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LUNAS PROHIBIDAS - Capítulo 11

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  4. Capítulo 11 - 11 El Beso en la Tormenta
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11: El Beso en la Tormenta 11: El Beso en la Tormenta La salida de la universidad tenía ese caos organizado típico de los viernes por la tarde.

El aire olía a césped recién cortado, a cansancio liberado y a planes que empezaban a tomar forma.

Caminaba junto a Chloe, Lucas, Ana y un par más; la conversación flotaba entre tonterías: qué película ver, a qué cafetería ir, las infinitas fallas del último proyecto de código.

Esa normalidad era algo a lo que me aferraba como a un clavo ardiendo.

Chloe reía a mi lado, su moño medio suelto deshaciéndose sin que ella se diera cuenta, y por un segundo el peso en mi pecho pareció aflojar.

El segundo se rompió en cuanto vimos la figura apostada junto al portón principal.

Un chico alto, atlético, de ropa cara, con el aire cansado de quien lleva demasiado esperando.

La descripción coincidía perfectamente con la que Chloe había dejado caer entre bromas y resabios: Alex, su ex.

Su mirada fue directo a Chloe y, después, como un reflejo incómodo, a mí.

Sus ojos recorrieron la cercanía entre nosotros, el modo en que nuestros pasos se alineaban, y se ensombrecieron con una deducción instantánea y muy equivocada.

“Vaya, vaya,” dijo Alex, cortándonos el camino con una sonrisa que no tocaba sus ojos.

“Chloe, qué bueno verte.

Y veo que ya tienes… reemplazo.

¿Cambiando de modelo tan rápido?” La frase cayó como un ladrillo en el centro de nuestra charla.

Chloe frenó en seco, su expresión pasando de la sorpresa al fastidio.

“Alex.

Esto no es asunto tuyo.

Y no es lo que piensas.” Pero el daño ya estaba hecho.

Y no solo para Alex.

Por el rabillo del ojo, capté un movimiento que me heló.

Un grupo de chicas salía por el portón lateral, y entre ellas, con su cabello teñido en tonos violetas y su carpeta de bocetos apretada contra el brazo, iba Maya.

Se había detenido.

Su mirada, siempre alerta, ya había registrado toda la escena: Alex frenándonos, su acusación flotando en el aire, mi cercanía con Chloe.

Vi cómo su rostro se tensaba, cómo sus ojos se afilaban, convirtiéndose en un análisis frío y quirúrgico.

Para Maya, la interpretación errónea de Alex no era un malentendido más: era la confirmación exacta de la historia de celos que llevaba meses alimentando en silencio.

Un “te lo dije” que ni siquiera necesitaba pronunciar.

“¿No es de mi incumbencia ver con quién andas?” insistió Alex, ajeno a la tensión del grupo.

“¿Después de lo que tuvimos?” “Lo que ‘tuvimos’ terminó hace meses, Alex,” respondió Chloe, y la paciencia en su voz empezaba a resquebrajarse.

“Y terminó por razones muy buenas.

Ahora, por favor, déjanos pasar.” Pero Alex no sabía retirarse con dignidad.

Se cuadró, como si ensayara un papel que no le salía natural, y adoptó una pose de arrepentido.

“Chloe, de verdad… he estado pensando.

Fui un imbécil.

Lo sé.

Pero puedo cambiar.

Solo dame una oportunidad.

Una cena y ya.

Te prometo que será distinto.” Antes de que Chloe pudiera contestar, Ana —sí, la misma Ana que le había pedido mi número a Lucas— frunció el ceño.

Su mirada se clavó en Alex con una mezcla de incredulidad y fastidio.

“Espera… tú eres Alex Rivas, ¿verdad?

¿De la universidad del norte?” Alex parpadeó, incómodo, dirigiéndose hacia ella.

“Sí.

¿Y qué?” Ana cruzó los brazos, y una sonrisa fina, casi cortante, le apareció en los labios.

“Pues resulta que mi prima, Laura, estudia allá.

Te conoce.

De hecho, me mandó una foto de ustedes dos la semana pasada.

Tomados de la mano.

En una fiesta.” Hizo una pausa que se sintió como un golpe.

“Dijo que eras su ‘nuevo y prometedor’ interés.” Otra pausa, aún más letal.

“Así que dime, ¿qué tan rápido cambias de ‘modelo’ tú también?” La revelación le cayó encima como un látigo.

La expresión de Chloe se vació de toda paciencia en un solo parpadeo.

“¿En serio, Alex?” Su voz salió afilada, helada.

“¿Vienes aquí a suplicarme, a prometerme cambios, mientras vas de la mano con otra?

¿De verdad piensas que soy tan estúpida?” Alex palideció.

La máscara de arrepentimiento se le quebró en un segundo, dejando ver la furia que escondía debajo.

“¡Oye, tú, cállate!” le soltó a Ana, dando un paso hacia ella.

“¡No te metas en lo que no te importa!” Y ahí algo en mí cedió.

O más bien, algo se encendió.

Verlo hablarle así a Ana, pero sobre todo ver los ojos de Chloe —esa mezcla de rabia, vergüenza y un golpe de dolor que no merecía— activó un resorte que llevaba meses comprimido.

Antes de darme cuenta, ya me había movido.

Cerré la distancia entre Alex y yo en dos pasos.

Mi mano se aferró al cuello de su camisa, arrugando la tela cara sin importarme.

Lo empujé contra el tronco de un árbol cercano.

No fue un golpe salvaje, pero sí lo bastante firme para que supiera que no estaba jugando.

Su sorpresa fue casi tan sonora como el impacto leve contra la corteza.

“Ya basta,” dije, y mi voz sonó más baja, más cortante, más peligrosa de lo que yo mismo estaba acostumbrado a escuchar.

“Te vas.

Ahora.

Y no la vuelves a molestar.” Los ojos de Alex se abrieron como si no pudiera entender en qué momento perdió el control de la escena.

Más que miedo, era sorpresa pura.

A nuestro alrededor empezaba a formarse un pequeño semicírculo de curiosos, atraídos por la tensión como moscas a la luz.

Lucas apareció a mi lado y me puso una mano en el hombro.“Tranquilo, hermano.

No vale la pena.” Chloe se metió entre los dos, su mano sobre mi brazo, justo donde seguía sujetando la camisa de Alex.

“Déjalo.

No vale la pena que te metas en problemas.” Sentí la mirada de Maya clavada en mi espalda aun sin verla.

Era como si me hubiera apuntado con un láser, ardiéndome en la nuca.

Pero no me giré.

No podía.

Porque en ese momento solo existía Alex, con su orgullo herido haciendo equilibrio entre la rabia y la sensatez.

“Está bien,” terminó escupiendo, sacudiéndose mi agarre con un tirón brusco.

Se acomodó la camisa arrugada, como si así pudiera recomponer su dignidad.

Me lanzó una mirada envenenada.“Quédate con tu modelito nuevo, Chloe.

A ver cuánto te dura.” Y se fue.

No huyendo, pero tampoco caminando con la seguridad de alguien que todavía cree tener razón.

Solo se fue, tragándose el resto de su orgullo mientras la pequeña multitud empezaba a dispersarse.

El silencio que quedó fue incómodo, como si todos estuviéramos procesando versiones distintas del mismo caos.

Chloe dejó escapar un suspiro largo, casi derrotado.

“Lo siento, chicos.

Un espectáculo gratuito.” Ana se cruzó de brazos, imperturbable.“Más bien te hice un favor.

El tipo es una serpiente.” Lucas me dio una palmada en la espalda que casi sonó a carcajada.“Casi te ganas una suspensión, loco.

Pero lo hiciste bien.” Solo entonces me atreví a buscar a Maya con la mirada.

El lugar donde había estado su grupo estaba vacío.

Se habían ido.

Pero la sensación de que seguía allí —de que había visto, interpretado y archivado cada segundo a su manera— permanecía como un veneno lento, pudriendo cualquier atisbo de alivio.

En la cafetería, la atmósfera era más ligera, casi cálida.

Risas, tazas chocando, planes para el fin de semana.

Pero yo no estaba realmente ahí.

Pedí un café por inercia y traté de engancharme a la conversación, asentir donde debía, sonreír donde tocaba.

Por dentro, mis pensamientos estaban a kilómetros, atrapados en la expresión rígida de Maya.

Esa mirada que no necesitaba palabras para decirlo todo.

Fue entonces cuando mi teléfono vibró en el bolsillo.

No una vez.

Una serie de vibraciones cortas, seguidas, casi ansiosas.

Como golpes en una puerta.

Lo saqué con un presentimiento que me cayó directamente en el estómago.

Eran mensajes de Maya.

Una cascada interminable, subiendo por la pantalla a una velocidad que parecía mecánica, casi antinatural.

Como si cada línea fuera un latido oscuro, una nueva ola de algo que llevaba tiempo acumulándose y por fin encontraba su salida.

Una lava negra, avanzando sin freno.

Maya: Así que era verdad.

Todo el tiempo.

Jugando al caballero protector de tu nueva novia.

Qué conmovedor.

Maya: Debió ser muy divertido para ti.

Tenerme aquí, a tu disposición, mientras te preparabas para reemplazarme con la sencilla Chloe.

Maya: Todos esos ‘no es nada’, ‘solo somos amigos’.

Qué buen actor eres.

Me das asco.

Maya: ¿Te besaste con ella también después de defender su honor?

¿Ya se acostaron?

¿Le dijiste las mismas cosas que me susurrabas a mi mientras me cogías?

Maya: Eres un mentiroso, un cobarde y un desgraciado.

Espero que ella sepa con el tipo de mierda en el que se está metiendo.

La violencia verbal era abrasadora.

Cada palabra era una puñalada diseñada para infligir el máximo daño.

Mis dedos temblaban sobre la pantalla mientras intentaba teclear una respuesta.

Yo: Maya, no es verdad.

Él asumió mal.

Chloe ya lo aclaró, no estoy saliendo con ella.

El mensaje se envió.

Y de inmediato, apareció el infame tick azul de leído.

Pasaron segundos.

Luego, un mensaje final, corto y definitivo: Maya: No quiero escuchar más tus mentiras.

Jodete.

Y debajo, el vacío.

Había bloqueado mi número.

El acceso directo, la línea de comunicación constante (y tóxica) que había existido entre nosotros durante meses, se cortó de golpe.

Un silencio digital que gritaba más fuerte que todos sus insultos.

Sentí un frío repentino, un pánico pequeño pero preciso, como una aguja clavándose en el centro del pecho.

No por el bloqueo en sí, sino por lo que implicaba: había cruzado una frontera en su mente.

Ya no era su cómplice atormentado; era el enemigo.

Y Maya, cuando se sentía herida, se volvía un territorio sin mapa, sin señales, sin advertencias.

El camino a casa fue un borrón.

Las risas de Chloe y los demás llegaban apagadas, como si caminaran dentro de una pecera.

Me despedí con excusas improvisadas y recorrí las calles con una sensación de irrealidad, como si el piso estuviera ligeramente inclinado y yo tratara de mantener el equilibrio.

Al llegar, el ambiente era tan normal que casi dolía.

El olor de la cena que ya se había enfriado, el sonido del televisor, la risa suave de mi madre ante algún comentario del programa.

“Hola, hijo,” dijo sin apartar la vista de la pantalla.

“Hay pasta en la nevera si tienes hambre.” “Gracias.

¿Y Maya?” “En su cuarto, creo.

Se metió a la ducha hace poco, dijo que tenía dolor de cabeza.” Asentí, subí las escaleras.

El pasillo estaba quieto, casi cargado.

Mi puerta estaba entreabierta.

La de ella, cerrada.

Empujé la mía y el shock fue inmediato.

La habitación estaba igual que por la mañana, salvo por un detalle que lo alteraba todo: mi cama.

Las sábanas, siempre más o menos en su sitio, estaban hechas un nudo caótico, arrancadas hacia un lado como si alguien hubiera luchado con ellas.

Y, en el centro de la almohada, sobre la funda azul claro, una mancha oscura, irregular, ya semi-seca.

A su alrededor, salpicaduras pequeñas, como lágrimas.

Lágrimas.

Y no creo que de las silenciosas.

Sino las que sacuden el cuerpo.

La imagen me golpeó en el estómago.

Era imposible ver esa almohada y no sentir el peso de lo que había pasado mientras yo caminaba hacia una cafetería intentando fingir normalidad.

Sus mensajes rabiosos y cortantes eran una versión digital de algo mucho más físico, más crudo: Maya llorando hasta quedarse sin aire en mi cama.

No en la suya.

En la mía.

Porque para ella, ese espacio seguía siendo un territorio compartido, un refugio distorsionado donde depositar su tormenta.

Un pensamiento se abrió paso en mí, sin lógica, sin estrategia.

Un impulso primitivo, urgente: no podía dejar esto así.

No podía dejarla sola revolviéndose en ese dolor que, en su cabeza, llevaba mi nombre escrito.

Tenía que hablar con ella.

Tenía que frenarla, sostenerla, entender qué tan profundo había llegado el daño.

Mis piernas ya se movían antes de que terminara de pensarlo.

Bajé las escaleras con cuidado, evitando como siempre los escalones que crujían.

Mis padres seguían en el salón, envueltos en la luz azulada del televisor.

El volumen era lo bastante alto para cubrir cualquier sonido menor.

Desde el rellano, los observé un segundo.

Luego respiré hondo.

Era mi oportunidad.

Y, aunque lo sabía, una parte de mí deseaba que no lo fuera.

Porque enfrentar a Maya nunca era solo una conversación.

Era adentrarse en un incendio.

No fui a su habitación.

Me dirigí directamente al baño del pasillo.

La puerta estaba cerrada, pero no con llave.

Desde dentro, se oía el rumor constante del agua de la ducha.

Sin llamar, sin avisar, giré el picaporte y entré.

El vapor cálido y fragante me envolvió.

A través de la cortina de plástico translúcido, veía la silueta de ella: esbelta, curvilínea, la cabeza inclinada bajo el chorro de agua.

El corazón me martilleaba contra las costillas.

Ella debió sentir el cambio de presión, el frío de la habitación entrando.

La silueta se congeló.

“¿Mamá?” preguntó su voz, apagada por el agua.

Empujé la cortina.

El metal chirrió.

Maya se volvió de golpe, el agua cayendo sobre su rostro sorprendido, su cabello oscuro y empapado pegado a los hombros y la espalda.

Sus ojos, al verme, no mostraron miedo, sino una furia instantánea y salvaje.

Se cubrió instintivamente con los brazos.

“¿Qué mierda haces?

¡Sal de aquí!” gritó, pero su voz se quebró, la rabia mezclada con el llanto reciente.

“¡Voy a gritar!” No le di tiempo.

La necesidad de acallar ese dolor, de borrar el malentendido, de reconectarnos en el único lenguaje que parecía funcionar en nuestra locura, fue más fuerte que cualquier prudencia.

Me metí bajo el chorro de agua, empapándome al instante, y la atraje hacia mí.

Ella forcejeó, sus manos golpeando mi pecho, su cuerpo resbaladizo por el jabón intentando zafarse.

“¡Déjame!

¡Eres un…!” Callé sus palabras con mi boca.

No fue un beso tierno.

Fue un sello, una usurpación.

Un intento desesperado de transferirle mi verdad a través del contacto.

Ella resistió, sus labios apretados, su cuerpo rígido.

Una de mis manos se aferró a su nuca, manteniéndola cerca, mientras la otra, sin soltarla, comenzó a descender por la curva de su espalda empapada, sobre la suave piel de su glúteo, y se deslizó entre sus muslos por delante.

Ella emitió un sonido ahogado, de sorpresa y de algo más, contra mis labios.

Sus golpes se debilitaron.

Mis dedos encontraron el núcleo caliente y empapado de ella, no por el agua de la ducha, sino por la humedad propia, intensa, que delataba que su cuerpo, traicionero, respondía a pesar de su furia.

Presioné, un círculo firme y conocido.

“¡Mmmph!” El forcejeo se convirtió en un temblor.

Sus puños se aferraron a mis brazos mojados, ya no para empujar, sino para sostenerse.

Rompió el beso, jadeando, sus ojos inmensos y llenos de confusión y de un deseo que la enfurecía aún más.

“No… no puedes hacer esto… después de lo que…” “No estoy saliendo con Chloe,” dije, la voz ronca, el agua cayendo sobre nuestras caras.

Mis dedos no se detuvieron; se deslizaron dentro de ella, uno, luego dos, encontrando esa calidez y tensión íntimas que conocía tan bien.

Sentí cómo su interior se apretaba alrededor de ellos involuntariamente.

“Nunca va a pasar.

Ella no quiere tener un novio.

No quiere una relación con nadie.” Maya cerró los ojos, un gemido escapándosele entre los dientes apretados.

“¿Y tú… ah… y tú se lo propusiste?

¿Hablaste de ser… nngh… novios?” “No,” insistí, moviendo los dedos con un ritmo lento y profundo que sabía que la desarmaba.

Sentía sus músculos fluir alrededor de mis dedos, su respiración hacerse más rápida.

“Fue una conversación entre amigos.

De ahí no va a pasar.

Te lo juro.” “Entonces… entonces por qué… por qué lo hiciste…” su voz era un susurro entrecortado, su frente apoyada ahora en mi hombro.

“Con su ex… como si fueras su dueño…” “Porque es mi amiga,” dije, acercando mis labios a su oído, el sonido del agua enmascarando mis palabras.

“Y haría lo mismo por cualquiera de mis amigos.

Incluso por ti.

Si alguien te molestara, Maya, haría lo mismo o incluso mas.” Esa declaración, mezcla de verdad y de lo que ella necesitaba oír, fue la que quebró la última resistencia.

Un sollozo, esta vez de alivio y no de rabia, le sacudió el cuerpo.

Se aferró a mí, sus uñas clavándose en mi espalda a través de la camisa mojada.

“¿Es verdad?” murmuró, su boca contra mi piel.

“¿De verdad?” “Es verdad.” Fue como si un cable de acero dentro de ella se hubiera cortado.

Todo su cuerpo se relajó, se hundió contra el mío, permitiendo que mis dedos, ahora más suaves pero no menos insistentes, continuaran su trabajo.

Un gemido largo y tembloroso salió de sus labios, perdido en el vapor.

“Ah… sigue… por favor…” Ya no era posesión violenta.

Era rendición.

Necesidad.

Reconexión.

Giré su cuerpo suavemente, de espaldas a mí, apoyándola contra la pared fría de azulejos.

Ella gimió, la diferencia de temperatura en su piel caliente haciéndole arquear la espalda.

Con la otra mano, bajé mi propio pantalón y ropa interior, empapados y absurdos.

La penetración fue profunda, unívoca.

Un suspiro sincronizado, de alivio y de reafirmación, escapó de ambos.

El agua caía sobre nosotros, enjuagando simbólicamente la furia, las lágrimas, los malentendidos, dejando solo la cruda y húmeda verdad de nuestros cuerpos entrelazados.

“Aquí…” jadeó ella, sus brazos alrededor de mi cuello, sus labios pegados a mi oído.

“Así es como me tienes que demostrar que es mentira… así… más…

más fuerte…” Y obedecí.

Comencé a moverme, cada embestida un intento de borrar la escena de la universidad, los mensajes crueles y sus lágrimas en mi almohada.

El sonido del agua no podía ocultar por completo los ruidos que generábamos: el chapoteo del agua desplazada, los golpes suaves de mi cuerpo contra el suyo, los gemidos que ella ya no intentaba contener.

“Soy tuya…” susurraba entre jadeos, mordiendo mi hombro.

“Solo tuya… y tú… eres mío… aunque todos te quieran… aquí dentro… eres mío…” Su climax llegó rápido, sacudido por la intensidad emocional previa.

Un grito ahogado, que convertí en un gemido al taparle la boca con mi mano.

Ella lamió mis palmas y dedos ávidamente, sus ojos cerrados, el rostro contraído en una mueca de éxtasis absoluto y posesivo.

Sentí cómo su interior se convulsionaba a mi alrededor, apretándome con una fuerza que casi me hacía perder el ritmo.

Cuando sus espasmos amainaron, bajé de la pared.

Me arrodillé frente a ella, bajo el chorro de agua.

Ella me miró, jadeando, sus ojos oscuros y hambrientos.

Sin una palabra, se agacho también y me agarro entre sus manos y luego en su boca.

Esta vez no había devoción calculada, sino hambre pura, afirmación.

Sus ojos no se apartaban de los míos mientras lo hacía, desafiándome, reclamándome.

La sensación, combinada con la adrenalina residual y la locura del momento, era abrumadora.

“Mira… mira lo duro que estas…” jadeaba ella, separándose por un segundo, su boca brillante y sus ojos desafiantes.

“Esto… es por mí… solo por mí…” Y no pude aguantar más.

Un rugido ahogado me arrancó del pecho cuando el orgasmo me golpeó, entregándome a esa boca que reclamaba no solo mi cuerpo, sino mi sumisión, mi verdad, mi lealtad distorsionada.

Ella no se apartó.

Me sostuvo la mirada hasta el final, tragando con un sonido satisfecho y triunfal, antes de limpiarse los labios con el dorso de la mano y dejar escapar un suspiro profundo, como de quien ha ganado una guerra.

Nos quedamos allí, de rodillas en el piso de la ducha, el agua tibia cayendo sobre nuestras espaldas exhaustas, el vapor espeso encerrando nuestro secreto renovado.

Ella se inclinó hacia adelante y me besó, un beso salado, íntimo, que sabía a perdón y a posesión.

“Esta noche,” murmuró contra mis labios, su voz era una promesa y una orden.

“Vienes a mi cuarto, yo no quiero…

dormir sola.” Asentí, incapaz de hablar, atrapado en la red que acabábamos de tejer de nuevo, más fuerte, más tóxica que nunca.

Había calmado la tormenta, sí.

Pero al hacerlo, había confirmado que el único lenguaje que entendíamos, el único terreno común en nuestro campo de batalla, era este: el sexo como arma, como consuelo, como verdadero y único pacto.

Y al aceptar ir a su cuarto esa noche, sabía que no estaba cediendo a una tregua.

Estaba firmando una nueva cláusula en el contrato de nuestra condena mutua.

El abismo nos había vuelto a tragar, y esta vez, el agua caliente de la ducha no podía limpiar la sensación de que nos habíamos hundido un poco más, y que ya no había superficie a la vista.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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