse, abriendo la nevera, sacando platos.

Silbaba una canción.

La misma canción que silbaba siempre.

Había vuelto a casa buscando un punto de anclaje, la familiaridad que me calmara la inquietud del cambio.

Y me había topado con un abismo disfrazado de hermana.

Un abismo que acababa de tener un clímax en mis brazos sin que yo hiciera nada, sin que yo comprendiera nada.

La desconexión que sentía con la vida doméstica ya no era filosófica, ni generacional.

Era visceral, inmediata y peligrosa.

Mi casa ya no era un refugio.

Era el escenario de un misterio perturbador cuyo único testigo era yo, y cuya única actriz actuaba como si el guion siguiera siendo el de siempre.

Bajé las escaleras con paso lento, cada crujido de la madera sonando como una alarma.

Al llegar al comedor, ella estaba ya en la mesa, mordiendo un enorme sándwich.

Tenía una gota de mayonesa en la comisura de los labios.

“Tardas siglos” dijo con la boca llena, empujando un plato hacia mí.

“Te puse mostaza, sé que odias la mayonesa”.

Me senté.

La miré.

Ella me sostuvo la mirada mientras masticaba, sus ojos limpios, claros, inocentes de todo conocimiento prohibido.

No había rastro.

No había culpa.

No había nada raro ahí.

Solo Maya, mi hermanastra, comiendo un sándwich a las ocho de la noche.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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