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LUNAS PROHIBIDAS - Capítulo 10

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  4. Capítulo 10 - 10 Luces y Sombras del Escenario
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10: Luces y Sombras del Escenario 10: Luces y Sombras del Escenario El mes previo a las vacaciones de mitad de año transcurrió bajo una luz extraña, como la de un teatro donde los focos aún no se encienden, pero el escenario ya está lleno de sombras expectantes.

Todo parecía ensayar algo que todavía no tenía forma, pero cuya presencia era innegable.

En el centro de ese preludio —absurdo, caótico y cada vez más inquietante— estaba el Maid Café Reverse: un proyecto escolar que, sin que yo entendiera del todo cómo, se había convertido en el nuevo eje alrededor del cual giraban las tensiones invisibles de mi vida.

Convencer a Maya no fue una negociación.

Fue un acto de valentía torpe, un informe de hechos consumados presentado con la esperanza ingenua de que no explotara.

Una noche, con el estómago hecho un nudo, me acerqué mientras ella enjuagaba sus pinceles en el lavadero.

“Maya, hay algo del festival de la universidad…” Ella no se volvió, pero su postura cambió apenas, como un animal que detecta un movimiento en la maleza.

“Dime.” “Me comprometí hace semanas, antes de… lo del pasillo.” Mencionarlo era un riesgo, pero también una línea que necesitaba trazar.

“Es para el Maid Café Reverse.

Voy a ser uno de los mayordomos.

Es solo un día.

Una tontería…” El silencio que cayó después tenía el olor a aguarrás, a humedad, a algo contenido.

Finalmente, ella se giró.

No había furia en su expresión, sino algo peor: una evaluación precisa, cansada, como si ya supiera la respuesta y solo estuviera verificando el nivel de mi torpeza.

“Ya lo sé,” dijo.

“Pensé que había sido clara.” Su sonrisa fue una curva mínima, sin alegría, afilada como un filo embotado.

“Pensé que habías tenido el sentido común de echarte atrás.” “Me había comprometido,” repetí, sintiéndome grotescamente pequeño.

“No puedo dejarlos colgados.” “Claro que puedes.

Todo es cuestión de prioridades.” Cruzó los brazos, clavando la estaca con precisión.

“Y supongo que las tuyas están claras.

Divertirte con Chloe y su séquito es más importante que… lo que pueda pensar yo.” No era una pregunta.

Era un veredicto.

Y lo peor: contenía una partícula venenosa de verdad.

Parte de mí quería hacerlo.

No solo por cumplir, sino por la promesa de normalidad, de frivolidad, de existir por unas horas sin la sombra de nuestro pacto silencioso.

“No es eso, Maya.” “No, claro que no.” Se dio media vuelta, su silueta crispada por un resentimiento helado.

“Haz lo que quieras.

A fin de cuentas, siempre lo haces.” Esa fue la única oposición frontal.

Después de eso, sus objeciones se transformaron en comentarios dispersos, aparentemente casuales, pero cargados como pequeños artefactos explosivos.

“¿Otra vez a medir el traje?

Vaya dedicación.” “Seguro que a Chloe le fascina jugar a vestirte.” “Ojalá pusieras la mitad de ese entusiasmo en tus cosas aquí.” Cada frase estaba calibrada para desgastar, para inocular culpa como una dosis diaria.

No era ya la furia volcánica de antes, sino un fastidio resignado, el de alguien que ve venir un tren a cámara lenta y sabe que no puede detenerlo, pero igual se asegura de recordarte que subirse es una mala decisión.

Su resistencia, sin embargo, se desvaneció por completo cuando mis padres se enteraron.

Fue mi madre, siempre conectada con las madres de mis amigos, quien recabó la información en una llamada con la de Chloe.

Su reacción no pudo haber sido más contraria a los deseos de Maya.

“¡Un Maid Café Reverse!

¡Qué idea tan moderna y divertida!” celebró en la cena, con los ojos brillando.

“Tienes que mandarnos fotos, ¿sí?

¡Un traje de mayordomo!

A tu abuelo le habría encantado verte así; con lo que amaba las películas de su época.” Robert asintió, entre perplejo y divertido.

“Suena a que te vas a ver más elegante que en tu propia graduación.” Maya, sentada frente a mí, clavó el tenedor en su comida con algo más de fuerza de la necesaria.

Pero ante el entusiasmo genuino —y público— de mis padres, cualquier protesta suya habría sonado infantil.

Así que se tragó sus comentarios junto con la cena.

Aun así, cada vez que sus ojos encontraban los míos, el mensaje era inequívoco: Me las voy a cobrar.

Así que el escenario estaba listo.

Y fueron los ensayos, las preparaciones, las horas encerrados en aulas vacías bajo luces fluorescentes temblorosas, lo que empezó a acercar a Chloe y a mí de una forma nueva: una órbita lenta, cálida, cargada de posibilidades todavía sin nombre.

Los encuentros se volvieron constantes.

Practicábamos los protocolos de servicio —cómo inclinarse sin parecer un bufón, cómo servir té sin convertir el mantel en un crimen líquido, cómo sonreír sin que se notara lo forzado— en el auditorio o en salones vacíos donde las sillas apiladas eran nuestro único público.

Chloe, como coordinadora, era meticulosa, casi militar; pero su seriedad se derrumbaba en risas fáciles cuando algo salía mal… lo cual era casi siempre.

“¡No, no, no!” estalló una tarde, doblándose de la risa, cuando en mi intento de hacer una reverencia demasiado profunda, el bigote postizo que estábamos probando (una idea tan mala que no sobrevivió ni una hora) se desprendió y cayó de cabeza en una tetera vacía.

“Eres un desastre absoluto.

Me encanta.” En esa burbuja —risa y complicidad sin pretensiones— algo empezaba a formarse.

Hablábamos de todo y de nada: del estrés de la carrera, de profesores peculiares, de planes futuros que ninguno de los dos parecía tomarse demasiado en serio.

Y fue en una de esas conversaciones, sentados en las gradas del auditorio vacío, compartiendo un paquete de galletas que sabía más a cartón que a cacao, cuando Chloe sacó el tema de las relaciones sin previo aviso, como si hubiera esperado el momento exacto en que yo bajara la guardia.

“¿Sabes qué es lo peor de la universidad?” dijo, mirando al escenario oscuro.

“Esa presión silenciosa de que tienes que estar en pareja.

Como si fuera un requisito más: título, prácticas, y un novio o novia estable para exhibir en las fotos de graduación.” “¿Te presionan mucho?” pregunté, sintiendo un interés súbito… y también una punzada de culpa.

“Mis amigas, sí.

Mi mamá, siempre.” Hizo una mueca.

“Además acabo de salir de algo… no terrible, pero sí desgastante.

Mi ex era de esos que brillan al principio, pero por dentro están vacíos.

Como un celular sin batería: te juran que te acompañan, pero cuando los necesitas, se apagan.” Suspiró y desmigajó la galleta entre los dedos.

“Así que tomé una decisión.

Nada de relaciones serias por un tiempo.

Nada de dramas, ni celos, ni dependencias raras.

Por ahora quiero…” buscó la palabra, “paz.

Y buenos amigos.” Me miró de reojo y sonrió, una sonrisa cálida con un filo suave de tristeza.

“Gente con la que no tenga que caminar sobre cáscaras de huevo.” Sus palabras resonaron en mí con una claridad incómoda.

Paz.

Buenos amigos.

Nada de caminar sobre cáscaras de huevo.

Era, de forma dolorosamente evidente, todo lo contrario a lo que tenía con Maya.

Un refugio descrito sin grandilocuencias, solo con sentido común… y con una ternura que se me metió bajo la piel.

Y luego estaba esa frase: “nada de parejas serias”.

No era un portazo; era una puerta entreabierta.

Un permiso tácito para algo más ligero, menos comprometido, quizás… algo que pudiera existir en la frontera indefinida entre amistad y deseo.

No lo dijo explícitamente, pero la idea quedó suspendida entre nosotros, tan real como las motas de polvo flotando en los rayos de sol del ventanal.

Y una parte cansada de mí —la parte que ya se sentía erosionada por secretos, tensión y demás— se aferró a esa posibilidad como a un salvavidas.

No supe qué contestarle.

Solo pude asentir.

“Suena a un buen plan.” “Lo es,” aseguró, y luego me tocó el hombro con la galleta, dejando una migaja que rodó por mi camiseta.

“Y tú, desastre, eres parte del plan.

Pero eso sí… no te enamores de mí, ¿vale?

Me arruinarías la paz.” Lo dijo en tono de broma, pero hubo un brillo fugaz en sus ojos, como si buscara una reacción antes de reír y cambiar de tema.

El mensaje, sin embargo, había quedado claro: una línea trazada… pero de tiza, no de cemento.

Una frontera flexible, fácil de mover, fácil de borrar.

Y ese entendimiento tácito transformó nuestra cercanía.

La volvió más dulce, más luminosa, casi peligrosa.

Me descubría sonriendo más a menudo en su compañía, buscando su mirada sin pensarlo, disfrutando del roce casual de sus dedos al pasarme un apunte o del contacto cálido de su hombro contra el mío mientras revisábamos algo en su teléfono.

Era una atracción limpia, sin el sabor metálico de la culpa.

Y, para mi sorpresa, no pasó desapercibida.

El cambio físico que había comenzado semanas atrás —sumado ahora al hecho de que pronto aparecería en un evento llamativo, vistiendo un traje que parecía diseñado para resaltar justo aquello que siempre había pasado desapercibido en mí— empezó a generar consecuencias que no había previsto.

Durante los ensayos generales, cuando por fin nos pusieron el uniforme completo —chaqueta entallada, guantes blancos, corbata perfectamente anudada— sentí, por primera vez, cómo se encendían miradas que no eran de burla ni de curiosidad.

Eran miradas de interés.

Miradas prolongadas.

Evaluadoras.

Y no supe qué hacer con ellas.

Una tarde, después de un ensayo particularmente largo, mientras recogíamos las tazas y vajilla falsa, Valeria —una de las chicas de decoración, morena, vivaz, con la energía de alguien que parece vivir en un zumbido constante de creatividad— se me acercó sin rodeos.

“Oye, lo haces bastante bien para ser novato,” dijo, apoyándose en una mesa.

Su sonrisa tenía filo, pero un filo amable.

“Te ves… muy convincente en el papel.” “Gracias,” respondí, sintiendo que mi voz salía un poco más grave de lo normal.

Torpe.

Incómodo.

“Chloe me dijo que estudias Informática,” continuó, inclinando la cabeza.

“Yo estoy en Diseño de Interfaz.

Quizá podríamos… no sé, intercambiar notas algún día.” La invitación estaba tan clara como el brillo de sus ojos.

Tuve que apelar a la excusa más neutral posible.

“Estoy a full con los proyectos finales.

No creo tener tiempo.” Ella no pareció ofenderse.

Al contrario: sonrió como quien marca una casilla mental.

“Otra vez será.” Y se fue con un movimiento ligero, casi danzante.

No fue un caso aislado.

Unos días después, Lucas —mi compañero en un proyecto interminable de ingeniería— me dio un codazo mientras caminábamos hacia la salida del auditorio.

“Oye,” dijo en voz baja, “Ana, la de mi clase de Cálculo, me pidió tu número.

Dice que te viste ‘interesante y misterioso’ en el ensayo.

¿Qué tal?

¿Se lo paso?” “¿Qué?

No, no.

No estoy buscando nada.” Lucas arqueó una ceja, divertido.

“¿En serio?

Con la mina que tienes encima, no me sorprende.” Mi estómago cayó.

“¿Qué mina?” “¡Tu hermana, idiota!” soltó riendo.

“Maya.

Siempre estás con ella, ¿no?

Y cuando no, la veo mirando hacia donde estés tú.

Tiene un radar para encontrarte.

Es… no sé, medio intensa.” Intensa.

Si tan solo supiera.

Me limité a encogerme de hombros, torciendo los labios en una sonrisa que no aguantaba ni medio examen.

Él lo tomó como un gesto de incomodidad normal, o eso espero.

Las redes sociales —que casi nunca usaba— se transformaron en otro síntoma silencioso de esta nueva visibilidad.

Empecé a recibir solicitudes de seguimiento de chicas del campus, de facultades que no pisaba nunca, e incluso de cuentas con fotos demasiado cuidadas para parecer casuales.

Algunos mensajes directos decían cosas como: “Hola, te vi en los preparativos del café.

Ese traje te queda increíble.”“¿Tú eres el mayordomo nuevo?

Wow.”“¿Vas a subir fotos del evento?” No respondí a ninguno.

Los dejaba en la bandeja, como si ignorarlos pudiera revertir el hecho de que existían.

Era desconcertante.

Toda mi vida había sido invisible o, en el mejor de los casos, el hermano de Maya, el que ayuda a Chloe, el chico callado del fondo del salón.

Ahora, de la noche a la mañana, parecía que la luz —esa luz peligrosa de la que Maya había hablado— había empezado a reflejarse en mí.

Y no tenía claro si eso era una bendición… o la chispa que iba a encender otra tormenta.

Una noche, mientras revisaba distraídamente las nuevas solicitudes de seguimiento, sintiendo más curiosidad que interés real, un cambio en el aire me hizo alzar la vista.

Maya estaba apoyada en el marco de la puerta.

No había hecho ruido.

Nunca hacía ruido cuando quería sorprenderme.

Sus brazos cruzados eran un comentario en sí mismos, pero fue su mirada —un filo pulido bajo una superficie aparentemente calmada— lo que me heló la sangre.

“Vaya,” dijo con una sonrisa que no tocaba sus ojos, “pareces popular últimamente.

El chico más solicitado del campus.” Apagué la pantalla de inmediato, como si ocultarla pudiera borrar el hecho de que lo había visto.

“Son solo tonterías,” murmuré.

“Claro.” Dio un paso dentro de la habitación.

“Tonterías que te inflan el ego.”Se sentó en el borde de mi cama, con la gracia silenciosa de un juez dictando sentencia.

“¿Te gusta?

¿Que te miren así?

¿Que esas… desconocidas te deseen por llevar un traje bonito y haberte cortado el pelo?” “Sabes que no es eso.” Estaba cansado, demasiado cansado para entrar en otro circuito de suposiciones y celos.

“¿Entonces qué es?” Su voz subió de tono, pero no gritó.

Su frustración era afilada, precisa, quirúrgica.

“¿Por qué permites que se acerquen?

¿Por qué no pones límites claros, como los que me impones a mí cada día?” La ironía fue tan cruel que casi tuve que reír.

Ella era el límite que me asfixiaba, el muro que no podía escalar, y aun así me exigía que levantara muros para todos los demás.

“No les doy pie,” dije con un suspiro.

“Solo… pasa.” “Sí.

Pasa.” Se levantó bruscamente y caminó hacia la ventana, su silueta recortada contra la luz de la calle.

Había rigidez en su postura, una tensión eléctrica.

“Últimamente pasan muchas cosas.

Y tú en el centro.

Girando, brillando.

Como si te gustara el espectáculo.” Se volvió hacia mí.

Sus ojos estaban oscuros, enrojecidos, no por lágrimas sino por la clase de resentimiento que nace del miedo.

“Solo recuerda, hermanito…” Usó esa palabra como un arma.

“…que cuando se apaguen las luces del festival y guardes ese traje, todas esas miraditas desaparecerán.

Volverás a ser el de siempre.

Y ellas, las que te desean ahora, mirarán hacia otro lado.” Caminó de nuevo hacia mí, despacio, como si atravesara una frontera invisible.

“Y entonces,” continuó, con una suavidad que era más peligrosa que cualquier grito, “te quedarás con lo que siempre ha estado aquí.

Con lo que no puede irse, aunque quisiera.” Una amenaza y una súplica en un solo susurro.

Se detuvo frente a mí.

No me tocó de inmediato.

Ese era su nuevo método: la anticipación.Luego levantó la mano y pasó un dedo por mi mejilla.

El roce fue ligero, casi cariñoso.

Pero sentí el borde del acero bajo la piel de ese gesto.

“Un mes,” susurró.

“Falta un mes.

Brillaremos mucho, tú en tu escenario, yo… en el mío.

Y luego veremos qué queda cuando la luz artificial se apague.” Salió de la habitación, dejándome una sensación de frío en el alma.

Y lo peor era que tenía razón.

Toda esa atención era efímera, un subproducto de la novedad y del disfraz.

Lo que no entendía —o no quería entender— era que yo no la buscaba.

Lo que anhelaba era la normalidad que Chloe representaba: una conexión sencilla, una atracción sin sombras, una “paz” que me parecía casi un mito.

Ese mes que faltaba se dibujaba como una cuenta regresiva hacia dos destinos: el escenario iluminado, donde por unas horas podía sentirme alguien distinto, y la oscuridad conocida, donde Maya aguardaba convencida de que, cuando pasara la fiesta, volvería a ella.

En su cabeza, era inevitable: tarde o temprano terminaría regresando, hambriento y arrepentido, al único refugio que —según ella— nos pertenecía a los dos.

Y entre esos dos mundos estaba Chloe.

Su sonrisa tranquila, su forma de estar sin exigir nada, era un faro que me llamaba desde un lugar que quizá nunca podría alcanzar.

Porque las cadenas que me ataban al abismo eran invisibles para todos… menos para quien las había forjado, y que seguía sosteniéndolas con la terquedad de quien prefiere hundirse antes que soltar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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